martes, 23 de enero de 2007

Epistemología de la Complejidad

I. Cuando decimos que algo es complejo, no damos una explicación, sino que señalamos una dificultad. Un pensamiento complejo no nos abrirá todas las puertas, sino que en él siempre estará presente la dificultad. Nos gustaría manejar leyes simples, pero no son suficientes, y hay que enfrentarse al desafío de la complejidad.

La complejidad proviene de un enmarañamiento (de acciones o interacciones), pero también de la existencia de fenómenos aleatorios. Aparece cuando hay dificultades empíricas y lógicas. Empíricas, como el famoso “efecto mariposa”. Ésta es la primera complejidad: nada está aislado en el universo, todo está en relación.

Las dificultades lógicas aparecen cuando la lógica deductiva es insuficiente y surgen contradicciones insuperables.
Parafraseando a Pascal, podemos decir que todo está en todo y recíprocamente. Hay que aceptar que la parte está en el todo y también que el todo está en la parte. Cada una de nuestras células es una parte de nuestro organismo, pero contiene la totalidad de nuestro patrimonio genético. Cada individuo es una parte del todo, la sociedad, pero ésta interviene en el individuo con su lenguaje, normas, cultura… El todo está en la parte. Cada parte conserva su singularidad y su individualidad, pero, de algún modo, contiene el todo.

II. En la escuela aprendimos a pensar separando: separamos la historia, la geografía, la física. Pero si nos fijamos, vemos que la química está en el campo de la microfísica, y que la historia ocurre en un territorio, en una geografía. Queremos eliminar el problema de la complejidad con la separación de un objeto de su entorno, buscamos la explicación de un todo a través de sus partes. Así hay cada vez más especialistas y expertos.

Los especialistas pueden resolver los problemas de su especialidad, siempre que ésta no interfieran con otras y que no se presente nada nuevo. No pueden prescindir de ideas generales, que son precisamente las más pobres, porque no intentan repensarlas. Como dijo Husserl, cuando dejó de plantearse interrogantes sobre sí misma, la ciencia se convirtió en una máquina ciega. Es paradójico que la ciencia moderna, que nos ha aclarado tantas cosas sobre el cosmos o las bacterias, sea totalmente ciega con respecto a sí misma. Ya no sabemos a dónde nos conduce.

III. Dentro de nosotros vive un paradigma profundo, que gobierna nuestras ideas sin que nos demos cuenta. Vemos lo que el paradigma nos pide ver y ocultamos lo que nos impone no ver. El autor cree que hoy puede haber una revolución paradigmática, orientada hacia la complejidad.

Lo vemos en las ciencias físicas. Con Descartes y Newton el mundo era perfecto, porque emanaba de la perfección divina, era una máquina absolutamente ordenada. El mundo estaba constituido por pequeños ladrillos elementales indivisibles, los átomos. Ese mundo se derrumbó por dos lados: por la base, a nivel del átomo (cuando se vio que no era un ladrillo, sino un complejo sistema constituido por partículas enormemente complejas) y a nivel del cosmos, con la hipótesis de que el universo nace de una deflagración original y una combinación de orden y desorden.

Nuestro universo es, pues, fruto de una dialógica de orden y desorden, dos nociones (orden y desorden) que se rechazan mutuamente. Por tanto, debemos trabajar con el desorden y con la incertidumbre, lo cual no significa que nos dejemos dominar por ellos, sino utilizar un pensamiento enérgico que los enfrente. El problema se plantea en tres planos: el de las ciencias físicas, el de las ciencias del hombre y en el de la política.

IV. La complejidad en las ciencias físicas. Hasta ahora se creía que la organización dependía simplemente del orden. En realidad, la organización es lo que liga un sistema, que es un todo constituido diferentes elementos articulados. El todo posee propiedades y cualidades que no tienen las partes cuando están separadas. Esas cualidades emergentes del todo pueden retroactuar sobre las partes. El todo es más que la suma que las partes, pero al tiempo, es menos: un individuo forma parte de un todo, que es la sociedad, pero ese todo impone constricciones a las partes que lo forman (leyes, tabúes y prohibiciones). El concepto de organización nos enfrenta a la complejidad.

Hay diferencias entre las máquinas vivientes y las máquinas artificiales. Es paradójico que las partes de una máquina artificial (como las que producimos en las fábricas) sean las más resistentes, duraderas y mejor adaptadas, mientras que una máquina viva (como una bacteria), está hecha con componentes muy poco fiables. Pero la máquina artificial empieza a degradarse desde el momento en el que empieza a funcionar, y la máquina viva desde que funciona, es capaz de desarrollarse; también se degradará al final, pero por un desgaste distinto. Lo explicó

Heráclito hace 2700 años: “Vivir de muerte, morir de vida”. En un organismo las moléculas se degradan, pero somos capaces de producir moléculas totalmente nuevas que rejuvenecen a las células.

Otra característica de la máquina viva es que es una máquina no trivial. De una máquina trivial pueden conocerse los outputs si conocemos los inputs, es decir, podemos predecir su comportamiento. Nosotros, como máquina viva, nos conducimos a menudo como máquina trivial, pero a veces realizamos actos totalmente inesperados. Muchos acontecimientos históricos son resultado de un funcionamiento no trivial de la máquina humana (poner la otra mejilla es una reacción no trivial a la lógica de la venganza).

Otra diferencia es que la máquina artificial no tolera el desorden, mientras que la máquina viva puede tolerar una cantidad considerable: en nuestro organismo continuamente proliferan células de forma incontrolada, pero no siempre se transforman en cáncer. En las sociedades toleramos mucho desorden, parte del cual llamamos libertad. El desorden es necesario en los procesos de creación e invención.

Aquí no consideramos objetos, sino sistemas. El sistema puede ser parte de un polisistema y estar rodeado de un ecosistema. Creíamos tener un conocimiento cierto y objetivo porque habíamos eliminado al observador, elemento contingente. Pero ahora sabemos que la realidad la percibimos gracias a nuestras estructuras mentales. Todo conocimiento es una traducción y una reconstrucción.

V. El autor, EDGAR MORIN, se declara co-constructivista: construimos la percepción del mundo, pero con una ayuda considerable de su parte. No se puede eliminar al observador, hay un límite en el que éste se convierte en una intervención perturbadora. No podemos separar el mundo que conocemos de las estructuras de nuestro conocimiento.

Así pues, el observador debe observarse a sí mismo observando a los otros. La Antropología es un buen ejemplo. En sus inicios, los antropólogos creían ser los dueños de la sabiduría y la racionalidad, por su perspectiva occidental; el resto era un mundo arcaico de niños grandes que vivían de manera puramente animista, mística o neurótica. No se planteaban la pregunta que sí se hizo Wittgenstein: ¿cómo era posible que esos salvajes, que se pasaban el tiempo ejecutando danzas, cantos, hechizos rituales y magia, supieran cazar tan bien con flechas verdaderas, con una estrategia verdadera y con un conocimiento verdadero del mundo exterior? Y es que no se había comprendido que entre ellos coexistían la racionalidad y la magia, así como en nuestra sociedad hay magia al tiempo que racionalidad.

El antropólogo debe ubicarse a sí mismo en el mundo en el que está, para tratar de comprender el mundo totalmente ajeno que va a estudiar. Hay que hacer un gran esfuerzo para encontrar un meta-punto de vista en la propia sociedad, y éste se encuentra estudiando otras sociedades. El punto de vista de la complejidad nos dice que es una locura creer que se puede conocer desde el punto de vista de la omniscencia. Para evitar el relativismo o el etnocentrismo hay que edificar meta-puntos de vista. El pensamiento simple no cree necesario conocerse a sí para conocer al objeto; el conocimiento complejo necesita la autocrítica del observador-conceptor sobre sí mismo. Estas son algunas de las adquisiciones necesarias para un pensamiento complejo.

VI. La complejidad en las ciencias del hombre. El hombre es a la vez biológico y no biológico. Estudiamos al hombre biológico en el departamento de biología y al cultural y psicológico en el departamento de ciencias humanas. Esto nos impone una visión mutilada del hombre. Y el hombre no es sólo eso, sino que es también especie-individuo, sociedad-individuo… El ser humano es multidimensional. Y el homo sapiens es al mismo tiempo homo demens, porque no se puede establecer una frontera entre lo que es sensato y lo que no lo es.

En ese hombre hay un pensamiento doble: el racional, empírico, técnico, que existe desde la prehistoria, y el simbólico, mitológico, mágico. Vivimos en ambos registros. Por ello no podemos tener opiniones compartimentadas. Cada ser, aun el más vulgar o anónimo, es un verdadero cosmos: no sólo porque las interacciones de su cerebro son más que las que existen en el cosmos, sino porque lleva en sí un mundo fabuloso y desconocido.

La histórica superioridad de la literatura con respecto de las ciencias humanas residió en que daba cuenta precisamente de ese aspecto. Los grandes novelistas (Balzac, Sthendal, Dostoievski, Tolstoi) han enseñado el camino de la complejidad, y aunque no lo han hecho en el pensamiento filosófico y científico, su aporte ha sido necesario para todo ese pensamiento.

VII. La complejidad en la política. Durante mucho tiempo, la política fue el arte de gobernar. Pero la política puede proporcionar algo importante a los ciudadanos, puede darles libertad, igualdad, fraternidad, es decir, algo que mejore la sociedad. A partir de la Revolución Francesa, han entrado en la política nuevos aspectos humanos. El problema demográfico, que era biológico, la ecología, porque la degradación de la biosfera tiene consecuencias sociales y políticas. Y ahora comienza una invasión aún mayor en la esfera política. Las nuevas formas de reproducción y la manipulación genética plantean interrogantes fundamentales sobre lo que considerábamos más inamovible, como la paternidad y la maternidad.

Todas las ciencias, en su desarrollo, plantean problemas políticos (la física nuclear con el armamento nuclear). Por otra parte, la política cubre un amplio espacio de protección social. La política se ha complejizado y concierne ya a todos los aspectos humanos. Como resultado, pueden surgir políticas totalitarias (que buscan someter todos los aspectos de la vida humana a sus concepciones) o bien, y ésta es la tendencia dominante en nuestra sociedad, la política se vuelve más tecnocrática y econocrática. La política está invadida por cuestiones económicas, y el primer plano lo ocupa el pensamiento económico y técnico. Es absolutamente necesario un pensamiento complejo que sea capaz de comprender que la política se ha vuelto multidimensional.

En la era planetaria, es todavía más cierto que la parte está en el todo y el todo está en la parte: tomamos café de brasil mientras escuchamos una radio japonesa y nos ponemos una camisa confeccionada en Hong Kong. Y de la misma manera, los pobres y marginados viven de manera planetaria, pues es el desarrollo industrial lo que ha llevado al desarraigo de los campos, la desaparición de los pequeños propietarios y ha provocado, en fin, que esa gente se traslade a barrios de emergencia (como favelas) y viva la tragedia planetaria. Así pues, la política debe enfrentar esa complejidad planetaria, desde un punto de vista más allá de lo nacional.

La política también ha perdido la falsa certeza del futuro garantizado. La sociedad occidental vivía con la idea de un progreso inevitable, necesario y garantizado; el desarrollo de la ciencia sólo podía fomentar la racionalidad y sus beneficios; la democracia sólo podría extenderse. Pero tras Hiroshima y la manipulación genética, sabemos que la ciencia es ambivalente, puede ser beneficiosa para la humanidad, pero también destruirla. Sabemos que la racionalidad puede retroceder o adquirir formas delirantes. El despertar de los nacionalismos aparece junto con los fundamentalismos, porque cuando se ha perdido el futuro, uno se aferra al pasado. Ahora es cuando es necesario hablar de una ecología de la política. La política está en un océano de interacciones en medio de las cuales intenta navegar.

VIII. Un principio fundamental de la complejidad es el principio ecológico de la acción, que nos dice que “la acción escapa a la voluntad del actor político para entrar en el juego de las inter-retroacciones, retroacciones recíprocas del conjunto de la sociedad”. Por ejemplo, el golpe de agosto de 1991 en Moscú desencadenó acontecimientos contrarios a los deseados: la liquidación del aparato del Partido Comunista y de la KGB. Así, la acción puede escapar a la voluntad del actor.

Esto tiene dos consecuencias: que el nivel de eficacia máxima de la acción está siempre al comienzo de su desarrollo; y que las consecuencias últimas de una acción no son predecibles. La política no debe seguir un rumbo de día en día, sino tener una idea-faro que la ilumine. No puede hacer programas para el futuro, porque los acontecimientos los pueden desbaratar, sino estrategias, proyectar valores, ideas-fuerza, ideas motoras.

Hay que diferenciar entre programa y estrategia, porque ahí está la diferencia entre pensamiento simplificador y pensamiento complejo. Un programa es una secuencia de actos decididos a priori y que funcionan uno tras otro, sin variar. Funciona bien cuando las condiciones que lo rodean no se cambian ni son perturbadas. La estrategia puede modificarse en función de informaciones, acontecimientos o azares que sobrevengan en el curso de la acción. La estrategia es el arte de trabajar con la incertidumbre, la estrategia de pensamiento es el arte de pensar con la incertidumbre y la estrategia de acción es el arte de actuar en la incertidumbre.

IX. Para concluir, el pensamiento complejo no es el pensamiento omnisciente. Por el contrario, sabe que es local, ubicado en un tiempo y en un momento. Tampoco es el pensamiento completo, porque sabe que siempre hay incertidumbre, y por ello escapa al dogmatismo de pensamientos no complejos. Tampoco cae en un escepticismo resignado, sino que se lanza a la aventura incierta del pensamiento. Debemos aprender a vivir con la incertidumbre, y no a hacer cualquier cosa para evitarla. Y para ello hay que privilegiar la estrategia y no el programa.

Quizá estamos viviendo una gran revolución paradigmática, quizás, porque una revolución en las premisas del pensamiento necesita mucho tiempo. Tendrán que luchar las antiguas formas de pensamiento (duras y resistentes por resecas y anquilosadas) y las nuevas formas de pensamiento (embrionarias, y por tanto frágiles). Pero no hemos alcanzado aún los límites del genio humano. Estamos en la lucha inicial, en un periodo en el que hay que repensar las perspectivas de un conocimiento y una política dignos de la humanidad en la era planetaria. Y debemos trabajar en el azar y la incertidumbre.


Edgar Morin