sábado, 22 de marzo de 2008

Umberto Eco: "Para una guerrilla semiológica"


No hace mucho tiempo que para adueñarse del poder político en un país era suficiente controlar el ejército y la policía. Hoy, sólo en los países subdesarrollados los generales fascistas recurren todavía a los carros blindados para dar un golpe de estado. Basta que un país haya alcanzado un alto nivel de industrialización para que cambie por completo el panorama: el día siguiente a la caída de Kruschev fueron sustituidos los directores de Izvestia, de Pravda y de las cadenas de radio y televisión; ningún movimiento en el ejército. Hoy, un país pertenece a quien controla los medios de comunicación.
Si la lección de la historia no parece lo bastante convincente, podemos recurrir a la ayuda de la ficción que, como enseñaba Aristóteles, es mucho más verosímil que la realidad. Consideremos tres películas norteamericanas de los últimos años: Seven Days in May (Siete días de mayo), Dr. Strangelove (Teléfono rojo, volamos hacia Moscú) y Fail Safe (Punto límite). Las tres trataban de la posibilidad de un golpe militar contra el gobierno de Estados Unidos, y, en las tres, los militares no intentaban controlar el país mediante la violencia de las armas, sino a través del control del telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión.

No estoy diciendo nada nuevo: no sólo los estudiosos de la comunicación, sino también el gran público, advierten ahora que estamos viviendo en la era de la comunicación. Como ha sugerido el profesor McLuhan, la información ha dejado de ser un instrumento para producir bienes económicos, para convertirse en el principal de los bienes.

La comunicación se ha transformado en industria pesada. Cuando el poder económico pasa de quienes poseen los medios de producción a quienes tienen los medios de información, que pueden determinar el control de los medios de producción, hasta el problema de la alienación cambia de significado. Frente al espectro de una red de comunicación que se extiende y abarca el universo entero, cada ciudadano de este mundo se convierte en miembro de un nuevo proletariado.

Aunque a este proletariado ningún manifiesto revolucionario podría decirle: «¡Proletarios del mundo, uníos!» Puesto que aún cuando los medios de comunicación, en cuanto medios de producción, cambiaran de dueño, la situación de sujeción no variaría. Al limite, es lícito pensar que los medios de comunicación serían medios alienantes aunque pertenecieran a la comunidad.

Lo que hace temible al periódico no es (por lo menos, no es sólo) la fuerza económica y política que lo dirige. El periódico como medio de condicionamiento de la opinión queda ya definido cuando aparecen las primeras gacetas. Cuando alguien tiene que redactar cada día tantas noticias como permita el espacio disponible, de manera que sean accesibles a una audiencia de gustos, clase social y educación diferentes y en todo el territorio nacional, la libertad del que escribe ha terminado: los contenidos del mensaje no dependerán del autor, sino de las determinaciones técnicas y sociológicas del medio.

Todo esto había sido advertido hace tiempo por los críticos más severos de la cultura de masas, que afirmaban: « Los medios de comunicación de masas no son portadores de ideología: son en sí mismos una ideología.» Esta posición, que he definido en uno de mis libros como «apocalíptica», sobreentiende este otro argumento: No importa lo que se diga a través de los canales de comunicación de masas; desde el momento en que el receptor está cercado por una serie de comunicaciones que le llegan simultáneamente desde varios canales, de una manera determinada, la naturaleza de esta información tiene poquísima importancia. Lo que cuenta es el bombardeo gradual y uniforme de la información, en la que los diversos contenidos se nivelan y pierden sus diferencias.

Recordaréis que ésta es también la conocida posición de Marshall McLuhan en Understanding Media. Salvo que, para los llamados «apocalípticos», esta convicción se traducía en una consecuencia trágica: el destinatario del mensaje de los mass-media, desvinculado de los contenidos de la comunicación, recibe sólo una lección ideológica global, un llamado a la pasividad narcótica. Cuando triunfan los medios de masas, el hombre muere.

Por el contrario, Marshall McLuhan, partiendo de las mismas premisas, llega a la conclusión de que, cuando triunfan los medios de masas muere el hombre gutenbergiano y nace un hombre diferente, habituado a «sentir» el mundo de otra manera. No sabemos si este hombre será mejor o peor, pero sabemos que se trata de un hombre nuevo. Allí donde los apocalípticos veían el fin de la historia, McLuhan observa el comienzo de una nueva fase histórica. Pero es lo mismo que sucede cuando un virtuoso vegetariano discute con un consumidor de LSD: el primero ve en la droga el fin de la razón, el otro el inicio de una nueva sensibilidad. Ambos están de acuerdo en lo que concierne a la composición química de los psicodélicos.

En cambio la cuestión que deben plantearse los estudiosos de la comunicación es ésta: ¿Es idéntica la composición química de todo acto comunicativo?
Naturalmente, están los educadores que manifiestan un optimismo más simple, de tipo iluminista: tienen una fe ciega en el poder del contenido del mensaje. Confían en poder operar una transformación de las conciencias transformando las transmisiones televisivas, la cuota de verdad en el anuncio publicitario, la exactitud de la noticia en la columna periodística.

A éstos, o a quienes sostienen que the medium is the message, quisiera recordarles una imagen que hemos visto en tantos cartoons y en tantos comic strips, una imagen un poco obsoleta, vagamente racista, pero que sirve de maravilla para ejemplificar esta situación. Se trata de la imagen del jefe caníbal que se ha colgado del cuello, como pendiente, un reloj despertador.

No creo que todavía existan jefes caníbales que vayan ataviados de tal modo, pero cada uno de nosotros puede trasladar este modelo a otras varias experiencias de la propia vida cotidiana. El mundo de las comunicaciones está lleno de caníbales que transforman un instrumento para medir el tiempo en una joya «op».

Si esto sucede, entonces no es cierto que the medium is the message: puede ser que la invención del reloj, al habituarnos a pensar el tiempo en forma de un espacio dividido en partes uniformes, haya cambiado para algunos hombres el modo de percibir, pero existe indudablemente alguien para quien el «mensaje-reloj» significa otra cosa.

Pero si esto es así, tampoco es cierto que la acción sobre la forma y sobre el contenido del mensaje pueda modificar a quien lo recibe; desde el momento en que quien recibe el mensaje parece tener una libertad residual: la de leerlo de modo diferente. He dicho «diferente» y no «equivocado». Un breve examen de la mecánica misma de la comunicación nos puede decir algo más preciso sobre este argumento.

La cadena comunicativa presupone una fuente que, mediante un transmisor, emite una señal a través de un canal. Al extremo del canal, la señal se transforma en mensaje para uso del destinatario a través de un receptor. Esta cadena de comunicación normal prevé naturalmente la presencia de un ruido a lo largo del canal, de modo que el mensaje requiere una redundancia para que la información se transmita en forma clara. Pero el otro elemento fundamental de esta cadena es la existencia de un código, común a la fuente y al destinatario.

Un código es un sistema de probabilidad prefijado y sólo en base al código podemos determinar si los elementos del mensaje son intencionales (establecidos por la fuente) o consecuencia del ruido. Me parece muy importante distinguir perfectamente los diversos puntos de esta cadena, porque cuando se omiten se producen equívocos que impiden considerar el fenómeno con atención. Por ejemplo, buena parte de las tesis de Marshall McLuhan acerca de la naturaleza de los media derivan del hecho de que él llama «media», en general, a fenómenos que son reducibles a veces al canal, a veces al código y a veces a la forma del mensaje.

El alfabeto reduce, según criterios de economía, las posibilidades de los órganos fonadores y de este modo provee de un código para comunicar la experiencia; la calle me provee de un canal a lo largo del cual puedo hacer viajar cualquier comunicación. Decir que el alfabeto y la calle son «media», significa no considerar la diferencia entre un código y un canal.

Decir que la geometría euclidiana y un traje son "media", significa no diferenciar un código (los elementos de Euclides son un modo de formalizar la experiencia y de hacerla comunicable) de un mensaje (un traje determinado, en base a códigos indumentarios -de convenciones aceptadas por la sociedad-, comunica una actitud mía respecto a mis semejantes).

Decir que la luz es un media significa no advertir que existen, por lo menos, tres acepciones de «luz». La luz puede ser una señal de información (utilizo la electricidad para transmitir impulsos que, según el código morse, significan mensajes particulares); la luz puede ser un mensaje (si mi amante pone una luz en la ventana, significa que su marido está ausente); y la luz puede ser un canal (si tengo la luz encendida en la habitación, puedo leer el mensaje-libro). En cada uno de estos casos el impacto de un fenómeno sobre el cuerpo social varía según el papel que juega en la cadena comunicativa.

Siguiendo con el ejemplo de la luz, en cada uno de estos tres casos el significado del mensaje cambia según el código elegido para interpretarlo. El hecho de que la luz, cuando utilizo el código morse para transmitir señales luminosas, sea una señal -y que esta señal sea luz y nada más- tiene en el destinatario un impacto mucho menos importante que el hecho de que el destinatario conozca el código morse. Si, por ejemplo, en el segundo de los casos citados, mi amante usa la luz como señal para transmitirme en morse el mensaje «mi marido está en casa» pero yo sigo refiriéndome al código establecido precedentemente, por el que «luz encendida» significa «marido ausente», lo que determina mi comportamiento (con todas las desagradables consecuencias que supone) no es la forma del mensaje ni su contenido según la fuente emisora, sino el código que yo uso. Es la utilización del código lo que confiere a la señal-luz un determinado contenido.

El paso de la Galaxia Gutenberg al Nuevo Pueblo de la Comunicación Total no impedirá que se desencadene entre yo, mi amante y su marido el eterno drama de la traición y de los celos.

En este sentido, la cadena comunicativa descrita antes deberá transformarse de esta manera: el receptor transforma la señal en mensaje, pero este mensaje es todavía una forma vacía a la que el destinatario podrá atribuir significados diferentes según el código que aplique.

Si escribo la frase No more, aquel que la interprete a la luz del código lengua inglesa la entenderá en el sentido más obvio; pero les aseguro que, leída por un italiano, la misma frase significaría «nada de moras», o bien «no, prefiero las moras»; pero, si en lugar de un sistema de referencia botánico, mi interlocutor apelase a un sistema de referencia jurídico, entendería «nada de moras (dilaciones)»; y si usase un sistema de referencia erótico, la misma frase sería la res- puesta «no, morenas» a la pregunta «¿Los caballeros las prefieren rubias?».

Naturalmente, en la comunicación. normal, entre persona y persona, relativa a la vida cotidiana, estos equívocos son mínimos: los códigos se establecen de antemano. Pero hay también casos extremos como, en primer lugar, la comunicación estética, donde el mensaje es intencionalmente ambiguo con el fin preciso de estimular la utilización de códigos diferentes por parte de aquellos que estarán en contacto con la obra de arte, en lugares y en momentos diferentes.

Si en la comunicación cotidiana la ambigüedad está excluida y en la estética es por el contrario deseada, en la comunicación de masas la ambigüedad, aunque ignorada, está siempre presente. Hay comunicación de masas cuando la fuente es única, centralizada, estructurada según los modos de la organización industrial; el canal es un expediente tecnológico que ejerce una influencia sobre la forma misma de la señal; y los destinatarios son la totalidad (o bien un grandísimo número) de los seres humanos en diferentes partes del globo.

Los estudiosos norteamericanos se han dado cuenta de lo que significa una película de amor en tecnicolor, pensada para las señoras de los suburbios y proyectada, después, en un pueblo del Tercer Mundo. Pero en países como Italia, donde el mensaje tele- visivo es elaborado por una fuente industrial centralizada y llega simultáneamente a una ciudad
industrial del norte y a una perdida aldea agrícola del sur, en dos circunstancias sociológicas separadas por siglos de historia, este fenómeno se registra día a día.

Pero basta incluso con la reflexión paradójica para convencerse de este hecho: cuando la revista Eros publicó, en Estados Unidos, la famosa fotografía de una mujer blanca y un hombre de color, desnudos, besándose, imagino que, si las mismas imágenes hubieran sido transmitidas por una red televisiva de gran difusión, el significado atribuido al mensaje por el gobernador de Alabama y por Allen Ginsberg habría sido diferente.

Para un hippie californiano, para un radical del Village, la imagen habría significado la pro- mesa de una nueva comunidad. Para un seguidor del Ku Klux Man el mensaje habría significado una tremenda amenaza de violencia carnal.

El universo de la comunicación de masas está lleno de estas interpretaciones discordantes; diría que la variabilidad de las interpretaciones es la ley constante de las comunicaciones de masas. Los mensajes parten de la fuente y llegan a situaciones sociológicas diferenciadas, donde actúan códigos diferentes.

Para un empleado de banco de Milán la publicidad televisiva de un frigorífico representa un estímulo a la adquisición, pero para un campesino en paro de Calabria la misma imagen significa la denuncia de un universo de bienestar que no le pertenece y que deberá conquistar. Es por esto que creo que en los países pobres incluso la publicidad televisiva puede funcionar como mensaje revolucionario.

El problema de la comunicación de masas es que hasta ahora esta variabilidad de las interpretaciones ha sido casual. Nadie regula el modo en que el destinatario usa el mensaje, salvo en raras ocasiones. En este sentido, aunque hayamos desplazado el problema, aunque hayamos afirmado que «el medio no es el mensaje», sino que «el mensaje depende del código», no hemos resuelto el problema de la era de las comunicaciones. Si el apocalíptico dice: «El medio no transmite ideologías, es la ideología misma; la televisión es la forma de comunicación que asume la ideología industrial avanzada», nosotros sólo podremos responder: «El medio transmite las ideologías a las que el destinatario puede recurrir en forma de códigos que nacen de la situación social en la que vive, de la educación recibida, de las disposiciones psicológicas del momento.»

En tal caso, el fenómeno de las comunicaciones de masas seria inmutable: existe un instrumento extremadamente poderoso que ninguno de nosotros llegará jamás a regular; existen medios de comunicación que, a diferencia de los medios de producción, no son controlables ni por la voluntad privada ni por la de la colectividad.

Frente a ellos, todos nosotros, desde' el director de la CBS y el presidente de Estados Unidos, pasando por Martin Heidegger, hasta el campesino más humilde del delta del Nilo, somos el proletariado.

Sin embargo, creo que el defecto de este planteamiento consiste en el hecho de que todos nosotros estamos tratando de ganar esta batalla (la batalla del hombre en el universo tecnológico de la comunicación) recurriendo a la estrategia.

Habitualmente, los políticos, los educadores, los científicos de la comunicación creen que para controlar el poder de los mass-media es preciso controlar dos momentos de la cadena de la comunicación: la fuente y el canal. De esta forma se cree poder controlar el mensaje; por el contrario, así sólo se controla el mensaje como forma vacía que, en su destinación, cada cual llenará con los significados que le sean sugeridos por la propia situación antropológica, por su propio modelo cultural. La solución estratégica puede resumirse en la frase: «Hay que ocupar el sillón del presidente de la RAI», o bien: «Hay que apoderarse del sillón del ministro de Información», o: «Es preciso ocupar el sillón del director del Corriere».

No niego que este planteamiento estratégico pueda dar excelentes resultados a quien se proponga el éxito político y económico, pero me temo que ofrezca resultados muy magros a quien espere devolver a los seres humanos una cierta libertad frente al fenómeno total de la comunicación.

Por esta razón, habrá que aplicar en el futuro a la estrategia una solución de guerrilla. Es preciso ocupar, en cualquier lugar del mundo, la primera silla ante cada aparato de televisión (y, naturalmente, la silla del líder de grupo ante cada pantalla cinematográfica, cada transistor, cada página de periódico). Si se prefiere una formulación menos paradójica, diré: La batalla por la supervivencia del hombre como ser responsable en la Era de la Comunicación no se gana en el lugar de donde parte la comunicación sino en el lugar a donde llega.

Si he hablado de guerrilla es porque nos espera un destino paradójico y difícil, a nosotros, estudiosos y técnicos de la comunicación: precisamente en el momento en que los sistemas de comunicación prevén una sola fuente industrializada y un solo mensaje, que llegaría a una audiencia dispersa por todo el mundo, nosotros deberemos ser capaces de imaginar unos sistemas de comunicación complementarios que nos permitan llegar a cada grupo humano en particular, a cada miembro en particular, de la audiencia universal, para discutir el mensaje en su punto de llegada, a la luz de los códigos de llegada, confrontándolos con los códigos de partida.

Un partido político, capaz de alcanzar de manera capilar a todos los grupos que ven televisión y de llevarlos a discutir los mensajes que reciben, puede cambiar el significado que la fuente había atribuido a ese mensaje. Una organización educativa que lograse que una audiencia determinada discutiera sobre el mensaje que recibe, podría volver del revés el significado de tal mensaje. 0 bien, demostrar que ese mensaje puede ser interpretado de diferentes modos.

Cuidado: no estoy proponiendo aquí una nueva forma de control de la opinión pública, todavía más terrible. Estoy proponiendo una acción para incitar a la audiencia a que controle el mensaje y sus múltiples posibilidades de interpretación.

La idea de que un día habrá que pedir a los estudiosos y educadores que abandonen los estudios de televisión o las redacciones de los periódicos para librar una guerrilla puerta a puerta, como promotores de la recepción crítica puede asustar y parecer pura utopía. Pero si la Era de las Comunicaciones avanza en la dirección que hoy nos parece más probable, ésta será la única salvación para los hombres libres.

Hay que estudiar cuales pueden ser las formas de esta guerrilla cultural.
Probablemente, en la interrelación de los diversos medios de comunicación, podrá emplearse un medio para comunicar una serie de juicios sobre otro medio. Esto es lo que en cierta medida hace, por ejemplo, un periódico cuando critica una transmisión de televisión. Pero, ¿quién nos asegura que el artículo del periódico será leído del modo que deseamos? ¿Nos veremos obligados a recurrir a otro medio para enseñar a leer el periódico de manera consciente?.

Ciertos fenómenos de «contestación de masa» (hippies o beatniks, new bohemia o movimientos estudiantiles) nos parecen hoy respuestas negativas a la sociedad industrial: se rechaza la sociedad de la Comunicación Tecnológica para buscar formas alternativas de vida asociativa. Naturalmente, estas formas se realizan usando medios de la sociedad tecnológica (televisión, prensa, discos…). Así no se sale del círculo, sino que se vuelve a entrar en él sin quererlo. Las revoluciones se resuelven a menudo en formas pintorescas de integración.

Podría suceder que estas formas no industriales de comunicación (de los love-in a los mitines estudiantiles, con sentadas en el campus universitario) pudieran llegar a ser las formas de una futura guerrilla de las comunicaciones. Una manifestación complementaria de las manifestaciones de la comunicación tecnológica, la corrección continua de las perspectivas, la verificación de los códigos, la interpretación siempre renovada de los mensajes de masas. El universo de la comunicación tecnológica sería entonces atravesado por grupos de guerrilleros de la comunicación, que reintroducirían una dimensión crítica en la recepción pasiva.

La amenaza para quienes the médium is the message podría entonces llegar a ser, frente al medio y al mensaje, el retorno a la responsabilidad individual. Frente a la divinidad anónima de la Comunicación Tecnológica, nuestra respuesta bien podría ser: «Hágase nuestra voluntad, no la Tuya.»

Artículo publicado en el libro "La estrategia de la ilusión". Lumen/De la Flor, 1987

martes, 5 de febrero de 2008

Henry David Thoreau: "Desobediencia Civil"

Creo de todo corazón en el lema “El mejor gobierno es el que tiene que gobernar menos” , y me gustaría verlo hacerse efectivo más rápida y sistemáticamente. Bien llevado, finalmente resulta en algo en lo que también creo: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. Y cuando los pueblos estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tengan. En el mejor de los casos, el gobierno no es más que una conveniencia, pero en su mayoría los gobiernos son inconvenientes y todos han resultado serlo en algún momento. Las objeciones que se han hecho a la existencia de un ejército permanente, que son varias y de peso, y que merecen mantenerse, pueden también por fin esgrimirse en contra del gobierno.

El ejército permanente es sólo el brazo del gobierno establecido. El gobierno en sí, que es únicamente el modo escogido por el pueblo para ejecutar su voluntad, está igualmente sujeto al abuso y la corrupción antes de que el pueblo pueda actuar a través suyo. Somos testigos de la actual guerra con Méjico, obra de unos pocos individuos comparativamente, que utilizan como herramienta al gobierno actual; en principio, el pueblo no habría aprobado esta medida. El gobierno de los Estados Unidos ¿qué es sino una tradición, bien reciente por cierto, que lucha por proyectarse intacta hacia la posteridad, pero perdiendo a cada instante algo de su integridad? No tiene la vitalidad y fuerza de un solo hombre: porque un solo hombre puede doblegarlo a su antojo. Es una especie de fusil de madera para el mismo pueblo, pero no es por ello menos necesario para ese pueblo, que igualmente requiere de algún aparato complicado que satisfaga su propia idea de gobierno. Los gobiernos demuestran, entonces, cuán exitoso es imponérsele a los hombres y aún, hacerse ellos mismos sus propias imposiciones para su beneficio. Es excelente, tenemos que aceptarlo. Sin embargo, este gobierno nunca adelantó una empresa, excepto por la algarabía con la que sacó el cuerpo. No mantiene al país libre. No deja al Oeste establecido. No educa. El carácter inherente al pueblo americano es el responsable de todo lo que se ha logrado, y hubiera hecho mucho más si el gobierno no le hubiera puesto zancadilla, como ha ocurrido tantas veces. Porque el gobierno es una estratagema por la cual los hombres intentan dejarse en paz los unos a los otros y llega al máximo de conveniencia cuando los gobernados son dejados en paz.
Si el mercado y el comercio no estuvieran hechos de caucho, jamás lograrían salvar los obstáculos que los legisladores les atraviesan en forma sistemática. Y si uno fuera a juzgar a esos señores sólo por el efecto de sus acciones, y no en parte por sus intenciones, merecerían ser castigados como a los malhechores que atraviesan troncos sobre los rieles del ferrocarril.
Pero, para hablar en forma práctica y como ciudadano, a diferencia de aquellos que se llaman “antigobiernistas”, yo pido, no como “antigobiernista” sino como ciudadano, y de inmediato, un mejor gobierno. Permítasele a cada individuo dar a conocer el tipo de gobierno que lo impulsaría a respetarlo y eso ya sería un paso ganado para obtener ese respeto. Después de todo, la razón práctica por la cual, una vez que el poder está en manos del pueblo, se le permite a una mayoría, y por un período largo de tiempo, regir, no es porque esa mayoría esté tal vez en lo correcto, ni porque le parezca justo a la minoría, sino porque físicamente son los más fuertes. Pero un gobierno en el que la mayoría rige en todos los casos no se puede basar en la justicia, aún en cuanto ésta es entendida por los hombres. ¿No puede haber un gobierno en el que las mayorías no decidan de manera virtual lo correcto y lo incorrecto – sino a conciencia?, ¿en el que las mayorías decidan sólo los problemas para los cuales la regulación de la conveniencia sea aplicable? ¿Tiene el ciudadano en algún momento, o en últimas, que entregarle su conciencia al legislador? ¿Para qué entonces la conciencia individual? Creo que antes que súbditos tenemos que ser hombres. No es deseable cultivar respeto por la ley más de por lo que es correcto. La única obligación a la que tengo derecho de asumir es a la de hacer siempre lo que creo correcto. Se dice muchas veces, y es cierto, que una corporación no tiene conciencia; pero una corporación de personas conscientes es una corporación con conciencia. La ley nunca hizo al hombre un ápice más justo, y a causa del respeto por ella, aún el hombre bien dispuesto se convierte a diario en el agente de la injusticia. Resultado corriente y natural de un indebido respeto por la ley es el ver filas de soldados, coronel, capitán, sargento, polvoreros, etc., marchando en formación admirable sobre colinas y cañadas rumbo a la guerra, contra su voluntad, alás!, contra su sentido común y sus conciencias, lo que hace la marcha más ardua y produce un pálpito en el corazón. No les cabe duda de que la tarea por cumplir es infame; todos están inclinados hacia

la paz. Pero, qué son? Son hombres acaso? O pequeños fuertes y polvorines al servicio de algún inescrupuloso que detenta el poder? Visiten un patio de la Armada y observen un marino, el hombre que el gobierno americano puede hacer, o mejor en lo que lo puede convertir con sus artes nigrománticas – una mera sombra y reminiscencia de humanidad, un desarraigado puesto de lado y firmes, y, se diría, enterrado ya bajo las armas con acompañamiento fúnebre...aunque puede ser que

“No se oyó ni un tambor,
ni la salva de adiós escuchamos,
cuando el cuerpo del héroe y su honor
en la tumba en silencio enterramos”.

La masa de hombres sirve pues al Estado, no como hombres sino como máquinas, con sus cuerpos. Son el ejército erguido, la milicia, los carceleros, los alguaciles, posse comitatus, etc. En la mayoría de los casos no hay ningún ejercicio libre en su juicio o en su sentido moral; ellos mismos se ponen a voluntad al nivel de la madera, la tierra, las piedras; y los hombres de madera pueden tal vez ser diseñados para que sirvan bien a un propósito. Tales hombres no merecen más respeto que el hombre de paja o un bulto de tierra. Valen lo mismo que los caballos y los perros. Aunque aún en esta condición, por lo general son estimados como buenos ciudadanos. Otros – como la mayoría de los legisladores, los políticos, abogados, clérigos y oficinistas – sirven al Estado con la cabeza, y como rara vez hacen distinciones morales, están dispuestos, sin proponérselo, a ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. Unos pocos, como héroes, patriotas, mártires, reformadores en el gran sentido, y hombres – sirven al Estado a conciencia, y en general le oponen resistencia. Casi siempre son tratados como enemigos. El hombre sabio será útil sólo como hombre, y no aceptará ser “arcilla” o “abrir un hueco para escapar del viento”, sino que dejará ese oficio a sus cenizas.

“Soy nacido muy alto para ser convertido en propiedad,
para ser segundo en el control
o útil servidor e instrumento
de ningún Estado soberano del mundo”.

Continúa

Traducción: Hernando Jiménez

Biografía

Jacques Derrida: "Adieu" (oración fúnebre por Enmanuel Lèvinas)


Oración fúnebre pronunciada durante el sepelio de Emmanuel Lèvinas el 28 de diciembre de 1995.


Desde hace mucho tiempo, he temido el instante del adiós a Emmanuel Levinas. Sabía que en el momento de decirlo me temblaría la voz; sobre todo, al decirlo en voz alta y pronunciar la palabra adieu aquí, ante él, tan cerca de él. Esa misma palabra, “à-Dieu”, que en cierto sentido me viene de él. Una palabra que él me enseñó a pronunciar de otra manera. Medito sobre lo que Levinas escribió acerca de la palabra francesa “adieu” —algo que evocaré más adelante— y espero encontrar la entereza para hablar aquí. Me gustaría hacerlo con las palabras de un niño, llanas, francas, palabras desarmadas como mi pena.
Sin embargo, ¿a quién está uno hablando en estos momentos? ¿En nombre de quién se permite uno hacerlo? Con frecuencia, aquellos que se atreven a hablar y hablan en público, a interrumpir con ello el murmullo animado, el secreto o el intercambio íntimo que nos une profundamente al amigo o al maestro muerto, aquellos que pueden ser escuchados en el cementerio terminan por dirigirse de manera directa, sin ambages, a la persona que ya no está más, que ya no vive, que ya no está aquí y que no podrá responder. Con la voz entrecortada, se dirigen de tú a tú [tutoientt] al otro que guarda silencio; lo invocan sin circunloquios, lo convocan, lo saludan e, incluso, se confían a él. Esta necesidad no emana tan sólo del respeto a las convenciones ni es simplemente una parte de la retórica de nuestra oración. Se trata, más bien, de atravesar con el lenguaje ese punto en el que nos quedamos sin palabras y —debido a que todo lenguaje que vuelve al yo, al nosotros, parece inapro-piado— de dirigirse hacia una reflexión que retorne a la co-munidad agobiada por la pena, para su consuelo o su duelo, y hacia lo que se llama en una expresión confusa y terrible “la labor del duelo”. Cuando se ocupa sólo de sí mismo, ese lenguaje corre el riesgo, en esta inflexión, de alejarse de lo que es aquí nuestro mandato –el mandato entendido como honestidad o rectitud [droituret]: hablar directamente, dirigirse al otro, hablar para el otro, hablar al que uno ama y admira antes de hablar de él–. Decir adieu a él, a Emmanuel, y no tan sólo recordar lo que nos enseñó acerca de un cierto Adieu.
La palabra droiture —“honestidad” o “rectitud”— es otra palabra que empecé a escuchar y aprender de manera distinta cuando la escuché en boca de Levinas. De todos los momentos en los que habla sobre la rectitud, el que primero me viene a la mente es una de sus Cuatro lecturas talmúdicas ; ahí la rectitud nombra lo que es, como él dice, “más fuerte que la muerte”. Y abstengámonos de buscar en lo que se dice que es “más fuerte que la muerte” un refugio o una coartada, un consuelo más. Para definir la rectitud, Levinas explica, en su comentario sobre el Tractate Shabbath, que la conciencia es la “urgencia de una destinación que lleva al Otro y no un eterno regreso al yo”,
una inocencia sin ingenuidad, una rectitud sin estupidez, una absoluta rectitud que es también una autocrítica absoluta, que se lee en los ojos del que es el objetivo de mi rectitud y cuya mirada me cuestiona. Es un movimiento hacia el otro que no regresa a su punto de origen en la forma en que regresa una desviación, incapaz como es de trascendencia: un movimiento más allá de la ansiedad y más fuerte que la propia muerte. Esta rectitud se llama Temimut, la esencia de Jacob. (QLT, p. 105.)
Meditaciones como ésta pusieron en marcha –como lo hicieron otras meditaciones, aunque cada una de ellas en forma muy particular– los grandes temas que el pensamiento de Levinas nos ha revelado: el de la responsabilidad, en primer lugar, pero la responsabilidad “ilimitada” que excede y precede a mi libertad, el de un “sí incondicional”, como lo dice en las Cuatro lecturas talmúdicas, un “sí más antiguo que el de la inocencia espontánea”, un sí apegado a esta rectitud que significa “fidelidad original a una alianza indisoluble”. (QLT, pp. 106-8; 49-50.) Las palabras finales de esta lección regresan, por supuesto, a la muerte; lo hacen precisamente para no dejar que la muerte diga la última palabra, o la primera. Nos recuerdan un tema recurrente en lo que fue una paciente meditación acerca de la muerte, que siguió el camino contrario a la tradición filosófica que va de Platón a Heidegger. Antes de decir lo que debe ser el à-Dieu, otros textos hablan de la “rectitud que permanece hasta el final en el rostro de mi prójimo” como la “rectitud de una exposición a la muerte, sin defensa alguna.”
No puedo encontrar, ni siquiera desearía tratar de encontrar las palabras precisas que den el justo valor a la obra de Emmanuel Levinas. Es tan vasta que sus orillas ya no se pueden ver, y habría que empezar por aprender de él y de Totalidad e infinito, por ejemplo, cómo pensar lo que es una “oeuvre” u “obra” —y lo que es la fecundidad—. Además, no cabe la menor duda, ésta sería una tarea de siglos de lectura. Hoy, más allá de Francia y Europa —observamos día a día incontables indicios de esto en un número creciente de publicaciones, traducciones, cursos, seminarios, conferencias— las repercusiones de su pensamiento han cambiado el curso de la reflexión filosófica de nuestro tiempo, así como de la reflexión sobre la filosofía: sobre qué es lo que la relaciona con la ética o, según otra idea de la ética, con la responsabilidad, la justicia, el Estado y, por lo demás, con otra idea del orden, una idea que sigue siendo más actual que cualquier innovación, porque precede absolutamente al rostro del Otro.
Sí. Ética antes y más allá de la ontología, del Estado o de la política, pero también ética más allá de la ética. Recuerdo que un día en la rue Michel Ange, durante una de esas conversaciones iluminadas por la claridad de su pensamiento, la generosidad de su sonrisa, el humor sutil de sus elipses, que recuerdo con tanto aprecio, me dijo: “Sabes, con frecuencia se habla de la ética para describir lo que yo hago, pero lo que finalmente me interesa no es la ética en sí, sino lo divino, la divinidad de lo divino”. Ahí pensé en una separación singular, la separación elemental del velo que está dado y ordenado por Dios [donné, ordonnét]; el velo confiado por Moisés al inventor o al artista, que no al tejedor; el velo que separa lo santo de lo santo en el santuario. También pensé en cómo otra de las Lecciones talmúdicas precisa la necesidad de distinguir entre el carácter sagrado y la santidad, es decir, la divinidad del otro, la santidad de la persona, que es, como Levinas lo dijo alguna vez a Shlomo Malka, “más santa que una tierra, incluso una tierra santa, pues al encarar una afrenta que se hace a una persona, esta tierra aparece en su desnudez revelándose tan sólo como piedra y madera”. (Les Nouveaux Cahiers 18, pp. 1-8.)
Esta meditación acerca de la ética y la trascendencia de lo santo con respecto a lo sagrado, es decir, con respecto al paganismo de las raíces y de la idolatría del lugar se volvió, por supuesto, indisociable de la reflexión incesante sobre el destino y la idea de Israel ayer, hoy y mañana. Dicha reflexión consistió en cuestionar y reafirmar el legado no sólo de la tradición bíblica y talmúdica, sino también de la aterradora memoria de nuestro tiempo. Esta memoria es la que aquí dicta cada una de mis oraciones, ya sea de cerca o de lejos, incluso sabiendo que Levinas protestaba de vez en cuando contra ciertos abusos autojustificatorios a los que esa memoria y la referencia del Holocausto han dado pie.
Más allá de las acotaciones y las preguntas, quisiera simplemente agradecer a alguien cuyo pensamiento, amistad, confianza y “bondad” (y doy a la palabra bondad todo el significado que se le da en las últimas páginas de Totalidad e infinito ) han sido para mí, como para tantos otros, una fuente viva; tan viva y constante que no puedo pensar lo que hoy le está pasando a él o me está pasando a mí. Me refiero a esta interrupción, a esta respuesta sin-respuesta que, para mí, nunca llegará a su fin mientras yo esté vivo.
La no-respuesta: sin duda recordarán que en el notable curso que impartió entre 1975 y 1976 (hace exactamente veinte años) sobre La muerte y el tiempo, allí donde define la muerte como la paciencia del tiempo y se entrega a un encuentro enorme, crítico y lleno de nobleza con Platón, Hegel y, particularmente, con Heidegger, Levinas define una y otra vez la muerte –la muerte que “encontramos” ... “en el rostro del Otro”– como la no respuesta; dice: “es la sin-respuesta”. Y más adelante: “Hay aquí un final que siempre tiene la ambigüedad de una partida sin retorno, de un llegar a su fin, pero también de la conmoción (¿es realmente posible que esté muerto?) de la no-respuesta y de mi responsabilidad.”
La muerte: en primer lugar, no la desaparición ni el no ser ni la nada, sino una cierta experiencia para el sobreviviente de la “sin-respuesta”. Tiempo atrás, Totalidad e infinito ya había cuestionado la interpretación tradicional “filosófica y religiosa” de la muerte como “el paso a la nada” o “el paso a otra existencia”. Identificar la muerte con la nada es lo que le gustaría al asesino, como Caín por ejemplo, que —piensa Levinas— debe haber tenido esa noción de la muerte. Sin embargo, incluso esta nada se presenta como una “suerte de imposibilidad” o, más precisamente, como una interdicción. El rostro del Otro me prohibe matar; me dice: “no matarás”, incluso si esta posibilidad es el supuesto de la prohibición que la hace imposible. Esta pregunta sin respuesta es irreductible, primordial, como la prohibición de matar, más antigua y decisiva que la alternativa de “ser o no ser”, que no es ni la primera ni la última pregunta. “Acaso ser o no ser no sea la pregunta par excellence”, dice otro de sus textos. (C, p. 151.)
De todo esto quiero deducir que nuestra tristeza infinita debería alejarse de lo que en el duelo la lleve hacia la nada, es decir, hacia eso que sigue vinculando –así sea de manera potencial– la culpa con el asesinato. Cierto, Levinas habla de la culpa del sobreviviente, pero se trata de una culpa que no tiene falta ni deuda; es, en realidad, una responsabilidad delegada, confiada en un momento de emoción sin paralelo, el momento en que la muerte se revela como la excepción absoluta. Para expresar esta emoción sin precedentes, la que siento aquí y comparto con ustedes, la que nuestro sentimiento de propiedad nos impide exhibir, y para poner en palabras, sin ánimo de confesión o exhibición personal, cómo esta emoción tan singular se relaciona con la responsabilidad que nos es delegada y confiada como un legado, permítanme, una vez más, que sea Levinas el que hable. Aquel cuya voz hoy me gustaría tanto escuchar cuando dice que la “muerte del otro” es la “primera muerte”, y que “yo soy responsable del otro en la medida en que es un mortal”. Escuchemos el curso de 1975 y 1976:
La muerte de alguien no es, a pesar de lo que parecería ser a primera vista, un hecho en sí (la muerte como un hecho empírico, cuya sola presencia sugeriría su universalidad); no se agota en esa forma. Alguien que se expresa en su desnudez –el rostro– es de hecho alguien en la medida en que me busca, en la medida en que se pone bajo mi responsabilidad: ahora debo contestar por él, ser responsable de él. Cada gesto del Otro es una señal dirigida hacia mí. Para regresar a la clasificación esbozada anteriormente: mostrarse, expresarse, asociarse, confiarse a mí. El otro que se expresa está confiado a mí (y no existe deuda con respecto al Otro —porque lo que se debe no puede pagarse: nunca estaremos a mano—) [es más, se trata de una “obligación más allá de toda deuda”, porque el yo que es lo que es, singular e identificable, sólo es a través de la imposibilidad de ser sustituido, aun cuando es precisamente ahí donde la “responsabilidad por el Otro”, la “responsabilidad del rehén” es una experiencia de sustitución y sacrificio]. El Otro me individualiza en esa responsabilidad que yo tengo de él. La muerte del Otro me afecta en mi identidad como un yo responsable... constituido por una responsabilidad imposible de describir. Es así como soy afectado por la muerte del Otro; ésta es mi relación con su muerte. Es desde ese momento, en mi relación, en mi deferencia hacia alguien que ya no responde más, una culpa del sobreviviente. (MT, pp. 14-15; cita entre paréntesis, p. 25.)
Y un poco más adelante:
La relación con la muerte en su excepción –y la muerte es, sin importar su significado en relación con el ser y la nada, una excepción– a la vez que confiere a la muerte su profundidad no es una visión, ni siquiera una aspiración (ni una visión del ser como en Platón, ni una aspiración hacia la nada como en Heidegger), una relación meramente emocional, que se mueve con una emoción que no está compuesta de las repercusiones de un conocimiento previo de nuestra sensibilidad y nuestro intelecto. Es una emoción, un movimiento, una inquietud hacia lo desconocido. (MT, pp. 18-19.)
Aquí el énfasis se halla en lo desconocido. Lo desconocido no es el límite negativo de alguna forma de conocimiento. Este no-conocimiento es el elemento de amistad u hospitalidad que permite la trascendencia del extraño, la distancia infinita del otro. “Desconocido” es la palabra escogida por Maurice Blanchot para el título de un ensayo, “Conocimiento de lo Desconocido”, que dedicó al que había sido, desde el momento de su encuentro en Estrasburgo en 1923, el amigo, la amistad misma del amigo. Sin duda, para muchos de nosotros, para mí ciertamente, la fidelidad absoluta, la amistad ejemplar de pensamiento, la amistad entre Maurice Blanchot y Emmanuel Levinas fue una gracia, un don; permanece como una bendición de nuestros tiempos y, por más de una razón, como una fortuna, es decir: una bendición para quien tuvo el enorme privilegio de ser amigo de cualquiera de los dos. Para escuchar hoy y aquí a Blanchot hablar para Levinas y con Levinas, como yo tuve la fortuna de hacerlo en su compañía un día de 1968, cito un par de líneas. Después de nombrar lo que nos “cautiva” en el otro y de hablar sobre un cierto “arrebato” (palabra utilizada con frecuencia por Levinas para hablar de la muerte), Blanchot nos dice (L’entretien infini, pp. 73-74):
No debemos perder la esperanza en la filosofía. En el libro de Emmanuel Levinas [Totalidad e infinito] —donde, me parece, la filosofía de nuestro tiempo ha alcanzado, como nunca antes, la elaboración más sobria y que cuestiona de nuevo, como cabría esperarlo, nuestras formas de pensamiento e incluso nuestras dóciles reverencias ante la ontología— se nos invita a hacernos responsables de lo que es, en esencia, la filosofía y aceptar, con toda la intensidad y el rigor infinito que le son posibles, la idea del Otro; es decir, la relación con el autrui. Es como si encontráramos una nueva vertiente en la filosofía y un salto que ella y nosotros mismos nos viéramos urgidos a realizar.
Si la relación con el otro presupone una separación infinita, una interrupción ahí donde aparece el rostro, ¿qué sucede en el momento en que esa interrupción surge de la muerte para hacer un vacío todavía más infinito que la separación anterior, una interrupción en el centro de la interrupción misma?, ¿dónde y a quién le sucede? No puedo hablar de esta agobiante interrupción sin recordar, como muchos de ustedes sin duda lo hacen, la ansiedad ante la interrupción que yo pude sentir en Emmanuel Levinas cuando, al teléfono por ejemplo, parecía temer en todo momento que se cortara la comunicación, temer el silencio o la desaparición, la sin-respuesta del otro a quien llamaba y a quien trataba de aferrarse con un “allo, allo” después de cada frase y, en ocasiones, a la mitad incluso de la frase.
¿Qué pasa cuando un gran pensador se sumerge en el silencio, uno a quien conocimos en vida, a quien leímos, releímos y también escuchamos, de quien todavía esperábamos una respuesta, como si dicha respuesta nos ayudara no sólo a pensar de otra manera, sino también a leer lo que pensábamos que ya habíamos leído de él, una respuesta que se reservaba todo y tantas cosas más que creíamos haber reconocido con su rúbrica? Esta experiencia con Emmanuel Levinas, así lo he aprendido, es interminable, al igual que todas las reflexiones que son fuente y origen; porque nunca dejaré de empezar o empezar de nuevo a pensar en ellas como el fundamento del comienzo renovado que me ofrecen, y volveré a descubrirlas una y otra vez en casi cualquier tema. Cada vez que leo o releo a Levinas me siento colmado de gratitud y admiración; colmado por esa necesidad, que no es una limitación sino una fuerza amable que obliga y nos obliga, por respeto al otro, a no deformar ni torcer el espacio de pensamiento, sino a ceder ante la curvatura heterónoma que nos relaciona con el otro en su completud (o sea, con la justicia, como Levinas lo afirma en una formidable y poderosa elipse: “la relación con el otro, es decir, la justicia”), que responde a la ley que de esa forma nos convoca a ceder ante la anterioridad infinita del otro en su completud. Así llegó, al igual que esta convocatoria, a alterar discreta pero irreversiblemente las ideas más poderosas del fin del milenio, empezando por las de Husserl y Heidegger a quienes, de hecho, Levinas introdujo en Francia hace ya sesenta y cinco años. Este país que tanto apreciaba por su hospitalidad (y Totalidad e infinito —p. 305— no sólo muestra que “la esencia del idioma es bondad”, sino que “es amistad y hospitalidad”), esta Francia le debe a él, entre otras cosas, entre tantas contribuciones significativas, al menos dos acontecimientos nodales del pensamiento, dos actos inaugurales que hoy son difíciles de aquilatar, porque han sido incorporados al cuerpo de nuestra cultura filosófica después de haber transformado su paisaje.
Uno fue, para decirlo brevemente, la primera introducción a la fenomenología de Husserl, iniciada en 1930 con traducciones y lecturas interpretativas, que irrigaría y fecundaría tantas corrientes filosóficas francesas. Después, o mejor dicho al mismo tiempo, concibió la introducción al pensamiento heideggeriano, que no fue menos importante para definir la genealogía de muchos filósofos, profesores y estudiantes franceses. Husserl y Heidegger a un mismo tiempo a partir de 1930. Anoche releí unas páginas de ese prodigioso libro que fue para mí, así como para tantos otros antes que yo, la primera y mejor guía. Escogí unas cuantas frases que han dejado su marca en el tiempo y que nos permiten medir la distancia que nos ayudó a cubrir. En 1930, un joven de veintitrés años dijo en el prefacio que releí anoche y releí sonriendo, sonriéndole: “El hecho de que en Francia la fenomenología no sea una doctrina conocida para todos ha sido un problema constante para escribir este libro”. O al hablar de la “poderosa y original filosofía” del “señor Martin Heidegger, cuya influencia se siente a menudo en este libro”, el mismo libro recuerda que “el problema ocasionado aquí por la fenomenología trascendental es un problema ontológico en el sentido preciso que Heidegger le da a este término”. (Théorie de l’intuition dans la phénoménologie de Husserl, p. 7.)
El segundo acontecimiento, el segundo cisma filosófico, diría yo el feliz traumatismo que le debemos (en el sentido de la palabra traumatismo que le gustaba recordar, el “traumatismo del otro” que viene del Otro), es que al leer con cuidado y reinterpretar a los pensadores que acabo de mencionar, pero también a tantos otros, filósofos como Descartes, Kant y Kierkegaard, escritores como Dostoyevski, Kafka, Proust, por mencionar algunos —y difundía sus palabras a través de publicaciones, cursos y lecturas (en l’École Normale Israélite Orientale, en el Collège Philosophique y en las universidades de Poitiers, Nanterre y La Sorbonne)—, Emmanuel Levinas desplazó paulatinamente el eje, la trayectoria e incluso el orden de la fenomenología u ontología, que él había introducido en Francia desde 1930, hasta lograr moldearlos con rigor y bajo una condición inflexible y simple. Una vez más, Levinas cambió por completo el paisaje sin paisaje del pensamiento, y lo hizo en una forma digna, sin polémica, desde su interior, con fidelidad y desde lo lejos, desde el acotamiento de un lugar completamente diferente. Creo que lo que ocurrió ahí, en esta segunda travesía, en esta segunda ocasión en que nos lleva más lejos aún que en la primera, es una mutación discreta pero irreversible, una de esas provocaciones singulares, poderosas y raras que se dan en la historia y que, durante más de dos mil años, han marcado de manera indeleble el espacio y el cuerpo de lo que acaso es, o es diferente, a un simple diálogo entre el pensamiento judío y las otras formas de pensamiento, las filosofías de origen griego o, en la tradición de un cierto “aquí estoy”, los otros monoteísmos abrahámicos. Esta mutación se dio a través de él, a través de Levinas que fue consciente de esa inmensa responsabilidad de una manera, creo yo, a la vez transparente, confiada, tranquila y modesta, como un profeta.
Uno de los indicios de las repercusiones de esta onda histórica de choque es la influencia de su pensamiento más allá de la filosofía y del pensamiento judío, en varios círculos de la teología cristiana, por ejemplo. No puedo olvidar el día en el que, durante una reunión del Congrès des Intellectuels Juifs, mientras los dos escuchábamos la ponencia de André Neher, Levinas volteó hacia mí y dijo con esa suave ironía que nos era tan familiar: “Ves, él es el judío protestante y yo soy el católico” –agudo comentario que invitaría a una larga y seria reflexión.
Todo lo que ha pasado aquí ha pasado a través de él, gracias a él, y hemos tenido la suerte no sólo de recibirlo en vida, de él en vida, como una responsabilidad delegada por los vivos a los vivos, sino también de debérselo mediante una deuda cándida y amable. Un día, hablando con Levinas sobre sus investigaciones acerca de la muerte y de lo que le debía a Heidegger en el mismo momento en que se estaba alejando de él, escribió: [La muerte y el tiempo] “Se distingue del pensamiento de Heidegger y lo hace a pesar de la deuda que todo pensador contemporáneo tiene con Heidegger —una deuda que con frecuencia nos pesa—” (MT, p. 8 ). La buena fortuna de nuestra deuda con Levinas es que nosotros podemos, gracias a él, asumirla y afirmarla sin pesar, en la entusiasta inocencia de la admiración. Se trata del orden de este sí incondicional del que hablé antes y frente al que se responde “sí”. Este pesar, mi pesar, es no habérselo dicho y no habérselo demostrado suficientemente en el curso de los treinta años durante los que, en la reserva del silencio, a través de conversaciones breves y discretas, de escritos que eran demasiado indirectos o cautos, nos dirigíamos con frecuencia entre nosotros lo que yo ni siquiera llamaría preguntas o respuestas, sino tal vez, para usar una más de sus palabras, una suerte de “pregunta, oración”, una pregunta-oración que, como él dijo, es anterior incluso al diálogo. Esta misma pregunta-oración que me encaminó hacia él, acaso compartida en la experiencia del à-Dieu, con la que empecé. El adiós del à-Dieu no marca el fin. “El à-Dieu no es una finalidad”, dice, desafiando la “alternativa entre el ser y la nada”, que “no es final”. El à-Dieu saluda al otro más allá del ser en “lo que significa más allá del ser la palabra gloria”. “El à-Dieu no es un proceso del ser; en el llamado soy de nuevo atraído al otro ser humano a través del cual este llamado tiene significado: al prójimo por el que debo temer” (C, p. 150).
Dije que no quería simplemente recordar lo que él nos confió del à-Dieu, sino en primer lugar decirle adiós, llamarlo por su nombre, decir su nombre, su primer nombre, de la manera en que se le llama en el momento en el que si ya no responde, es porque él responde en nosotros, desde el fondo de nuestros corazones, en nosotros y ante nosotros, en nosotros justo frente a nosotros, al llamarnos y recordarnos: “à-Dieu”.
Adieu, Emmanuel.


Traducido por José Manuel Saavedra e Isabel Correa

martes, 29 de enero de 2008

La clase política en Gaetano Mosca, por Francesco Leoni


El nacimiento de la moderna «ciencia política» italiana tiene su origen con la Teórica dei governi e governo parlamentare de Gaetano Mosca, que lleva fecha de 1882-1883 (1).
El examen de esta primera obra (la Teórica dei governi...) requiere unas palabras preliminares sobre las condiciones políticas de la Italia de aquella época, antes que sobre las influencias culturales.
Fue escrita en los años 1882-1883 y por aquel entonces la unidad del país era un hecho reciente: la guerra antiaustríaca y las revoluciones de 1859-1860 llevarían al Piamonte a constituir el Reino de Italia, pero del que quedaban excluidos el Véneto, Roma y los territorios limítrofes. El Véneto será arrebatado a Austria con la guerra de 1866 y hasta el año 1870 Roma y los últimos territorios papales no entraron a formar parte del Reino de Italia.

Así pues, desde 1870 Italia era solamente una unidad territorial (si bien permanecían aún fuera Trento y Trieste). En los doce años que van desde la unificación a la fecha de inicio de la Teórica se habían puesto de manifiesto notables dificultades causadas por la falta de una efectiva fusión nacional y por la imposibilidad de gobernar masas de pueblos con tradiciones centenarias diferentes, pobres, ignorantes y totalmente desacostumbrados a la libertad, en todos sus aspectos. La exigua y heterogénea clase dirigente, cuyo núcleo fundamental todavía era piamontés, sufría considerablemente en la iniciativa.


En los primeros años después de la unificación, la derecha, siguiendo las doctrinas de Cavour, conseguiría mantener el poder y concluir con el gran esfuerzo del reordenamiento administrativo y financiero. Pero fue debilitándose, hasta que en el año 1876 el gabinete de Minghetti, último jefe de la derecha, se vio obligado a dimitir y De Pretis, líder de la izquierda, formó el nuevo ministerio. Este traspaso fue considerado por muchos como una especie de revolución.


Sin embargo, no solamente el programa y la política del nuevo ministerio continuaron la antigua vía, sino que, además, desde entonces comenzó el fenómeno del
«transformismo», haciendo desaparecer de hecho las diferencias entre la derecha y la izquierda. Y se desarrolló el fenómeno que, como veremos, será el centro de atención de Gaetano Mosca, por el que cualquier diputado parecía preocupado exclusivamente de sus «clientelas», las cuales, de hecho, lo condicionaban fuertemente y a través de él condicionaban el gobierno.
Se malogró de esta forma la posibilidad de un verdadero «liderazgo» en el país, y ello pareció aún más grave debido a que, además de la cuantía y gravedad de los problemas de la joven Italia, vendría a añadirse la formación de un proletariado urbano-industrial.
Ante esta situación, muchos se preocupaban y buscaban remedios; la crítica a quien gobernaba surgía de diversos sitios. Tal vez fue Mosca el primero en desarrollar una crítica que iba, sin duda, más allá de lo contingente, para pasar a atacar las instituciones democrático-parlamentarias y al mismo principio de soberanía popular sobre el que se fundaban.
Y sobre todo que después de él, en efecto, esta crítica a fondo se convierte en relativamente común en Italia y sin duda contribuyó a dar paso a los numerosos atentados a las instituciones y, finalmente, al propio fascismo. En relación con las influencias culturales, bastará con recordar dos puntos.
En primer lugar Mosca, como él mismo sacó después a la luz, especialmente en los Elementi di scienza política (2), era sobre todo un estudioso de la historia y como tal, había leído y admirado al historiador Taine, en cuya obra la idea de una minoría dominante sobre la mayoría, como una realidad histórica externa, figuraba ya (esta influencia quizá fue la más relevante para su doctrina).
Y además, Mosca refleja el positivismo que impregnaba la cultura de entonces y su metodología, si bien toscamente esbozada, revela de inmediato esta influencia predominante.
De la Teórica dei governi, la parte considerada más importante, también por el Mosca maduro, es la teórica, que constituye el primer capítulo. En él, Mosca hace, lo primero de todo, un preámbulo metodológico del gusto positivista, que repetirá sustancialmente en sus obras más maduras.
Observa el retraso en la evolución de la sociología con respecto a las ciencias naturales, y lo atribuye a la mayor cantidad de observaciones investigadas, a la imposibilidad de proceder a experimentos, a la dificultad de reunir suficientes documentos históricos para el pasado y a la existencia de prejuicios transmitidos de generación en generación.
No obstante, y según Mosca, el proceso de la ciencia histórica en los últimos decenios había puesto a disposición tantos y tan variados «materiales» científicos, que era ya imposible comenzar a desarrollar una ciencia auténtica y propia en el campo social.
Con ello, Mosca se presenta abiertamente como sociólogo de orientación positivista que desea trabajar esencialmente con el método histórico-comparativo. Así, en la Teórica el joven estudioso palermitano enuncia, si bien de manera aún embrionaria respecto a los Elementi, las dos teorías fundamentales relativas a la existencia y al funcionamiento de la «clase política» y de la «fórmula política».
La teoría de la «clase política» postula la existencia, en el seno de cualquier tipo de organización social, de una minoría «organizada» que detenta el poder en los centros de decisión efectivos. La «fórmula política» consiste en el conjunto de ideologías, creencias y mitos que la clase política «produce », basados en una cultura político-social, para justificar su dominio sobre el resto de la sociedad.
La metodología de la ciencia política está identificada en la comparación
interdisciplinaria de las ciencias humanas, esto es, en la historiografía entendida,
a la manera de Spencer, como «sociología comparada». «Clase política»,
«fórmula política» y «comparación interdisciplinaria de las ciencias humanas» son los tres fundamentos de la ciencia política de Mosca, pero sobre todos ellos prevalece, como clave interpretativa, la teoría de la clase política.
Desde finales de 1884, efectivamente, Mosca subrayaba que «no se debe olvidar nunca que no es la fórmula política la que determina el modo de formación de la clase política, sino al contrario: es ésta la que adopta siempre la fórmula que más le conviene». Con el cambio social se relaciona también la «fórmula política», y por
esto es importante, igualmente, para el orden social.

La fórmula política corresponde, dice el mismo Mosca, al principio de soberanía de los juristas. En efecto, la fórmula política es una justificación del poder de hecho en términos abstractos que la minoría necesita para conseguir la obediencia de
las masas. Una invención de la minoría (como escribe Meisel) a la necesidad
de las masas de «ser engañadas», pero que, así considerado, tiene sólo el
efecto de dejar hacer «la buena acción para un fin equivocado», porque el poder
de la minoría está fundado en una superioridad real.
Escribe Mosca: «Cualquier clase política, de cualquier forma constituida, no confiesa nunca que ella manda por la sencilla razón de que está compuesta
por unos elementos que son... los más aptos para gobernar, sino que encuentra
siempre la justificación de su poder en un principio abstracto, en una
fórmula (que nosotros llamaremos la fórmula política) que dice que todos los
funcionarios reciben su autoridad del soberano, el cual, a su vez, la recibe
de Dios; eso es hacer uso de una fórmula política. La otra creencia, que todos
los poderes tienen su base en la voluntad popular, es otra fórmula.»
Es aquí, precisamente, donde se expone de manera evidente el ataque de
Mosca al sistema democrático-parlamentario.
Mosca prosigue: «Como ella es un hecho constante, nos lleva a decir que
corresponde a una verdadera necesidad de la naturaleza humana. Parece
que sea intrínseco del carácter humano el querer creer que se somete antes
a un principio abstracto que a una persona, la cual manda porque tiene el
hábito.»
Para nuestros fines, es oportuno destacar que en realidad la mayoría tiene
necesidad de esos principios «abstractos», o parecen asegurar que las órdenes
no lo son en interés de uno o de unos pocos, sino en el interés. Y, por otro
lado, estos principios abarcan no sólo una superioridad real, sino que también,
según las motivaciones otorgadas por el autor a la clase dirigente, desea
el poder por sí mismo y por los privilegios que van unidos, o sea, cubren y
promueven precisamente los intereses de pocos en contra de los muchos que
deben obedecer.
La fórmula política es importante, asimismo, por otras razones. Mosca
considera estas fórmulas políticas como un auténtico velo, lanzado fríamente
o por cálculo nacional sobre la realidad, sin profundas raíces morales o intelectuales
en los grupos nuevos y viejos de la clase dirigente. La clase política
«siempre adopta la fórmula que más le conviene».
Pero él reconoce igualmente, y quizá haya una pequeña contradicción,
que hay siempre una relación entre la fórmula y la composición de la clase
política; por ello, aquélla cambiará con el cambio de esta última. Y de aquí

la utilidad científica de la fórmula que nos revela y nos permite explicar el
cambio social.
La clase política, dice Mosca, siempre da «una base moral y también
legal» a su poder, conectándolo con «doctrinas y creencias generalmente reconocidas
y aceptadas».
He aquí la «fórmula política». Raras veces dos fórmulas son idénticas;
al contrario, sólo entre fórmulas de pueblos del mismo «tipo social» hay una
fuerte afinidad.
En la base de la fórmula pueden existir, repite Mosca en la Teórica,
creencias sobrenaturales o «conceptos racionales», que siempre corresponden
a la necesidad de no ceder sólo a la fuerza, sino a un «principio moral» (3).
El concepto, ya mencionado, de «tipo social» nos introduce en la parte
nueva de la Teórica.
Mosca afirma que «la humanidad se divide en grupos sociales», o «tipos
sociales», sobre la base de una lengua, religión, intereses; sencillamente, experiencias
comunes.
De particular importancia son las religiones universales, que dan a la
gente una impronta lo bastante potente como para formar los «tipos sociales
» más relevantes de la historia.
Surge el problema de la relación entre tipos sociales y organismos políticos
(4). Mosca nos dice que un organismo político cuya población sigue una
religión universal debe «tener una base jurídica y moral sobre la cual se
apoye su clase política».
En cierto modo, se trata de dos cultos, uno al lado del otro. Si los sentimientos,
las tradiciones, los intereses en los cuales se basa el organismo político,
y que la clase política administra e interpreta, no están bien diferenciados
y asentados, la religión tiene todas las ventajas. «El Estado acaba entonces
convirtiéndose en pelele de algunas de las religiones o doctrinas universales,
por ejemplo, del catolicismo o de la democracia social» (5).
Posteriormente, Mosca desarrolla una parte de su discurso sobre el tipo
social. Y entre las posibilidades que examina se encuentra aquella en la que,
dentro de un organismo político, residen dos tipos sociales. En este caso, la
clase dominante proviene normalmente de uno de los dos, pero el tipo subordinado
tiene entonces su clase dirigente. (Con ello se entiende una subelite,
como, por ejemplo, la existente entre los negros en algunos Estados donde
(3) GAETANO MOSCA: Elemenli, op. cit., vol. I, pág. 110.
(4) Cita de la colección de ensayos de MOSCA: «LO que la historia podría enseñar»,
en Scritti di scienza política, Milán, 1985.
(5) -GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 112.

predominan los blancos, o mejor, una clase dominante manejada por los
blancos.)
En realidad conviven dos tipos sociales ya que, o la clase política se funda
sobre una fórmula no admitida por la mayoría, o bien entre la clase política
y la mayoría de la población hay diferencia «de costumbres, de cultura,
de hábitos» (6).
De este modo, Mosca se ve obligado a reconocer la importancia del consenso:
«La mayor o menor unión moral entre todas las clases sociales explica
la fuerza o la debilidad que en ciertos momentos muestran algunos organismos
políticos.»
Esta diferenciación interna, dice Mosca, es típica de las «sociedades burocratizadas
», probablemente porque introducen el elemento de impersonalidad
en las relaciones entre gobernantes y gobernados: «Pero a menudo
sucede que la burocratización se ve acompañada de un cierto grado de exclusión
por parte de la minoría dominante, creándose una potencialidad notable
de conflictos internos.»
De cualquier modo, es únicamente un aspecto del problema. Mosca observa
justamente que el peligro interno puede asociarse con el peligro externo.
¿Qué sucederá entonces? Nuestro autor es, en cierta manera, optimista.
Cree que las clases harían frente común, dentro del mismo organismo político,
si el choque fuese con otro tipo social fundado en otra raza o religión.
Esta diferenciación puede ser aprovechada por «una fracción de la clase
política», que se apoyará en la plebe descontenta, o bien puede ser importante
sólo para el cambio interno dentro de la misma clase política, en los puestos
de gobierno.
O sea, «se forma en medio de la plebe otra clase dirigente» que puede
competir con aquélla en el desempeño del poder. Se forma, como él dice, «un
Estado dentro del Estado» (7).
Mosca es radicalmente pesimista sobre la suerte de una clase política que
gobierna una Sociedad-Estado así dividida.
Al no producirse el cambio, esto es, la adquisición de los mejores de la
plebe, la clase política se empobrece y decae. Entre otras cosas, queda también
«persuadida» del poder, y al primer choque violento, cae (8).
Mosca, entonces, introduce un nuevo concepto, el de «defensa jurídica».
Este concepto es muy importante, porque permite desarrollar un discurso
orgánico sobre los temas sociológicos fundamentales de la socialización y del
(6) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 139.
(7) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 152.
(8) C. MONGARDINI: «Mosca, Pareto, Taine», en Cahiers Viljredo Párelo, 1965.

control social. El punto fundamental es, naturalmente, la explicación de la
ordenada convivencia de los hombres en sociedad. Aquí, Mosca, antes de
nada, nos habla de lo que se llama «sentido moral», o «ese conjunto de sentimientos
» por los cuales la «tendencia natural» a actuar correctamente por
sí mismos viene frenado por la «natural compasión» hacia los otros (9).
Sin una explicación profunda del hecho, Mosca nos dice que el sentido
moral garantiza el respeto por las normas dadas de convivencia sólo para
una restringida élite virtuosa.
Pero a su lado hay una élite negra que, aparentemente, no siente esa «natural
compasión» por los otros. Así, «tiene tendencias claramente reacias a
toda disciplina social». Entre las dos élites está la inmensa mayoría de conciencias
mediocres (la masa, diríamos nosotros), que, a lo que parece, pueden
ser disciplinadas solamente gracias al «miedo al daño o al castigo».
Los mecanismos sociales que regulan esta disciplina del sentido moral
forman eso que Mosca llamó la «defensa jurídica». «La disciplina del sentido
moral —escribe, en efecto, Mosca— es confiada tanto a las religiones como
a toda organización legislativa.» Por tanto, Mosca se limita a comparar el
control de la religión, apoyado en la amenaza de sanciones ultraterrenales,
con el control del Estado, sostenido por la amenaza de sanciones legales,
y encuentra que este último es, de ordinario, más eficaz.
Esto le lleva a hablar de la «organización política»: un buen gobierno,
dice, es lo más importante: puede y debe garantizar «incluso los derechos
que comúnmente se entienden como privados, esto es, la tutela de la propiedad
y de la vida».
E intentando definir este «buen gobierno», aparece preocupado, principalmente,
de que haya una división real y un equilibrio de poderes.
Pero la división de poderes no debe ser sobre el papel, como, según él,
proponía Montesquieu. Cada «órgano político» debe representar una distinta
«fuerza política». Y después enumera las condiciones varias de este equilibrio
real: separación entre poder temporal y espiritual, entre poder económico
y político, entre poder militar y político. Tampoco la riqueza debe concentrarse
en manos de unos pocos frente a masas de desesperados.
Una vez más, Mosca señala que la existencia de una clase económicamente
independiente y culta, como la gentry, es una de las condiciones ideales
para el buen gobierno que tiene en mente.
Esta, en realidad, pertenece ya al pasado. Y no le queda a Mosca más
que aferrarse a la común esperanza de nuevas fuerzas políticas procedentes
de los nuevos estratos de cultura científica.
(9) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 156.

Por cuanto queda dicho, demuestra ya una actitud en principio favorable
a la democracia liberal.
En efecto, Mosca pasa a criticar doctrinas políticas similares a la suya y
renueva la crítica del gobierno fundado sobre el sufragio universal, el cual permite
la participación de un cierto número de «valores sociales» y la organización
de muchas «fuerzas políticas», que los diputados deben tener en cuenta,
porque la «discusión pública» consiste en un cierto control público sobre
las asambleas electivas.
En definitiva, Mosca se nos muestra siempre más inspirado por los principios
liberales, aun cuando es un elitista (un elitista liberal), en el sentido
de que no cree en la democracia como progresiva participación de las masas
y autogobierno popular.
Criticando a Comte y a Spencer, Mosca escribe que «es espontáneo y al
mismo tiempo indispensable» (ya que los hombres, además de ser producto
de naturaleza, son portadores de exigencias imprescindibles de la existencia)
que, «donde haya hombres, habrá una sociedad, y donde esté una sociedad,
habrá un Estado. Esto es, una minoría dirigente y una mayoría que es dirigida
por ella» (10).
Así pues, el consenso de la mayoría, «en una forma dada de régimen
político, depende de la difusión y del ardor en la fe que la clase gubernativa
tenga en la fórmula política con la que justifica su poder». Es, por tanto, en
gran medida un hecho de engaño y manipulación, o, sin más, de plagio de
la masa.
Igualmente, el viejo juicio elitístico sobre la naturaleza humana no ha
cambiado. La naturaleza hace que cada uno «tienda a preponderar sobre sus
semejantes».
Y es justamente por esto, por lo que no se cree ya en una futura y mítica
clase dirigente que gobierne espontáneamente por el bien general, y se invoca
la «multiplicidad de las fuerzas políticas» y el «control recíproco» en el interior
de la clase política como garantía, «hasta cierto punto», del buen gobierno.
Concluida esta polémica, Mosca pasa a examinar algunas instituciones
que juzga especialmente relevantes para el estudio del poder: iglesias, partidos
y sectas, a los que da un origen común: la tendencia de los hombres a
reunirse en grupos, con jefes y gregarios, para mejor combatirse entre ellos.
Y así confirma el carácter ambiguo de la sociedad para un elitista, cooperativo
y conflictivo a un tiempo, si no cooperativo porque es conflictivo.
(10) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 230.

La parte más interesante del análisis es, quizá, la relacionada con las
iglesias.
Este análisis recuerda vagamente al weberiano. De hecho, en Mosca existe
la idea del fundador de religiones como jefe carismático, la posterior distinción
entre los apóstoles y la muchedumbre, la sistematización de la palabra
del maestro por parte del séquito. La idea de iglesia que se caracteriza, de
algún modo, por el fenómeno de la adscripción (se nace en una iglesia). Las
consideraciones sobre las necesidades de adaptar la «doctrina» a las masas.
De conformidad con cuanto él mismo había escrito sobre el tipo social,
Mosca afirma que la religión puede determinar un «cierto doblegamiento en
los sentimientos humanos, cuyas consecuencias pueden ser importantes».
Asimismo, Mosca pone de manifiesto que la Iglesia que tiene en mente
se vio, paso a paso, implicada en las cosas de este mundo y en los medios
mundanos como las riquezas, que le son necesarias para conservar y acrecentar
su poder.
Tampoco cree que las religiones desaparezcan del camino de la humanidad,
porque piensa que no han sido inventadas por un «Ente extra-humano»,
sino por los hombres mismos (11).
A este interés nuevo por las religiones se une directamente el,creciente
interés por el tema «revolución», o sea, por el cambio rápido y violento. Ello
le lleva a tratar también de la burocracia y, sobre todo, del ejército.
Mosca distingue entre revoluciones de palacio de la ciudad-estado y las
revoluciones en los Estados modernos, caracterizados por grandes burocracias
y ejércitos permanentes. Le parece que estos dos elementos condenan de ordinario
toda conspiración al fracaso, si bien es verdad que la excesiva concentración
burocrática puede facilitar la sustitución, radical e incluso sin choques,
del gobierno. Sobre las revoluciones contemporáneas, manifiesta su
creencia en la función preparatoria de las sociedades secretas y en el papel
de los «desplazados» (el que suscribe), que imagina siempre preparados a
lanzarse a la revolución. Pero, naturalmente, es fundamental para el éxito
el concurso de las masas, que se mueven sólo en circunstancias especiales,
como las crisis económicas.
A continuación, Mosca observa que la revolución en los Estados modernos
únicamente vence si consigue apoderarse de las dos «instituciones» claves:
ejército y burocracia.
Posteriormente vuelve a afirmar su amor por los ejércitos permanentes,
concordes con la ley y obedientes a la autoridad civil.
(11) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 120 (sobre relación entre religión,
Iglesia y Estado).

Estos son considerados por Mosca como el resultado de un «sabio desarrollo
de esos sentimientos en los cuales está basada la defensa jurídica».
Constituyen esa doble garantía para el orden. Por ello, los exalta, defendiendo
el reclutamiento diferenciado de clase para oficiales y tropas, y teme
por su intacta conservación.
Comienza incluso a notar que si decayesen, y con ellos el espíritu militar,
la civilización europea estaría en peligro.
Frente a peligros desastrosos, internos y externos, que sólo un ejército permanente
en plena eficacia puede conjurar, Mosca llega a la «grave y terrible
conclusión» de que quizá, y después de todo, la guerra «sea un hecho que,
de vez en cuando, sea necesario», precisamente porque es lo más completo
en organización y espíritu militar.
Con ello cree haber ya demostrado que siempre, en cualquier parte, existe
una minoría de gobernantes y una mayoría de gobernados, que cada régimen
se funda sobre formas políticas y creencias difusas y que, al fin y al cabo,
la mejor defensa jurídica, entendida ahora como «mayor respeto al sentido
moral por parte de los gobernantes», se obtiene a través de la participación
de distintas fuerzas políticas en el gobierno y su recíproco control.
Parecía haber puesto en evidencia los límites de las doctrinas filosóficas
y religiosas, que si bien pueden producir un «desdoblamiento» importante
de la naturaleza humana, no pueden cambiarla radicalmente.
Por último, cree haber aplicado con éxito su teoría en el estudio de las
revoluciones y de los ejércitos permanentes.
A continuación pasará a tratar aquellos que él considera son los mayores
problemas de entonces en Europa, como:
— ¿Pueden sobrevivir las religiones dogmáticas?
— ¿Puede durar el parlamentarismo?
— ¿Cuál será «el porvenir de nuestra civilización en relación con la
democracia social»?
A la primera pregunta encuentra difícil proporcionar una respuesta segura.
Sin embargo, le parece que las religiones están radicadas en la necesidad
que tienen los hombres de hacerse ilusiones.
A este propósito observa que también los trabajadores que dejan de ser
católicos y se hacen socialistas no dejan de creer en el ipse dixit.
Este hecho le sugirió la idea de que si las creencias revolucionarias hicieran
«bancarrota» dentro de pocas generaciones, las religiones podrían ratificar
su poder sobre las masas y restituir bases más sólidas al orden.
Así, Mosca prosigue que el eclipse de la religiosidad había sido hasta
entonces la idea favorita de la clase dominante («Estado»), pero verosímilmente
ésta es la Iglesia a la que deberían acogerse, que no tiene nada que
ganar al combatirse y, por el contrario, todo que ganar uniendo las fuerzas
contra la democracia social. No cree siquiera que el regreso de la religión
y, por tanto, de la potencia eclesiástica deba necesariamente chocar con las
libertades intelectuales, como se ha considerado siempre, pues científicos y
clérigos hablan a dos públicos muy distintos: uno de élite y el otro de masa.
Es sólo entre la vieja religión y la nueva de la democracia social cuando,
al disputarse entre ambas las masas, el conflicto es inevitable.
Sabiamente avanza, sin embargo, el temor de que esta lucha entre «las
dos religiones» por el control de las masas pueda alcanzar tal dramatismo
que también las libertades intelectuales de la élite deberían desaparecer y no
quedaría espacio alguno al pensador independiente.
El posterior intento de responder a la segunda pregunta muestra, definitivamente,
cómo Mosca es ya distinto del hombre que una docena de años
antes atacaba tan claramente el sistema parlamentario.
Reconoce la verdad de dos críticas que él mismo había probado anteriormente
en la Teórica, esto es, la preponderancia concedida al «rico» y la
manipulación de toda la administración pública. Son defectos graves, dice
ahora Mosca, pero es necesario tener en cuenta que en aquélla está la naturaleza.
A quien no se le atribuye el mérito de las esperanzas (como es sabido, se
la atribuyen todos los «demócratas»), las ventajas del sistema aparecerán superiores
a las desventajas. Combatir el parlamentarismo está bien para quien
cree en la democracia, pero no para quien cree en la doctrina de la clase
política.
El Mosca joven era, pues, incoherente. El Mosca maduro cree aún en la
doctrina de la clase política, al menos en el sentido de que el gobierno no es
un asunto del pueblo. Pero más coherente, y sobre todo más realista, se conforma
ahora con un sistema que consienta a todas las fuerzas políticas organizadas
a participar en el juego, ya que con ello, como se ha visto, se actúa
en el más elevado grado de defensa jurídica.
Añade Mosca: «la supresión del sistema parlamentario» llevaría a un
absolutismo burocrático, con graves limitaciones a la libertad.
Mosca da algunos consejos para mejorar la organización política y alguna
esperanza en su natural evolución. La clase política puede estabilizarse
por sí sola pasando el tiempo. Pero es preciso garantizar que los magistrados
estén fuera de toda manipulación; los funcionarios van, como se suele
decir, «responsabilizándose». Se necesita un control financiero efectivo.
El remedio más bienhechor consistiría en la «descentralización» que,
para Mosca, no debe ser sólo a favor de los entes locales, sino, y sobre todo,
de aquella clase «acomodada y culta» que Mosca se obstina en invocar.
Pero la cosa más importante, en gran medida, para nuestro autor es combatir
la teoría democrática puesto que, según él, no es verdad que todos los
hombres puedan colaborar racional y responsablemente a contribuir a la
historia.
Nadie hubiera acabado más alejado de la batalla que el elitista contemporáneo
Mills contra «la élite del poder», en nombre de los «valores del iluminismo,
razón y libertad» y por la participación política de tendencia generalizada.
Según Mosca, el orden elitístico es, en principio, «bueno»; la minoría
debe mandar y la mayoría obedecer: «A cada uno su propio cometido si el
mundo quiere ir bien o, de cualquier modo, lo menos malo.» Por ello, es
perjudicial tanto la idea de igualdad política como la de igualdad social, por
no decir que cada ensayo se ponga en práctica.
Mosca se lanza, con todo el vigor de que es capaz, a la lucha contra Rousseau
y aquellos que considera sus secuaces. Rousseau es responsable de todas
las adversidades de nuestro tiempo por haber afirmado que el hombre es
bueno por naturaleza y ha sido descarriado por la sociedad (12).
A él hay que remontar no solamente la democracia moderna en general,
sino la democracia social, que quiere la igualdad política y económica...
Y Mosca continúa después combatiendo abiertamente a los partidarios de la
democracia social.
En primer lugar, los comunistas, a los que recuerda la eterna verdad de
la clase política: «También en las sociedades organizadas como ellos pretendían
existirán siempre los que administren la riqueza pública y siempre estará
la gran masa de los administrados, que se deberán contentar con la parte
que quieran atribuirla.» Siempre dominantes y dominados, privilegiados positivamente,
en el sentido económico, los primeros, y privilegiados negativamente
los segundos.
Además, la reducción a una sola fuerza política, que controla el gobierno
y la economía (todos trabajarán para el Estado), daría lugar al más tiránico
de los regímenes.
Presagio de máxima coherencia con su teoría, evidentemente bastante
seria. Pero Mosca se convertía en un mal elitista cuando, por el contrario,
alababa el Estado presente, sobre el cual «un buen trabajador [...] nunca tiene
que temer del jefe-división, del diputado, del ministro», mientras sabemos
(12) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 99. Mosca se remonta al ensayo
Suü'origine dell'uguaglianza degli uomini de ROUSSEAU.
que sólo en los países más liberales, si acaso, cesa la presión manipuladora
en mil formas contra el disidente.
Creyendo así dar el último golpe a los comunistas, Mosca vuelve a insistir
en la idea de que la sociedad ha hecho al hombre malo, sosteniendo esta
vez que ello implica que la sociedad ha sido hecha no por el hombre, sino
por fuerzas extrahumanas.
La objeción no se ajusta perfectamente a Rousseau, como es evidente.
Pero aún menos puede ser aplicada al marxismo, para el cual, efectivamente,
el orden social es el resultado de un proceso que se escapa al control colectivo.
Más acertada (pero, en realidad, parábola también), sin la posterior objeción,
es que los comunistas quieren construir una sociedad donde se presupone
un tipo de hombre que, según ellos mismos, estará formado sólo por el
socialismo en marcha.
Como sabemos, la dictadura del proletariado ha sido pensada justo para
resolver estas dificultades.
Sin embargo, no se equivoca Mosca al insistir sobre el hecho de que, según
la experiencia, «es bastante difícil modificar sensiblemente el nivel moral
de todo un pueblo que haya alcanzado un considerable alto grado de civilización
», a la vez que observa que en la historia, cuando se producían tales
modificaciones positivas, era cuando múltiples fuerzas «participaban» y se
controlaban recíprocamente. Es decir, que la libertad, y no lo contrario, es
el humus necesario de todo progreso real del hombre.
Mosca polemiza después con los anarquistas, que, secuaces verdaderos consecuentes de Rousseau, quieren deshacer la sociedad (con lo cual, según nuestro autor, se volvería sencillamente a los pequeños grupos originarios, con la supremacía del más fuerte y la anulación a que tiende la defensa jurídica).
Y rápidamente vuelve a los comunistas, aludiendo esta vez directamente a Marx y la lucha de clases.
Niega que toda la historia sea la historia de la lucha de clases. Pero, por
desgracia, su polémica pierde vigor cuando afirma que la teoría marxista intenta explicar toda la historia como una «conjura de unos pocos contra muchos, de las clases ricas contra los pobres».
Y juzga a Marx atormentado por manía persecutoria.
Mosca se dispone a afrontar la tercera y última pregunta, y reconoce que, al estar las ideas revolucionarias muy difundidas, incluso entre los jóvenes de la burguesía, y probablemente en relación con éstos, propone ante todo una lucha contra las «falsas ideas» creadas por Rousseau.
Y Mosca enumera una serie de condiciones para la difusión victoriosa de estas ideas, entre las cuales salta a la vista la guerra temeraria al sentimiento religioso, las miserias y la corrupción del parlamentarismo. Igualmente, el pedestal creado desde el siglo xix al rebelde político es otra causa importante de adhesión a las ideas revolucionarias, concretamente de la juventud burguesa.
¿Triunfará, por tanto, la democracia social? Dadas las premisas teóricas,
Mosca no lo puede creer. Pero hay que justificar aún bastante el viejo temor
de anarquía y de la guerra civil. En relación con la conclusión eventual. Mosca
debe temerse que, a continuación de «revolución e inevitable reacción», se
constituya después un gobierno de tipo «bastante más autoritario».
De nuevo se indica la dirección que los acontecimientos, en efecto, tomarán
para desembocar en el entonces imprevisible fascismo.
Contra el éxito de la revolución eventual ve intervenir, en el caso de que
fuese necesario, al ejército, la burocracia y un gran número de personas con
interés en mantener el sistema existente. Por otro lado, una revolución podrá
estallar sólo por los errores de los gobernantes y por sucesos catastróficos
«inconscientemente» provocados, como la guerra.
Como más tarde Pareto, observa que entre los factores favorables a la revolución hay que contar también con la difusión de una actitud renunciadora que hace que muchos consideren la democracia social como inevitable.
Un aflojamiento de la burguesía que, obviamente, va unido también a ese paso al socialismo de muchos jóvenes, como anteriormente se dijo.
Si bien no le parece probable que una revolución estalle, y menos aún que tenga éxito, Mosca no ve muy claro cómo puede devolverse al orden una base sólida.
Como gran parte de los sociólogos que le han precedido, y en gran parte
los positivistas franceses, desde Comte a Durkheim, también busca la forma
de dar estabilidad al Estado burgués, y, al igual que ellos, valora siempre más
los fenómenos de consenso.
El orden «... permanecerá siempre en un estado de equilibrio inestable y en gran parte no estará custodiado por la fuerza material». Faltará siempre «la unidad moral» y, por tanto, el «orden estable», considerado factible un tiempo. De este hecho, Mosca extrae argumento para una consideración triste sobre la suerte de la civilización occidental, a la que vuelve su atención.
La civilización occidental (que quizá identifica demasiado con la civilización
burguesa) está destinada, dice, a decaer tanto en el caso de que se continúe cediendo con las fuerzas de la democracia social como en el caso de que se recurra a la reacción, abandonando los «ideales» liberales que han traído el último y maravilloso florecimiento de nuestra civilización.


De cualquier modo, concluye Mosca, si algo puede contribuir a devolver la unidad a los Estados occidentales, no será el plano material.
No serán ya las «reformas de estructura», como hoy diríamos, ni la organización
asistencial pública, ni mucho menos la intervención del Estado en la economía, que el Mosca maduro rechaza, porque, sin eliminar las desigualdades,alteraría gravemente la economía burguesa, acelerando la llegada del colectivismo: «La democracia social [...] es principalmente una enfermedad intelectual.» La religión puede, en consecuencia, «dar aún grandes servicios a la sociedad europea».
Pero, sobre todo, puede servir la ciencia política, demostrando que la democracia social es irrealizable y que siempre una minoría gobernará y la mayoría será gobernada.
Así, el porvenir de Europa está, ante todo, en manos de los científicos sociales: «Si la ciencia, finalmente, acabara triunfadora, será, hoy y siempre,
debido a la conciencia de los estudiosos honestos, para los cuales, sobre cualquier
otra consideración, está el deber de averiguar y exponer la verdad.»
(Traducción de Consuelo Gómez.)


Revista de Esludios Políticos (Nueva Época)
Núm. 71. Enero-Marzo 1991 --Dialnet--


FRANCESCO LEONI