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miércoles, 24 de junio de 2009

Nuestra Ética Sexual, por Bertrand Russell

La sexualidad, más que ningún otro aspecto de la vida humana, sigue siendo abordada de modo irracional aún por la mayoría de nosotros. El homicidio, la peste, la locura, el oro y las piedras preciosas (todas esas cosas, en fin, que son objeto de la esperanza y las pasiones humanas) han sido contemplados en el pasado con ojos mágicos o mitológicos. El sol de la razón ha logrado ya disipar muchas zonas nebulosas, pero no ha alcanzado aún algunos rincones. Los nubarrones más densos se concentran en el terreno de la sexualidad, algo que tal vez sea bastante comprensible si consideramos que el sexo es un aspecto que despierta las pasiones de la mayoría de las personas.

Pero cada vez es más evidente que las circunstancias actuales del mundo están provocando un cambio en la actitud de la gente hacia el sexo. No se puede prever con certeza qué cambio o cambios van a producirse, pero sí podemos distinguir algunas de las fuerzas que ahora están actuando y discutir los posibles resultados que pueden provocar en la estructura
ura de la sociedad.

En lo que respecta a la naturaleza humana, no puede asegurarse que sea imposible implantar una sociedad en la cual haya muy poco trato sexual fuera del matrimonio; sin embargo, en la vida moderna sería muy difícil conseguir las condiciones necesarias para alcanzar ese objetivo. Consideremos cuáles son.

Un factor esencial que favorece la monogamia es la inmovilidad en una zona donde haya pocos habitantes. Si el hombre no tiene apenas ocasiones de salir, y rara vez ve a otra mujer que no sea su esposa, le resulta fácil ser fiel; pero si viaja sin ella o vive en una ciudad populosa, le será proporcionalmente mucho más difícil. Otra influencia para lograr la monogamia es la superstición; quienes creen sinceramente que el pecado lleva al castigo eterno pueden intentar evitarlo, y lo consiguen hasta cierto punto, aunque no tanto como podría esperarse. El tercer factor que favorece la virtud es la opinión pública; en las sociedades agrícolas, donde los vecinos saben todo lo que uno hace, hay motivos poderosos para no romper los convencionalismos. Pero hoy en día estos motivos tienen mucha menos fuerza de la que solían tener: la gente no vive tan aislada, la creencia en el fuego del infierno ha ido desapareciendo y en las grandes urbes nadie sabe lo que hace su vecino. De modo que no es tan sorprendente que, tanto los hombres como las mujeres, sean menos monógamos de lo que eran antes de la moderna era industrial.

Algunos afirmarán que, aunque un numero cada vez mayor de gente deje de observar estas leyes morales, eso no es motivo para que nosotros también alteremos nuestras normas, ya que de por sí ese código ético es igual de bueno, aunque se haya hecho más difícil de cumplir. Yo respondería que un código ético es bueno o malo según fomente o no la felicidad humana. Muchos adultos conservan en lo profundo de sus corazones las enseñanzas que recibieron en la niñez y se sienten pecadores cuando sus vidas no siguen el rumbo que les fue indicado en la escuela dominical. El daño que se produce no es únicamente la escisión que provoca entre la personalidad razonable consciente y la personalidad infantil inconsciente; reside también en el hecho de que, junto con las partes no válidas de la moral tradicional, se desacreditan también los aspectos válidos, y se llega a pensar, por ejemplo, que si el adulterio es excusable lo son también la ociosidad, la deshonestidad o la crueldad. Este peligro está estrechamente relacionado con un sistema que enseña a los jóvenes un conjunto de creencias que tienen que desechar en bloque cuando son adultos; cuando entran en la fase de rebeldía social y económica es muy probable que desechen tanto lo bueno como lo malo.

El conflicto que existe entre los celos y la tendencia a la poligamia es una de las principales dificultades para alcanzar una ética sexual viable. No hay duda de que los celos, aunque tengan algo de instintivo, son convencionales en muy alto grado. En los grupos humanos donde el hombre es objeto del ridículo social si su mujer le es infiel, el marido se sentirá celoso aunque no la quiera. De este modo, los celos van íntimamente unidos al sentido de propiedad, y disminuyen cuanto más se carece de dicho sentido; si la fidelidad no fuera convencional, los celos serían menos frecuentes.

No obstante, aunque hay más posibilidades de disminuir los celos de las que la gente suele pensar, existen unos límites muy definidos, marcados por los derechos y los deberes de los padres. Es inevitable que los maridos quieran tener la seguridad de que son los padres biológicos de los hijos que tienen con sus esposas. Por eso, si las mujeres han de tener libertad sexual, los padres deberían desaparecer y ellas no deberían esperar que un marido las mantuviera. Puede que esto ocurra con el tiempo, produciendo un profundo cambio social cuyos efectos positivos y negativos son imprevisibles.

Entretanto, si el matrimonio y la paternidad deben sobrevivir como instituciones sociales, es necesaria cierta transigencia ante el dilema existente entre la monogamia perpetua y la promiscuidad. No resulta fácil decidir cual es la mejor combinación; esto variará según sean las costumbres de la población y los métodos de control de la natalidad.

Sin embargo, hay cosas que son evidentes:

En primer lugar, no es deseable que las mujeres tengan hijos antes de los veinte años, tanto desde el punto de vista fisiológico como desde el educativo.

En segundo lugar, es improbable que un hombre o una mujer sin experiencia sexual previa sea capaz de distinguir entre la mera atracción física y la afinidad necesaria para que su matrimonio sea un éxito. Además, las razones económicas suelen obligar a los hombres a posponer el matrimonio, pero no es probable ni deseable psicológicamente que se mantengan castos entre los veinte y los treinta años de edad; por otra parte, si mantienen relaciones provisionales, es preferible que no lo hagan con profesionales, sino con muchachas de su propia clase, por afecto y no por dinero. Este es el motivo por el cual los jóvenes solteros de ambos sexos deben tener considerable libertad sexual, siempre que eviten los embarazos no deseados.

En tercer lugar, debería consentirse el divorcio sin censura por ninguna de las dos partes, sin que ello conlleve ninguna deshonra. Un matrimonio sin hijos debería terminarse cuando lo deseara cualquiera de los dos cónyuges, y todo matrimonio debería acabar por mutuo acuerdo, con un aviso de un año en cualquier caso. Naturalmente, el divorcio debería ser admitido por otras razones: locura, abandono, crueldad... pero en todo caso el mutuo acuerdo debería ser la razón más frecuente.

Habría que hacer lo posible para que las relaciones sexuales no tuvieran una razón económica. Actualmente, tanto las esposas como las prostitutas viven de vender sus encantos sexuales, e incluso en las relaciones provisionales y libres se espera que el varón asuma todos los gastos. En resultado es una sucia mezcla entre dinero y sexo, que con frecuencia hace que las mujeres se conviertan en una especie de mercenarias. El sexo, aún cuando reciba la bendición de la iglesia, no debería convertirse en profesión. Es justo que la mujer reciba un salario por cuidar de la casa, cocinar y atender a los hijos, pero no únicamente por mantener relaciones sexuales con un hombre. Tampoco la mujer que ha amado y ha sido amada por un hombre debería vivir de la pensión de alimentos cuando el amor ha terminado. La mujer, igual que el hombre, debe trabajar para ganarse la vida, y una mujer ociosa no es intrínsecamente más digna de respeto que un gigoló.

Hay dos tendencias muy primitivas que han contribuido, aunque en grados diferentes, al advenimiento del código de conducta sexual corrientemente aceptado; una de ellas es el pudor, y la otra los celos, de los que ya hablamos antes.

El pudor es prácticamente universal en el ser humano, y conforma un tabú que solo puede romperse siguiendo ciertas formas o ceremonias. No es, como han afirmado algunos autores modernos, un invento de la época victoriana; de hecho, los antropólogos han hallado entre los pueblos primitivos las formas más complejas de gazmoñería. El concepto de lo obsceno tiene profundas raíces en la naturaleza humana; podemos oponernos a él por amor a la rebeldía, por lealtad al espíritu científico o por el deseo de sentirnos malvados como le ocurría a Lord Byron, pero con ello no lo desarraigamos de la naturaleza humana. Sin duda son los convencionalismos los que determinan en cada grupo humano lo que se considera decente o indecente, pero el hecho de que exista universalmente uno u otro convencionalismo al respecto, evidencia que su origen está más allá de las convenciones. En casi todas las sociedades la pornografía y el Exhibicionismo son considerados delitos, excepto cuando, como ocurre frecuentemente, forman parte de las ceremonias religiosas.

El ascetismo, que puede estar conectado psicológicamente o no con el pudor, es una tendencia que parece surgir únicamente cuando se ha llegado a cierto grado de civilización, pero entonces puede hacerse muy poderosa. No lo encontramos en los primeros libros del Antiguo Testamento, sino que aparece en los últimos, en los Evangelios Apócrifos y en el Nuevo Testamento. Del mismo modo, entre los griegos se dio poco en las épocas más primitivas, pero fue avanzando con el paso del tiempo. En la India nació muy pronto y tomó fuerza. No voy a hacer un análisis psicológico de su origen, pero no dudo que se trata de un sentimiento espontáneo que existe, hasta cierto punto, en todos los seres humanos civilizados. El deseo de liberar al espíritu de las servidumbres de la carne ha inspirado a muchas de las religiones del mundo y es aún muy poderoso entre los intelectuales modernos.

Sin embargo, en mi opinión son los celos el factor más importante en la génesis de la moral sexual. De modo instintivo, los celos provocan la cólera, y la cólera racionalizada se convierte en reprobación moral. El motivo puramente instintivo debe haber sido reforzado en una fase primitiva del desarrollo de la civilización, debido al deseo masculino de asegurarse la paternidad de sus hijos. Sin esta seguridad la familia patriarcal hubiera sido imposible, y la paternidad, con todas sus consecuencias económicas, no hubiera podido ser la base de todas las instituciones sociales. Este es el motivo por el cual se ha considerado malo tener relaciones con la mujer de otro hombre, pero no con una mujer soltera; condenar el adulterio tenía razones prácticas, hasta el punto de provocar el derramamiento de sangre. El asedio de Troya es un ejemplo extremo de las consecuencias que podía traer no respetar los derechos de los esposos; algo semejante, aunque a menor escala, era esperable en las clases menos poderosas. Sin embargo, no había en aquella época derechos equivalentes para las esposas; el marido no tenía deberes con respecto a su esposa, aunque sí se veía obligado a respetar la propiedad de los otros hombres casados.

La antigua familia patriarcal, sustentada en esta ética de los sentimientos de la que hemos hablado, funcionaba satisfactoriamente: los hombres, que eran los que dominaban, gozaban de considerable libertad; la desdicha de las mujeres, que estaban totalmente sometidas, no parecía importante. La pretensión femenina de igualarse a los hombres es el factor que más ha contribuido en la creación de un sistema nuevo. La igualdad sexual tiene que ser asegurada de dos maneras: o bien exigiendo a los hombres una monogamia igual que la exigida a las mujeres, o bien permitiendo a las mujeres igual que a los hombres un cierto relajo del código tradicional. El primer camino fue el preferido por la mayoría de los precursores de los derechos de la mujer, y es aún el predilecto de las Iglesias; el segundo, sin embargo, es el que tiene en la práctica más partidarios, aunque les cueste justificar de modo teórico su postura. Quienes reconocen la necesidad de una nueva ética sexual encuentran difícil precisar cuales serán sus preceptos.

Otra fuente de novedad es el efecto que han tenido los criterios científicos en el debilitamiento de los tabúes sexuales. Hemos llegado a comprender que muchos males, como las enfermedades venéreas, por ejemplo, no pueden combatirse eficazmente si no se habla de ellos mucho más abiertamente de lo que se ha permitido tradicionalmente. Así mismo, se ha descubierto que la reticencia a tratar el tema provoca ignorancia, y que todo ello suele tener efectos dañinos sobre la psicología individual. Los eruditos, influidos por la sociología y el psicoanálisis, lamentan el silencio que ha envuelto los asuntos sexuales; del mismo modo, muchos educadores de corte pragmático han adoptado la misma actitud a raíz de sus experiencias con los niños.

Quienes mantienen un criterio científico al abordar la conducta humana encuentran imposible tachar ningún acto de pecado, porque se dan cuenta de que todo tiene su origen en la herencia y en el medio; es mediante el dominio de estas causas, más que mediante la denuncia moral, como logran evitarse las conductas nocivas para nuestra sociedad.

A la hora de buscar una nueva ética de conducta sexual no debemos dejarnos dominar por las antiguas pasiones irracionales que dieron origen a la antigua ética; pero debemos reconocer que pueden haber dado lugar a algunas aportaciones válidas, aunque sea accidentalmente, y debemos tenerlas en cuenta. Lo que nosotros podemos hacer en positivo es preguntarnos qué reglas morales son las que contribuyen a la felicidad humana, sin olvidar que sean las que sean, es muy improbable que se observen universalmente. Por eso conviene considerar los efectos que van a tener esas reglas en el mundo real, no los que tendrían si fuesen absolutamente eficaces.

Vamos a considerar ahora la educación sexual. No hay ninguna razón para ocultar la verdad al dirigirse a los niños. Es necesario contestar sus preguntas y satisfacer su curiosidad respecto al sexo igual que lo hacemos cuando muestran interés por las costumbres de los peces o por cualquier otro tema. Los niños no ponen en este asunto los sentimientos que ponemos los adultos, y por tanto no entienden él por qué de ese énfasis. Es un error comenzar hablándoles de los amores de la reproducción de las abejas y de las flores, e inútil dar tantos rodeos para abordad estas realidades de la vida. El niño al que se le explica lo que quiere saber y a quien se le permite ver desnudos a sus padres se verá libre de la lascivia y la obsesión sexual; los niños educados en la ignorancia oficial piensan y hablan mucho más del sexo que los que han oído hablar de este tema en el mismo nivel que cualquier otro. Cuando cotejan sus propias experiencias con la ignorancia institucionalizada aprenden a ser hipócritas con sus mayores. Y si se mantienen en la ignorancia surgen en ellos unos sentimientos de escándalo y angustia que les dificultan la adaptación a l vida real. Si toda ignorancia es lamentable, la ignorancia en materia sexual es fuente de graves peligros.

Cuando afirmo que a los niños se les debe hablar de sexualidad, no quiero decir que haya que explicarles escuetamente los hechos fisiológicos; afirmo que hay que contarles todo lo que deseen saber. No hay que intentar pintar a los adultos más púdicos de lo que son, o hablar del sexo como algo que ocurre únicamente dentro del matrimonio. No hay excusa para engañar a los niños; además, cuando descubren que sus padres les han mentido pierden la confianza en ellos y se sienten justificados para mentirles a su vez. Yo no obligaría a un niño a escuchar ciertos hechos, pero le diría cualquier cosa antes que una mentira. Al fin y al cabo, la virtud que se basa en criterios falsos no es una virtud verdadera. No hablo sólo desde un punto de vista teórico, sino que me baso en la experiencia práctica: estoy convencido de que la completa franqueza es el mejor modo de evitar que los niños piensen demasiado en la sexualidad y la consideren sucia o malsana; de hecho, es una condición necesaria para poder instruirles correctamente en materia sexual.

En cuanto a la conducta sexual adulta, no es nada fácil llegar a un acuerdo racional entre consideraciones opuestas, cada una de las cuales tienen su propia validez. El principal conflicto se da, claro está, entre los celos y la tendencia a la poligamia. Ninguno de estas actitudes es universal: hay personas, aunque son pocas, que no son nunca celosas, y hay otras, tanto hombres como mujeres, cuyo afecto no se aparta nunca del compañero elegido. Si alguna de estas orientaciones fuera universal, sería fácil concebir un código satisfactorio; sin embargo, son los convencionalismos los que pueden hacer que una u otra tendencia sea la más común.

Aún queda mucho para alcanzar una ética sexual completa, y para poder avanzar en positivo necesitamos más experiencia, tanto acerca del resultado que tienen los distintos enfoques acerca de la sexualidad como acerca de los efectos que se derivan de una educación racional en materia sexual. Está claro que el matrimonio, en tanto institución, solo debería interesar al Estado por los hijos, y que cuando los hijos no existen debería considerarse un asunto meramente privado. También resulta evidente que, incluso cuando hay hijos, al Estado le interesan únicamente los deberes de los padres, principalmente los deberes financieros. En los países donde el divorcio es fácil, como en los escandinavos, lo más común es que los niños se queden con la madre, de modo que la familia patriarcal tiende a desaparecer. Además, si el Estado llega a asumir los deberes que hasta ahora habían sido de los padres, como ocurre cada vez más con los trabajadores a sueldo, el matrimonio dejará de tener razón de ser y posiblemente pasará a ser una costumbre exclusiva de las clases pudientes y religiosas.

Entretanto, convendría que tanto los hombres como las mujeres practicaran las virtudes de la tolerancia, la amabilidad, la sinceridad y la justicia al desarrollar su sexualidad, y tanto durante el matrimonio como cuando se produce el divorcio. Con demasiada frecuencia, quienes son sexualmente honestos según el código tradicional, no piensan que deban conducirse decentemente como seres humanos. La mayoría de los moralistas se han obsesionado tanto con el sexo que han llegado a descuidar otras normas éticas mucho más recomendables y útiles socialmente.

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Bertrand Russell

martes, 18 de noviembre de 2008

Los extraterrestres causan el calentamiento global, por Michael Crichton


Homenaje al autor de Parque Jurásico, recientemente fallecido.

Los extraterrestres causan el calentamiento global
Por Michael Crichton


Conferencia ofrecida el 17 de enero de 2003 en el Caltech Michelin Lecture. Traducida por Eduardo Ferreyra y corregida por Daniel Rodríguez Herrera.

Mi asunto de hoy suena humorístico, pero desgraciadamente hablo en serio. Voy a argumentar que los extraterrestres están detrás del calentamiento global. O, para hablar con mayor precisión, argumentaré que la creencia en los extraterrestres ha pavimentado el camino, en pasos progresivos, a la creencia en el calentamiento global. Mi tarea de hoy será hacer un diagrama de esta progresión de la creencia.

Déjenme decirles que no tengo deseo alguno de hacer que nadie deje de creer, ya sea en los extraterrestres o en el calentamiento global. Eso es casi imposible de conseguir. En su lugar, quiero discutir la historia de muchas creencias ampliamente publicitadas y hacer notar lo que yo considero como una crisis emergente en todo el campo de la ciencia - precisamente la incrementada e incómoda relación entre ciencia pura y políticas públicas.


Tengo un interés especial en esto a causa de la forma en que crecí. Nací en medio de la Segunda Guerra Mundial, y pasé mis años de formación en el punto más álgido de la Guerra Fría. En los simulacros del colegio, me agazapaba obedientemente debajo de mi escritorio esperando un ataque nuclear.

Era un tiempo de extendido temor e incertidumbre, pero aún como niño, yo creía que la ciencia representaba la mejor y más grande esperanza para la humanidad. Hasta para un niño, el contraste era claro entre el mundo de la política - un mundo de odio y peligro, de creencias irracionales y temores, de manipulaciones en masa y desgraciados borrones en la historia humana. En contraste, la ciencia tenía valores diferentes - con una visión internacional, forjando amistades y creando relaciones a través de fronteras internacionales y sistemas políticos, alentando un desapasionado hábito de pensamiento, y en última instancia, conduciendo a nuevo conocimiento y tecnologías que beneficiarían a toda la humanidad.

El mundo podría no ser un lugar muy bueno, pero la ciencia lo haría mejor. Y lo hizo. Durante mi vida, la ciencia ha cumplido largamente con su promesa. La ciencia ha sido la gran aventura intelectual de nuestra era, y una gran esperanza para nuestro problemático e inquieto mundo.

Pero yo no esperaba que la ciencia simplemente extendiese nuestra expectativa de vida, alimentase a los hambrientos, curase las enfermedades y encogiese al mundo con jets y teléfonos celulares. También esperaba que la ciencia hiciera desaparecer la maldad del pensamiento humano - prejuicios y superstición, creencias irracionales y falsos temores. Esperaba que la ciencia sería, como en la memorable frase de Carl Sagan, "una vela en un mundo obsesionado por demonios".Y en esto no estoy muy contento con el impacto de la ciencia. Más que servir como una fuerza limpiadora, en algunas ocasiones la ciencia ha sido seducida por las más antiguas tentaciones de la política y la publicidad. Algunos de los demonios que pueblan nuestro mundo en los años recientes, han sido inventados por los científicos. El mundo no se ha beneficiado al permitir que estos demonios hayan sido liberados.

Pero veamos cómo esto llegó a suceder

Proyecte sus recuerdos hacia atrás a 1960. John Kennedy es presidente, los aviones a reacción comerciales comienzan a aparecer, las computadoras más grandes de las universidades tenían 12K de memoria y en Green Bank, West Virgina, en el nuevo Observatorio Nacional de Radio Astronomía, un joven astrofísico llamado Frank Drake lleva adelante un proyecto de dos semanas conocido como Ozma, para buscar señales extraterrestres. Con gran excitación, se recibe una señal. Resulta ser falsa, pero la excitación se mantiene. En 1960, Drake organiza la primera conferencia SET, y presenta su ahora famosa ecuación Drake:

N=n*fp ne fl fi fc fL

En donde n es el número de estrellas en la Vía Láctea; fp es la fracción de las mismas con planetas; ne es el número de planetas por estrella capaz de mantener vida; fl es la fracción de planetas donde la vida se desarrolla, fi es la fracción de los mismos donde evoluciona vida inteligente; fc es la fracción de las especies inteligentes que se comunica; y fL es la fracción de la vida del planeta durante la que vive la civilización que en él vive se comunica.

Esta ecuación que parece muy seria permitió al SETI afianzarse como una legítima inquietud científica. El problema, por supuesto, es que ninguno de los términos de la ecuación puede ser conocido, y la mayoría ni siquiera pueden ser estimados. La única manera de hacer funcionar a la ecuación es llenarla con suposiciones y las suposiciones - sólo para dejarlo en claro - son meramente expresiones de prejuicios. Tampoco puede haber "suposiciones informadas". Si usted necesita declarar cuántos planetas con vida eligen comunicarse, simplemente no hay manera de hacer una suposición informada. Es simple prejuicio.

Como resultado, la ecuación de Drake puede tener cualquier valor, desde "millones de trillones" hasta cero. Una expresión que puede significar cualquier cosa, no significa nada. Hablando con precisión, la ecuación de Drake literalmente no tiene sentido, y no tiene nada que ver con la ciencia. Yo mantengo la visión dura de que la ciencia involucra la creación de hipótesis demostrables. La ecuación de Drake no puede ser ensayada ni probada, por lo tanto SETI no es ciencia. SETI es, sin duda alguna, una religión. La Fe es definida como la firme creencia en algo para lo cual no hay pruebas. La creencia de que el Corán es la palabra de Dios es un asunto de Fe. La creencia de que Dios hizo al universo en seis días laborables es materia de Fe. La creencia de que hay otras formas de vida en el universo es materia de Fe. No hay ni la más mínima traza de evidencia de alguna otra forma de vida y, en 40 años de investigación, no se ha descubierto nada. No hay absolutamente ninguna razón ni evidencia para mantener esta creencia. SETI es una religión.

Una manera de hacerse una idea del enfriamiento del entusiasmo inicial es revisar los trabajos populares sobre el tema. En 1964, en la cúspide del delirio del SETI, Walter Sullivan, del New York Times, escribió un excitante libro acerca de la vida en el universo titulado NO ESTAMOS SOLOS. En 1995, cuando Paul Davis escribió un libro sobre el mismo tema, lo tituló ¿ESTAMOS SOLOS? (Desde 1981 ha habido, de hecho, cuatro libros con el título "ESTAMOS SOLOS"). Más recientemente, hemos visto el ascenso de la llamada teoría de la "Tierra Rara" que sugiere que, en verdad, podríamos estar solos. Una vez más, no hay evidencia de ninguna de las dos cosas.

En los años 60, SETI tuvo sus críticos, aunque no entre los astrofísicos y los astrónomos. Los biólogos y los paleontólogos fueron los más duros. George Gaylord Simpson de Harvard, se mofó que SETI era "un estudio sin objeto que estudiar", y así permanece hasta nuestros días.

Pero los científicos en general han sido indulgentes con SETI, viéndolo con una tolerancia estupefacta, o con indiferencia. Después de todo, ¿cuál es el problema? Es algo divertido. Si la gente lo quiere mirar, allá ella. Solo un cascarrabias podría hablar mal de SETI. No valía la pena.

Por supuesto, es verdad que las teorías indemostrables pueden tener un valor heurístico. Por supuesto que los extraterrestres son una buena manera de enseñarles ciencia a los niños. Pero eso no nos libera de la obligación de ver a la ecuación de Drake como lo que realmente es: especulación pura en vestiduras cuasi-científicas.

El hecho de que la ecuación de Drake no fuera recibida con gritos de ultraje - similares a los gritos que recibe cada nueva afirmación de los Creacionistas, por ejemplo - significa que ahora hay una rendija en la puerta, un aflojamiento en la definición de lo que constituyen los legítimos procedimientos científicos. Y muy pronto, la basura perniciosa comenzó a colarse a través de la rendija.


Saltemos ahora a la década de los 70, y el Invierno Nuclear

En 1975, la Academia Nacional de Ciencias informó sobre "Los Efectos a Largo Plazo de Múltiples Detonaciones de Armas Nucleares", pero el estudio estimaba que el efecto del polvo de las explosiones atómicas sería relativamente pequeño. En 1978, la Oficina de Evaluación Tecnológica, emitió un informe sobre "Los Efectos de la Guerra Nuclear" y declaró que la guerra nuclear podría quizás tener consecuencias adversas irreversibles en el ambiente. Sin embargo, a causa de que los procesos científicos involucrados eran muy pobremente comprendidos, el informe declaraba que no era posible estimar la probable magnitud de tales daños.

Tres años más tarde, la Academia Nacional de Ciencias de Suecia comisionó un informe titulado "La Atmósfera Después de una Guerra Nuclear: Oscuridad a Mediodía", que intentaba cuantificar el efecto del humo de los bosques y ciudades ardiendo. Los autores especularon que habría tanto humo que una enorme nube sobre el hemisferio norte reduciría la luz del Sol por debajo de los niveles requeridos por la fotosíntesis, y que esto duraría durante semanas, o quizás más.

Al año siguiente, cinco científicos, incluyendo a Richard Turco y Carl Sagan, publicaron un estudio en Science llamado "El Invierno Nuclear: Consecuencias Globales de Múltiples Explosiones Atómicas". Fue el llamado informe TTAPS, que intentó cuantificar más rigurosamente los efectos atmosféricos, con la añadida credibilidad que ganaría por un modelo computerizado del clima.

En el corazón del trabajo del TTAPS estaba otra ecuación, jamás expresada específicamente, pero que podía ser parafraseada como sigue:

Ds = Wn Ws Wh Tf Tb Pt Pr Pe… etc

(La cantidad de polvo troposférico = número de cabezas nucleares x tamaño de las cabezas x altura de la detonación x inflamabilidad de los blancos x duración del incendio del blanco x partículas ingresadas a la atmósfera x reflectividad de las partículas x duración de las partículas... y así hasta el infinito.)

La similitud con la ecuación de Drake es impactante. Lo mismo que con la ecuación de Drake, ninguna de las variables puede ser determinada. Ni una sola de ellas. El estudio TTAPS enfrentó en parte este problema mapeando diferentes escenarios de guerra y asignando números a algunas de las variables pero, aún así, las variables restantes eran - y siguen siendo - simplemente desconocidas. Nadie sabe cuánto humo se generaría cuando las ciudades se quemaran, creando partículas de qué clase y durante cuánto tiempo. Nadie sabe durante cuánto tiempo las partículas permanecerían en la tropósfera. Y así con todo lo demás.

Y recuerde, esto sucedía sólo cuatro años después de que el estudio de la OET concluyese con que los procesos científicos subyacentes eran tan poco comprendidos que no se podría hacer ninguna estimación confiable. A pesar de ello, el estudio TTAPS no sólo hizo esas estimaciones, sino que llegó a la conclusión de que serían catastróficas.

De acuerdo a Sagan y sus colegas, aún un limitado intercambio nuclear de 5.000 megatones haría que la temperatura global disminuyese 35º C, y que este cambio duraría durante tres meses. Las erupciones volcánicas más grandes que conocemos cambiaron las temperaturas del mundo entre 0,5 y 2º C. Las edades de hielo cambiaron las temperaturas globales en 10º C. Y aquí tenemos un cambio estimado tres veces más grande que una edad de hielo. Uno esperaría que esto estuviera sujeto a alguna clase de disputa.

Pero Sagan y sus colegas estaban preparados, porque el invierno nuclear fue desde el principio el objeto de una muy bien orquestada campaña mediática. El primer anuncio apareció en un artículo de Sagan en el suplemento dominical de Parade. Al día siguiente, se realizó en Washington una conferencia altamente publicitada y de elevado perfil, sobre las consecuencias a largo plazo de una guerra nuclear, presidida por Carl Sagan y Paul Ehrlich, los científicos más famosos y experimentados en medios de difusión de su generación.

Sagan apareció 40 veces en el Show de Johnny Carson. Ehrlich apareció 25 veces. Después de la conferencia se realizaron varias conferencias de prensa, encuentros con congresistas, y mucho más. El estudio formal en Science se publicó meses después.
Esta no es la manera en que se hace ciencia, esta es la manera en que se vende un producto.

La naturaleza real de la conferencia está indicada por la descripción de estos artistas de los efectos del inverno nuclear. No puedo menos que citar el epígrafe de la Figura 5: "Se muestra aquí una tranquila escena en los bosques del norte. Un castor acaba de terminar su dique, dos osos buscan su comida, una mariposa cola de golondrina aletea en el frente, una garza nada tranquilamente, y un martín pescador busca un sabroso pez." Ciencia pura, si alguna vez la hubo.

En la conferencia de Washington, durante el período de preguntas, se le recordó a Ehrlich que después de Nagasaki e Hiroshima, los científicos dijeron que nada volvería a crecer allí por 75 años pero, de hecho, los melones estaban creciendo al año siguiente. Entonces, se le preguntó, ¿cuán acertadas eran sus predicciones ahora?

Ehrlich respondió asegurando que pensaba que eran " extremadamente robustas. Los científicos pueden haber hecho tales predicciones entonces, aunque no puedo imaginar cuáles eran las bases para hacerlas, aún con el estado de la ciencia entonces, pero los científicos están siempre haciendo declaraciones absurdas, individualmente, en diversos lugares. Lo que estamos haciendo aquí, sin embargo, es presentar un consenso de una gran cantidad de científicos..."


El Mito del Consenso

Quiero hacer una pausa aquí, y hablar de esta noción del "consenso", y del surgimiento de lo que ha sido llamado "ciencia de consenso". La considero como un desarrollo extremadamente pernicioso que tendría que ser detenido de inmediato. Históricamente, el reclamo de consenso ha sido el primer refugio de los granujas; es una manera de evitar el debate aduciendo que el asunto ya ha sido establecido. Cada vez que usted escuche que los científicos están de acuerdo en alguna cosa u otra, ponga a resguardo su monedero porque está siendo atracado.

Dejemos algo bien claro: el trabajo en la ciencia no tiene nada que ver con el consenso. El consenso es asunto de políticos. La ciencia, por el contrario, requiere de sólo un investigador que esté acertado, lo que significa que él o ella tienen resultados que son verificables por referencias al mundo real. En ciencia, el consenso es irrelevante. Lo que es relevante son los resultados reproducibles. Los grandes científicos de la historia son grandes precisamente porque rompieron el consenso.

No existe el consenso en la ciencia. Si es consenso, no es ciencia. Si es ciencia, no es consenso. Punto.

Además, permítanme recordarles que un examen histórico del consenso no es algo de lo que debamos sentirnos orgullosos. Recordemos algunos casos.

En los siglos pasados, el mayor asesino de mujeres era la fiebre puerperal, la que sobreviene después del parto. Una de cada seis mujeres moría a causa de ella. En 1795, Alexander Gordon, de Aberdeen, sugirió que las fiebres eran procesos infecciosos, y que él podía curarlas. El consenso dijo no. En 1843, Oliver Wendell Holmes afirmó que la fiebre puerperal era contagiosa, y presentó pruebas convincentes. El consenso dijo no. En 1849, Semmelweiss demostró que las técnicas sanitarias habían eliminado virtualmente a la fiebre puerperal en los hospitales bajo su gerencia. El consenso dijo que era un judío, lo ignoró, y lo echaron de su puesto. En verdad, no hubo un acuerdo general sobre la fiebre puerperal hasta comienzos del siglo XX. Así, el consenso tardó ciento veinticinco años para llegar a la conclusión correcta a pesar de los esfuerzos de prominentes "escépticos" de todas partes del mundo, escépticos que fueron despreciados e ignorados. Y esto, a pesar de la constante y permanente muerte de miles de mujeres.

No hay escasez de otros ejemplos. En los años 20, en los Estados Unidos, decenas de miles de personas, en su mayoría pobres, estaban muriendo de una enfermedad llamada pelagra. El consenso científico decía que era infecciosa, y que lo que había que hacer era hallar al "germen de la pelagra". El gobierno de los EEUU encomendó a un brillante investigador joven, el Dr. Joseph Goldberger, que hallara la causa. Golberger llegó a la conclusión de que el factor crucial era la dieta. El consenso científico permaneció casado con la teoría del germen. Goldberger demostró que podía inducir la enfermedad a través de la dieta. Demostró que la enfermedad no era infecciosa inyectándose él mismo y su asistente la sangre de un paciente con pelagra. Tanto ellos como otros voluntarios refregaron sus narices con gasas de los pacientes con pelagra, e ingirieron cápsulas que contenían costras de las heridas de quienes eran llamados "la pandilla inmunda de Goldberger". Nadie contrajo pelagra. El consenso siguió en desacuerdo con él. Había, además, un factor social: a los estados del Sur les desagradaba la idea de que la mala dieta era la causa, porque significaba que se requería de una reforma social. Continuaron negando la realidad hasta los años 30. A pesar de ser una epidemia del siglo XX, al consenso le llevó años ver la luz.

Probablemente cualquier alumno de primaria se da cuenta de que los contornos de las costas de América del Sur y África parecen ajustarse muy bien, y Alfred Wegener propuso en 1912 que los continentes, en efecto, se habían apartado. El consenso se mofó de la deriva continental durante 50 años. La teoría fue muy vigorosamente negada por los grandes nombres de la geología hasta 1961, cuando empezó a parecer que los suelos marinos se estaban extendiendo. Resultado: le llevó al consenso más de 50 años reconocer lo que cualquier niño de segundo grado estaba viendo.

¿Debemos seguir? Los ejemplos pueden multiplicarse sin fin. Jeener y la viruela, Pasteur y la teoría de los gérmenes. Sacarina, margarina, la memoria reprimida, la fibra y el cáncer de colon, la terapia de reemplazo de hormonas,… la lista de los errores del consenso sigue y sigue.

Finalmente, quiero pedirles que se den cuenta de cuando se invoca al consenso, porque el consenso es invocado únicamente en situaciones donde la ciencia no es lo suficientemente sólida. Nadie dice que consenso es que los científicos estén de acuerdo con que E=mc2. Nadie dice que consenso es que el Sol esté a 93 millones de millas. A nadie se le ocurriría hablar así.


Pero volvamos a nuestro tema principal

Lo que he estado sugiriendo es que el invierno nuclear era una fórmula sin sentido, construida con mala ciencia, con fines políticos. Era política desde el principio, promovida por una muy orquestada campaña en los medios que tuvo que planearse con semanas y meses de antelación.

Más evidencia de la naturaleza política del asunto se encuentra en la respuesta a las críticas. Aunque Richard Feynman era característicamente rudo y contundente, diciendo "realmente no creo que estos tipos sepan algo de lo que están hablando", otros prominentes científicos fueron notablemente más reticentes. Freeman Dyson fue citado diciendo que "es una pieza de ciencia absolutamente atroz, pero... ¿quién quiere ser acusado de estar a favor de la guerra nuclear?" Y Victor Weisskopf dijo: "La ciencia es horrible, pero quizás la psicología sea buena." El equipo del invierno nuclear siguió la publicación de tales comentarios con cartas a los editores negando que esas declaraciones hubiesen sido hechas, aunque los científicos han confirmado subsecuentemente sus puntos de vista.

En ese momento, existía un concertado deseo de parte de mucha gente de evitar una guerra nuclear. Si el invierno nuclear se veía horrible, ¿por qué investigarlo tan estrechamente? ¿Quién querría dieentir? Sólo gente como Edward Teller, el "padre de la Bomba-H".

Teller dijo: "Mientras que está generalmente reconocido que los detalles siguen siendo inciertos y merecen mucho más estudio, el Dr. Sagan ha tomado de todos modos la posición de que todo el escenario es tan robusto que puede haber muy pocas dudas sobre sus conclusiones principales". Y, sin embargo, para la mayoría de la gente, el hecho de que el escenario del invierno nuclear estuviese sembrado de dudas no parecía ser relevante.

Yo digo que es inmensamente relevante. Una vez que se abandona la estricta adherencia a lo que la ciencia nos dice, una vez que se comienza a arreglar la verdad en conferencias de prensa, entonces cualquier cosa es posible. En un contexto, quizás se consiga alguna movilización contra la guerra nuclear. Pero en otro contexto, se obtiene lyssenkismo. En otro, se consigue la eutanasia nazi. El peligro está siempre allí, si se subvierte la ciencia con fines políticos.

Por eso es que es tan importante para el futuro de la ciencia que la línea entre lo que la ciencia puede decir con certeza y lo que no puede, sea definida con toda claridad y defendida.

¿Qué pasó con el Invierno Nuclear? A medida que el fulgor de los medios se desvanecía, su robusto escenario parecía cada vez menos persuasivo; John Maddox, el editor de Nature, criticó sus afirmaciones repetidamente; en el plazo de un año, Stephen Schneider, una de las figuras que lideraban el modelado climático, comenzó a hablar de un "otoño nuclear". Ya no sonaba igual.

El bochorno final vino en 1991, cuando Carl Sagan predijo en Nightline que los fuegos de los pozos petrolíferos de Kuwait producirían un efecto de invierno nuclear, causando "un año sin verano", poniendo en peligro las cosechas de todo el mundo. Sagan enfatizó que el resultado era tan probable que "debería afectar los planes de guerra". Nada de eso sucedió.

¿Cuáles fueron, entonces, las lecciones del Invierno Nuclear? Yo creo que la lección fue que, con un nombre atractivo, una fuerte posición política, y una agresiva campaña en los medios, nadie se atreverá a criticar a la ciencia, y en breve, una hipótesis de debilidad terminal será establecida como un hecho. Después de eso, cualquier crítica es desechada. La guerra acaba sin haber disparado un tiro. Esa fue la lección, y poco tiempo después tuvimos una aplicación de libro de texto, con el asunto del fumador pasivo.

En 1993 la EPA anunció que el consumo pasivo de tabaco era "responsable de aproximadamente 300.000 cánceres anuales en adultos no fumadores", y que "perjudica la salud respiratoria de cientos de miles de personas". En un panfleto de 1994, la EPA dijo que los once estudios en los que había basado su decisión no eran en sí mismos concluyentes, y que colectivamente entre ellos le habían asignado al consumo pasivo de tabaco un factor de riesgo de 1,19 (como referencia, un factor de riesgo inferior a 3.0 es demasiado pequeño para que la EPA tome alguna acción, o para ser publicado en el New England Journal of Medicine, por ejemplo). Más todavía, dado que no había ninguna asociación estadística en los límites del 95% de confianza, la EPA redujo los límites al 90%. Entonces, gracias a esta maniobra burocrática, clasificaron al consumo pasivo de tabaco como un cancerígeno Grupo A.

Esto era abiertamente un fraude científico, pero formó las bases para las prohibiciones de fumar en restaurantes, oficinas y aeropuertos. California prohibió fumar en público en 1995. Muy pronto, ningún reclamo fue demasiado extremo. Para 1998, el Christian Science Monitor estaba diciendo que "el consumo pasivo de tabaco es la tercera causa de muerte prevenible en la nación". La American Cancer Society anunció que 53.000 fumadores pasivos morían cada año por ello. La evidencia para estas afirmaciones es inexistente.

En 1998, un juez federal sostuvo que la EPA había actuado de manera impropia, que había "llegado a una conclusión antes de que la investigación hubiese comenzado" y que había "desechado información y realizado descubrimientos sobre información selectiva". La reacción de Carol Browner, jefa de la EPA, fue: "Apoyamos nuestra ciencia... existe un amplio acuerdo. El pueblo Americano ciertamente reconoce que la exposición al humo de segunda mano trae... un completa serie de problemas de salud". Nuevamente, nótese la manera en que el reclamo del consenso trampea a la ciencia. En este caso, ¡ni siquiera es un consenso de científicos el que invoca Browner! Es el consenso del pueblo de Estados Unidos.

Mientras tanto, estudios cada vez más grandes fracasaban en confirmar cualquier asociación. Un gran estudio de la Organización Mundial de la Salud, hecho en siete países en 1998, no encontró asociación ninguna. Como tampoco lo han hecho subsecuentes estudios bien controlados, según mi conocimiento. Y sin embargo leemos ahora, por ejemplo, que la inhalación pasiva de humo de tabaco causa cáncer de mama. Llegado a este punto, usted puede decir lo que se le ocurra sobre el fumador pasivo.

Como con el invierno nuclear, la mala ciencia es usada para promover lo que la mayor parte de la gente consideraría buena política. Ciertamente yo pienso que lo es. No quiero gente fumando a mi alrededor. De manera que, ¿quién hablará en contra de la prohibición del cigarrillo? Nadie. Y si lo hace, será catalogado como un fan de RJ Reynolds. Un sirviente de las grandes tabaqueras. Pero la verdad es que ahora tenemos una política social apoyada sobre la más grosera de las supersticiones. Y le hemos dado a la EPA una mala lección sobre cómo portarse mal en el futuro. Le hemos dicho que hacer trampa es la manera de tener éxito.

A medida de que el siglo XX llegaba a su fin, la conexión entre hechos científicos y políticas públicas se tornó cada vez más elástica. En parte, esto fue posible por la complacencia de la profesión científica; en parte a causa de la falta de buena educación científica del público; en parte por el surgimiento de grupos de reivindicación especializados que han tenido enorme éxito en obtener publicidad y dar forma a las políticas; y en gran parte por el declive de los medios como agente independiente de evaluación de los hechos.

El deterioro de los medios americanos es una terrible pérdida para nuestro país. Cuando instituciones distinguidas como el New York Times ya no pueden diferenciar entre contexto fáctico y opinión editorial, sino que los mezclan libremente en su primera plana, ¿quién seguirá normas más elevadas?

Y así, en este elástico mundo de todo-vale, donde la ciencia -o la no-ciencia- es la sirvienta de cuestionables políticas públicas, llegamos finalmente al calentamiento global. No es mi propósito aquí reflotar los detalles de éste, el más magnífico demonio que asola al mundo. Les recordaré solamente el ahora familiar patrón con el que se establecen estas cosas. Se da brillo a evidencias inciertas en un indecoroso apuro por lograr políticas que salten por encima de las evidencias y por obtener subsidios para apoyar las políticas, entregando las conclusiones deseadas por el patrocinador. Luego, el aislamiento de aquellos científicos que no se pliegan al programa y la caracterización de esos científicos como extraños o "escépticos" entre comillas; individuos sospechosos con motivos sospechosos, lacayos de la industria, reaccionarios, o simples chiflados anti-ecologistas. En breve, el debate se termina, aún cuando prominentes científicos están incómodos con la manera en que se están haciendo las cosas.

¿Cuándo se convirtió "escéptico" en una mala palabra en ciencia? ¿Cuándo requirió escéptico el entrecomillado a su alrededor?

Para alguien de fuera, la innovación más significativa en la controversia del calentamiento global es la clara confianza que se le da a los modelos computerizados. En la época del invierno nuclear, se invocaba a los modelos computerizados para añadirle peso a una conclusión: "estos resultados se han logrado con la ayuda de un modelo computado". Pero ahora se ven modelos de gran tamaño como generadores de datos por sí mismos. Ya no se juzga más a los modelos por la manera correcta en que reproducen la información del mundo real; cada vez más, son los modelos los que generan esos datos como si ellos mismos fuesen una realidad. Y en verdad lo son, cuando nos proyectamos hacia adelante. No pueden existir datos observados del año 2100. Sólo existen "ejecuciones de modelos".

Esta fascinación con los modelos computarizados es algo que comprendo muy bien. Richard Feynman lo llamó "una enfermedad". Me temo que está en lo cierto. Porque solamente si usted se pasa una enorme cantidad de tiempo mirando la pantalla de una computadora, puede llegar al complejo punto a donde ha llegado ahora el debate sobre el calentamiento global.

Nadie cree en una predicción del tiempo con doce horas de antelación. ¿Y se nos pide que creamos en una predicción que se interna 100 años en el futuro? ¿Y que hagamos inversiones financieras basadas en esas predicciones? ¿Es que todo el mundo se ha vuelto loco?

Volviendo atrás, tengo que decir que la arrogancia de los modeladores me quita el aliento. En todos los siglos han existido científicos que decían saberlo todo. Dado que el clima puede ser un sistema caótico -nadie está seguro- estas predicciones son inherentemente dudosas, por decirlo amablemente. Pero, centrándonos en el quid de la cuestión, aún si los modelos fuesen correctos científicamente, jamás podrán incluir la sociología. Predecir cualquier cosa a cien años vista es simplemente absurdo.

Mire: si yo estuviese vendiendo acciones de una compañía y le afirmo que será rentable en el 2100, ¿las compraría usted? ¿O pensaría que la idea es tan loca que seguramente es una estafa?

Pensemos en la gente de Nueva York en 1900, por ejemplo. Si ellos se hubieran preocupado acerca de la gente del año 2000, ¿de qué podrían haberse preocupado? Probablemente, lo que se preguntaría es de dónde conseguiríamos caballos suficientes. Y lo que haríamos con tanto guano de caballo. Si la polución equina era mala en 1900, piense en lo malo que sería cien años después, con tanta gente usando caballos.[1]

Pero por supuesto, a los pocos años, nadie más usaba caballos, excepto como deporte. Y en el 2000, Francia estaba obteniendo el 80% de su electricidad de una forma de energía que era desconocida en 1900. Alemania, Suiza, Bélgica, y Japón obtenían más del 30% de esta fuente de energía desconocida en 1900. Recuerde: la gente de 1900 ni siquiera sabía lo que era el átomo. No conocían su estructura.

Tampoco sabían lo que era una radio, o un aeropuerto, o una película de cine, o la televisión, o una computadora, o un teléfono celular, o un avión a chorro, una filmadora de video, un antobiótico, un cohete, un satélite, una CPU, IBM, MRI, ICU, DIU, IRA, ERA, EEG, EPA, DGI, UPS, POP3, HTML, JPG, internet, interferon, "replay" instantáneo, "fast forward", "rewind", sensor remoto, control remoto, discado directo internacional, terapia de genes, división de genes, ni siquiera genes, soldadura de arco y de punto, buscadores de calor, bipolar, prozac, leotardos, pañales descartables, email, grabador de cinta, CD, bolsas de aire, frenos ABS, explosivo plástico, plásticos, robots, automóviles, liposucción, transfusión de sangre, superconductores, antenas parabólicas, TV por satélite, aerobic, ultrasonido, nylon, rayon, teflon, fibra óptica, túnel carpiano, cirugía láser, laparoscopía, transplantes de córnea, de riñón, de hígado, de corazón, SIDA, ... nada de esto habría tenido el menor significado para una persona en el año 1900. No sabría de qué demonios estamos hablando.

Bien, y ahora usted me dice que puede predecir el mundo de 2100. Dígame si realmente vale la pena pensar en ello. Nuestros modelos simplemente transportan nuestro presente al futuro. Están destinados a equivocarse. Cualquiera que lo piense un poco se da cuenta de eso.

Les recuerdo que en el tiempo de vida de la mayoría de los científicos que viven hoy, ya hemos tenido ejemplos de espantosas predicciones contradichas por las nuevas tecnologías. Me refiero a la Revolución Verde. En 1960, Paul Ehrlich dijo: "La batalla para alimentar a la humanidad ha terminado. En los años 70, el mundo sufrirá hambrunas - cientos de millones de personas morirán de hambre". Diez años más tarde, predijo que cuatro mil millones de personas morirían de hambre en los años 80, incluyendo a 65 millones de norteamericanos. Las hambrunas masivas predichas jamás ocurrieron, y ahora parece que jamás ocurrirán. Como tampoco se alcanzarán los números predichos hace diez años para la explosión poblacional. En 1990, los modelos climáticos anticiparon una población mundial de 11.000 millones para el 2100. Hoy, mucha gente piensa que la cifra correcta será de 7.000 millones, y decreciendo. Pero nadie lo sabe con certeza.

Pero es imposible ignorar lo estrechamente que se ajusta la historia del calentamiento global al patrón usado para el invierno nuclear. Lo mismo que los primeros estudios del invierno nuclear declararon que las incertidumbres e ignorancias eran tan grandes que las probabilidades jamás se podrían conocer, también los primeros pronunciamientos sobre el calentamiento global argumentaron fuertes límites para lo que se podría establecer con certeza sobre el cambio de clima.

El borrador del Informe 1995 del IPCC (preparado por los científicos) decía, "Toda afirmación sobre la posible detección de un cambio significativo del clima permanecerá siendo controvertida hasta que las incertidumbres en la total variabilidad natural del sistema climático se hayan reducido". También decía: "Ningún estudio a la fecha ha establecido positivamente y atribuido todo, o parte del cambio de clima observado, a causas antropogénicas". Esas declaraciones de los científicos autores del borrador fueron quitadas del texto final y, en su lugar, los miembros políticos del IPCC introdujeron lo siguiente. "El balance de las evidencias sugiere una discernible influencia humana sobre el clima".

Sin embargo, lo que está claro en este asunto es que la ciencia y la política se han mezclado de manera inextricable, hasta el punto en que será difícil, si no imposible, separarlas otra vez. Es posible para un observador imparcial hacer serias preguntas sobre la conducción de las investigaciones en el calentamiento global, tales como si estamos dando los pasos apropiados para mejorar la calidad de nuestros registros de datos observados, si estamos obteniendo sistemáticamente la información que clarificará las incertidumbres existentes o si tenemos un buen y desinteresado mecanismo para dirigir la investigación en esta área tan discutida.


La respuesta a estas preguntas es no. No lo tenemos.


Tratando de pensar sobre la manera en que estas cuestiones pueden resolverse, se me ocurre que en la progresión desde SET al invierno nuclear, al fumador pasivo, al calentamiento global, tenemos un mensaje muy claro, y es que podemos esperar en el futuro más y más problemas de políticas públicas que manejan asuntos técnicos; problemas de seriedad creciente, en donde la gente se preocupará apasionadamente en ambos lados.

Y en este momento no tenemos un mecanismo para obtener buenas respuestas. De modo que voy a proponer uno.

Del mismo modo en que hemos establecido una tradición de investigación de "doble ciego" para determinar la eficacia de las medicinas, también tenemos que instaurar la investigación de doble ciego en otras áreas políticas. De manera muy cierta, el exagerado uso de los modelos computerizados, tales como los MCG del clima, pide a gritos la separación de aquellos que diseñan los modelos de quienes los verifican. El hecho es que la actual estructura de la ciencia es empresarial, con equipos individuales de investigación compitiendo entre ellos por los fondos de organizaciones que, demasiado a menudo, tienen un claro interés en los resultados de la investigación (o tiene la apariencia de serlo, lo que puede llegar a ser peor). Esto no es saludable para la ciencia.

Tarde o temprano, tenemos que formar un instituto de investigación independiente. Tiene que estar financiado por la industria, por el gobierno y por la filantropía privada, tanto individuos como fundaciones y trusts. El dinero tiene que ir a un fondo común, de manera que los investigadores no sabrán quién les está pagando. El instituto deberá financiar a más de un equipo para hacer investigación sobre un área en particular, y la verificación de los resultados tendrá que ser un requisito predeterminado: los equipos sabrán que sus resultados serán verificados por otros grupos.

En muchos casos, quienes decidan la manera en que los datos serán recogidos no serán quienes los recojan, y quienes los recogen no los analizarán. Si tenemos que enfrentar a los registros de temperaturas con un rigor similar, estaríamos en el buen camino de comprender exactamente cuánta fe podemos poner en el calentamiento global, y en consecuencia, con cuánta seriedad debemos enfrentar esto.

Yo creo que, a medida que nos acercamos al final de esta letanía, algunos de ustedes pueden estar diciendo: "Bien, ¿y cuál es el problema, realmente? Cometimos algunos errores. Y algunos científicos han exagerado sus casos y están avergonzados. ¿Y qué pasa con eso?"

Le diré lo que pasa.

En años recientes, mucho se dijo sobre las afirmaciones posmodernistas sobre la ciencia, al efecto que la ciencia es sólo una forma más de poder básico, engañosamente entregada como reclamos especiales de búsqueda de la verdad y objetividad que realmente no tiene su base en los hechos. Se nos dice que la ciencia no es mejor que otra actividad. Estas ideas enfurecen a muchos científicos, y me enojan a mí. Pero eventos recientes me han hecho preguntarme si son correctas. Podemos tomar como ejemplo la recepción científica dada al estadístico danés Björn Lomborg, quien recientemente escribió un libro llamado El Ecologista Escéptico.

La comunidad científica respondió de una manera que sólo podemos describir como "desgraciada". En la literatura profesional hubo quejas de que Lomborg no tenía estatura a causa de que no es un científico especializado en ciencias de la tierra. Su editor, Cambridge University Press, fue atacado con gritos de que el editor debería ser echado de su puesto, y que todos los buenos científicos deberían evitar la editorial. El ex presidente de la AAAS[2] se preguntó sobre cómo Cambridge University Press pudo "haber publicado un libro que tan claramente no podría haber pasado la revisión de pares".

Pero por supuesto que el libro pasó la revisión de tres científicos de la tierra en ambos lados del Atlántico, y todos recomendaron su publicación. Pero, ¿qué hacen los científicos atacando una imprenta? ¿Es este un nuevo macartismo proveniente de los científicos?

Lo peor de todo fue el comportamiento del Scientific American, que pareció con intenciones de probar el punto posmodernista de que todo era sobre poder y no sobre hechos. El Scientific American atacó a Lomborg usando once páginas, y sólo descubrió nueve errores fácticos, a pesar de su afirmación de que el libro "estaba repleto de errores descuidados". Fue una pobre demostración caracterizada por viciosos ataques ad-hominem, incluyendo una comparación de Lomborg con un negador del Holocausto. El asunto fue descrito como "La ciencia se defiende a si misma del Ecologista Escéptico".¿Realmente tiene que defenderse la ciencia a si misma? ¿Es esto a lo hemos llegado?

Cuando Lomborg pidió espacio para rebatir a sus críticos, se le concedió únicamente una página y media. Lomborg dijo que no era suficiente, puso los ensayos de sus críticos en su página web y los respondió detalladamente. El Scientific American amenazó con infracción al "copyright", y le obligó a quitar esas páginas de Internet.

Posteriores ataques desde entonces han demostrado con claridad qué es lo que está sucediendo. Lomborg ha sido acusado de herejía. Por eso ninguno de sus críticos tiene que sustanciar sus ataques en detalle. Por eso los hechos no tienen importancia. Por eso pueden atacarlo de la manera más viciosa en términos personales. Es un hereje.

Por supuesto, cualquier científico puede ser acusado en la forma en que lo fue Galileo. Pero jamás me imaginé que vería al Scientific American vestido con el ropaje de la Madre Iglesia.

¿Es esto en lo se ha convertido la ciencia? Espero que no. Pero es en lo que se convertirá, a menos de que haya un esfuerzo concertado por los más importantes científicos para separar agresivamente la ciencia de la política. Philip Handler, ex presidente de la Academia Nacional de Ciencias, dijo que "los científicos sirven de la mejor manera a los intereses públicos viviendo dentro de la ética de la ciencia, y no en la de los políticos. Si la comunidad científica no desenmascara a los charlatanes, el público no podrá discernir la diferencia - la ciencia y la nación sufrirán". Personalmente, no me preocupa la nación. Pero me preocupa la ciencia.

Muchas gracias


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[1] Nota de Eduardo Ferreyra: En 1880, Elbert James, un "ecologista" de entonces, en un informe titulado Global 1900 -precursor del famoso Global 2000 de James Carter en 1980- profetizaba todo tipo de catástrofes debidas a la actividad perniciosa de la humanidad. Calculó que para 1900 la cantidad de guano de caballo producida por el aumento de la población equina de los EEUU - necesaria para mover tantos carruajes y transportar al aumento de población y actividad - llenaría un volumen tres veces el del Gran Cañón del Colorado!

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Comentarios para el Commonwealth Club

Por Michael Crichton

San Francisco, 15 de septiembre de 2005
Se me ha pedido hablar sobre cuál considero el mayor reto que tiene que afrontar la humanidad y tengo fundamentalmente una respuesta. El mayor reto que tiene que afrontar la humanidad es el reto de distinguir la realidad de la fantasía, la verdad de la propaganda. Conocer la verdad ha sido siempre un reto para la humanidad, pero en la era de la información (a la que considero más bien la era de la desinformación) se convierte en algo especialmente urgente e importante.

Debemos decidir diariamente si las amenazas que nos acechan son reales, si las soluciones que se nos ofrecen resultarán buenas, si los problemas que se nos dice que existen son de hecho problemas reales o no lo son. Cada uno de nosotros tiene un concepto del mundo y todos sabemos que ese concepto nos viene en parte dado por lo que otra gente y la sociedad nos dicen, en parte generado por nuestro estado emocional, que proyectamos hacia fuera, y en parte por nuestras auténticas percepciones de la realidad. En resumen, nuestro esfuerzo por determinar cuál es la realidad es un esfuerzo por decidir cuáles de nuestras percepciones son auténticas y cuáles son falsas porque nos las han inculcado o vendido o se han generado a través de nuestras propias esperanzas y temores.

Como ejemplo de este reto, hoy me gustaría hablar de ecologismo. Y con el fin de que no se me entienda mal, quiero dejar perfectamente claro que creo que nos incumbe vivir de forma que se tengan en cuenta todas las consecuencias de nuestras acciones, incluyendo las que afecten a otras personas y al medio ambiente. Creo que es importante actuar de forma que se respete el medio ambiente y creo que será siempre necesario pensando en el futuro. Creo el mundo tiene problemas reales y creo que puede y debería mejorarse. Pero también pienso que es tremendamente difícil decidir qué constituye una acción responsable y que las consecuencias de nuestras acciones son a menudo difíciles de prever. Pienso que nuestras pasadas formas de acción medioambiental son descorazonadoras, por decirlo suavemente, porque incluso nuestros esfuerzos mejor intencionados habitualmente se tuercen. Pero pienso que no reconocemos nuestros fallos anteriores ni los afrontamos directamente. Y creo saber por qué.

Yo estudié antropología en la universidad y una de las cosas que aprendí fue que ciertas estructuras sociales humanas siempre reaparecen. No pueden eliminarse de la sociedad. Una de esas estructuras es la religión. Hoy en día se dice que vivimos en una sociedad laica en la cual mucha gente (la mejor, la más ilustrada) no cree en ninguna religión. Pero pienso que la religión no puede eliminarse de la psique de la humanidad. Si suprimimos alguna forma, simplemente reaparece en otra. Podemos no creer en Dios, pero seguimos teniendo que creer en algo que dé sentido a nuestra vida y al mundo. Esa creencia es religiosa.

Hoy día, una de las religiones más poderosas del Mundo Occidental es el ecologismo. El ecologismo parece ser la religión que eligen los ateos urbanos. ¿Por qué digo que es una religión? Bueno, basta con mirar sus creencias. Si se miran con cuidado, vemos que el ecologismo es de hecho una perfecta reconfiguración del siglo XXI de los mitos y creencias tradicionales del judeocristianismo.

Hay un Edén inicial, un paraíso, un estado de gracia y unidad con la naturaleza, hay una caída de la gracia en un estado de contaminación como resultado de comer del árbol de la ciencia del bien y del mal y como consecuencia de nuestros actos hay por llegar un día del juicio para todos. Todos somos pecadores energéticos, condenados a morir, salvo que busquemos la salvación, que ahora se llama sostenibilidad. La sostenibilidad es la salvación en la iglesia del ecologismo. Igual que la comida orgánica es su comunión, esa hostia libre de pesticidas que ingiere la gente buena con las creencias correctas.

El Edén, la caída del hombre, la pérdida de la gracia, el juicio final que viene... son estructuras míticas profundamente enraizadas. Son creencias profundamente conservadoras. Incluso puede que estén impresas en el cerebro, por lo que sé. Sin duda no quiero disuadir a nadie de ellas, como no quiero disuadir a nadie de la creencia en que Jesucristo es el hijo de Dios que resucitó de entre los muertos. Pero la razón por la que no quiero disuadir a nadie es que no puedo hacerlo. No hay hechos a discutir. Son asuntos de fe.

Y eso es lo que pasa, tristemente, con el ecologismo. Cada vez más, parece que los hechos no son necesarios, porque los principios del ecologismo son creencias. Se trata de si vas a ser un pecador o salvarte. De si vas a estar en el lado de los salvados o de los condenados. De si eres uno de los nuestros o de los suyos.

¿Estoy exagerando? Me temo que no. Porque sabemos mucho más acerca del mundo de lo que sabíamos hace cuarenta o cincuenta años. Y lo que ahora sabemos no apoya demasiado ciertos mitos básicos del ecologismo, sin embargo los mitos no mueren. Examinemos algunas de esas creencias. No hay un Edén. Nunca lo ha habido. ¿Cuál fue el Edén del maravilloso pasado mítico? ¿Fue el tiempo en que la mortalidad infantil era del 80%, cuando cuatro de cada cinco niños morían de enfermedad antes de cumplir cinco años? ¿Cuando una mujer de cada seis moría al dar a luz? ¿Cuando la esperanza de vida era de 40 años, como en la de América hace un siglo? ¿Cuando las plagas se extendían por todo el planeta, matando a millones de golpe? ¿Fue cuando millones morían de hambre? ¿Fue entonces cuando hubo un edén?

¿Y qué hay de los pueblos indígenas, viviendo en un estado de armonía con el paradisíaco medio ambiente? Bueno, nunca lo vivieron. En este continente, los recién llegados que cruzaron el puente de tierra se establecieron inmediatamente expulsando a cientos de especies de grandes animales y lo hicieron varios miles de años antes de que llegara el hombre blanco para acelerar el proceso. ¿Y cuáles eran sus condiciones de vida? ¿De amor, paz y armonía? Difícilmente: los primeros habitantes del Nuevo Mundo vivieron en un constante estado de guerra. Generaciones de odio, de odios tribales y batallas constantes. Son famosas las tribus guerreras de este continente: comanches, sioux, apaches, mohicanos, aztecas, toltecas, incas. Algunos practicaban el infanticidio y los sacrificios humanos. Y aquellas tribus que no fueron ferozmente guerreras fueron exterminadas o aprendieron a construir sus pueblos en altos acantilados para tener ciertas medidas de seguridad.

¿Qué hay de las condiciones humanas en el resto del mundo? Los maoríes de Nueva Zelanda realizaban masacres habitualmente. Los dyak de Borneo eran cazadores de cabezas. Los polinesios, viviendo en un entorno lo más cercano al paraíso que puede imaginarse, batallaban constantemente y crearon una sociedad tan terriblemente restrictiva que podían perder la vida si pisaban la huella del pie de un jefe. Fueron los polinesios los que nos dieron el concepto de tabú, así como la misma palabra. El buen salvaje es una fantasía y nunca fue una realidad. El que todavía haya quien crea en él, 200 años después de Rousseau, demuestra la tenacidad de los mitos religiosos, su capacidad para perdurar a pesar de siglos de hechos que los contradicen.

Incluso hubo un movimiento académico a finales del siglo XX que afirmaba que el canibalismo era una invención del hombre blanco para demonizar a los pueblos indígenas (sólo académicos podrían plantear una batalla de este tipo). Hasta pasados treinta años los profesores no acordaron que sí, que de hecho el canibalismo aparece entre seres humanos. Mientras tanto, los montañeses de Nueva Guinea continuaron comiendo los cerebros de sus enemigos hasta que finalmente se les hizo entender que cuando lo hacían corrían el riesgo de contraer el kuru, una enfermedad neurológica mortal.

Más recientemente, los amables tasaday de Filipinas resultaron ser un truco publicitario, una tribu inexistente. Y los pigmeos africanos tienen una de las tasas de homicidios más altas del mundo.

En resumen, la visión romántica de un mundo natural como un feliz edén sólo la sostienen personas sin experiencia real acerca de la naturaleza. La gente que vive en la naturaleza no es en absoluto romántica. Pueden tener creencias espirituales acerca del mundo que les rodea, pueden tener un sentido de la unidad de la naturaleza o de la vida en todas sus formas, pero siguen matando animales y arrancando plantas para comer, para vivir. Si no lo hicieran, morirían.

Y si, incluso ahora, nos situáramos en medio de la naturaleza aunque sólo sea unos días, rápidamente se nos quitarían todas nuestra fantasías románticas. Hagan un safari por las junglas de Borneo y en poco tiempo tendrán la piel llena de llagas, bichos por todo el cuerpo, picándoles el pelo, entrándoles por la nariz y las orejas. Tendrían infecciones y molestias y si no estuvieran con alguien que sepa qué hacer, pronto morirían de hambre. Pero lo más probable es que incluso en las junglas de Borneo no experimenten la naturaleza tan directamente, puesto que habrán cubierto todo su cuerpo con repelente de insectos y estarían haciendo todo lo posible para mantener alejados a los bichos.

La verdad es que casi nadie quiere vivir la naturaleza real. Lo que quiere la gente es estar una semana o dos en una cabaña en el bosque, con cristales en las ventanas. Quieren una vida más simplificada por un tiempo, sin todos sus cachivaches. O un agradable descenso de un río de unos pocos días, con alguien que haga la comida en su lugar. Nadie quiere realmente volver a la naturaleza y nadie lo hace. Sólo es palabrería (y a medida que la población mundial se va convirtiendo en urbana, palabrería desinformada). Los granjeros saben de qué se trata. La gente de ciudad, no. Sólo es fantasía.

Una manera de evaluar la persistencia de la fantasía es tener cuenta la cantidad de gente que muere porque no tiene el más mínimo conocimiento acerca de cómo es la naturaleza en realidad. Se ponen junto a animales salvajes, como un bisonte, para sacarse una fotografía y mueren pisoteados, suben a una montaña con tiempo inestable sin el material apropiado y mueren congelados. Se ahogan entre las olas en vacaciones porque no pueden concebir el poder real de lo que despreocupadamente llamamos “la fuerza de la naturaleza”. Han visto el océano. Pero no han estado en él.

La generación de la televisión espera que la naturaleza actúe cómo ellos quieren. Piensan que todas las experiencias vitales pueden grabarse en vídeo. La idea de que el mundo natural siga sus propias normas y le importe un rábano lo que uno espera se les aparece en forma de choque brutal. La gente acomodada y educada en un entorno urbano tiene la capacidad de llevar su vida diaria a su manera. Compran ropa de su gusto y decoran sus casas como les parece. Dentro de ciertos límites, pueden conseguir un mundo urbano cotidiano que les guste.

Pero el mundo natural no es tan maleable. Por el contrario, reclama que te adaptes a él (y si no lo haces, mueres). Es un mundo duro, poderoso e inmisericorde, que la mayoría de los urbanitas occidentales jamás ha experimentado.

Hace muchos años, yo estaba haciendo senderismo en las montañas del Karakorum, al norte de Pakistán, cuando mi grupo llegó a un río que teníamos que cruzar. Era un río glaciar, de un frío helador y discurría muy rápido, pero no era profundo: tal vez tres pies como mucho. Mi guía puso cuerdas para que la gente se agarrara a ellas mientras cruzaba el río y todo el mundo, uno a uno, lo hizo con muchísimo cuidado. Pregunté al guía cuál era el problema de cruzar un río de tres pies de profundidad. Me dijo: bien, supongamos que usted se cae y sufre una fractura. Estamos a cuatro días de camino de la última población grande donde había una radio. Incluso si el guía volviera al doble de velocidad para obtener ayuda, tardaría al menos tres días antes de poder volver con un helicóptero. Si es que hubiera algún helicóptero disponible. Y en tres días, yo probablemente habría muerto por mis lesiones. Por eso es por lo que todo el mundo cruzaba con tanto cuidado. Porque en la naturaleza un pequeño resbalón puede ser mortal.

Pero volvamos a la religión. Si el Edén es una fantasía que nunca existió y la humanidad nunca fue noble, buena y amable, si no cayó en desgracia, ¿qué pasa con el resto de los principios religiosos? ¿Qué hay de la salvación, la sostenibilidad y el juicio final? ¿Qué hay acerca de la futura condena medioambiental de los combustibles fósiles y el calentamiento global, si no nos postramos de rodillas y conservamos todos los días?

Bueno, resulta interesante. Podemos haber advertido que últimamente falta algo en la lista del día del juicio. Aunque los predicadores del ecologismo durante cincuenta años han estado dando la alarma acerca de la población, en la última década las cifras de población mundial parecen haber experimentado un cambio inesperado. Las tasas de fertilidad disminuyen en casi todas partes. Como consecuencia, durante mi vida las sesudas predicciones sobre el total de población en el mundo han ido de un máximo de 20.000 millones, a 15.000 millones, a 11.000 millones (que era la estimación de la ONU hacia 1990), a los actuales 9.000 millones, y seguramente pronto será menor. Algunos piensan que la población mundial tocará techo en 2050 y después empezará a disminuir. Algunos predicen que en el 2100 habrá menos gente que ahora. ¿Es una razón para alegrarse, para decir aleluya? Sin duda no. De inmediato, escuchamos acerca de la inminente crisis de la economía mundial por la disminución de población. Escuchamos acerca de la inminente crisis por el envejecimiento de la población. Nadie, en ningún lugar dirá que los temores principales expresados durante la mayor parte de mi vida han resultado no ser ciertos. A medida que avanzábamos hacia el futuro, esas visiones del día del juicio desaparecieron, como un espejismo en el desierto. Nunca estuvieron ahí (aunque todavía aparecen, en el futuro). Como los espejismos.

Muy bien, entonces los predicadores se equivocaron. Hicieron una predicción errónea, son humanos. ¿Y qué? Desafortunadamente, no es solo una predicción. Son un montón. Se está acabando el petróleo. Se están acabando los recursos naturales. Paul Ehrlich: 60 millones de americanos morirán de hambre en los 80. Cuarenta mil especies se extinguen cada año. La mitad de las especies del planeta se extinguirán para el año 2000. Y más y más y más.

Con tantos fallos en el pasado, podríamos pensar que las predicciones medioambientales serían más cautelosas. Pero no: es una religión. Recordemos que el chalado en la acera llevando el cartel que predice el fin del mundo no se rinde cuando el mundo no termina el día que él espera. Simplemente cambia su cartel, fija un nuevo día del juicio y vuelve a recorrer las calles. Una de las características definitorias de la religión es que nuestras creencias no se ven alteradas por los hechos, porque no tienen nada que ver con los hechos.

Así que voy a darles algunos hechos. Sé que no han leído nada acerca de lo que les voy a decir en el periódico, porque los periódicos literalmente no informan de ellos. Puedo decirles que el DDT no es cancerígeno y no causa muertes a los pájaros y nunca debería haber sido prohibido. Puedo decirles que la gente que lo prohibió sabía que no era cancerígeno y lo prohibieron de todas formas. Puedo decirles que la prohibición del DDT ha causado la muerte de decenas de millones de gente pobre, principalmente niños, cuyas muertes son directamente atribuibles a una cruel sociedad occidental avanzada tecnológicamente que promovió la nueva causa del ecologismo creando una fantasía acerca de un pesticida y dañando así irrevocablemente al tercer mundo. La prohibición del DDT es uno de los episodios más desgraciados de la historia del siglo XX en América. Lo sabíamos bien y de todas formas lo hicimos, y dejamos morir a gente en todo el mundo sin que nos importara en absoluto.

Puedo decirles que el fumador pasivo no corre riesgo alguno ni lo ha corrido jamás, y la EPA siempre lo ha sabido. Puedo decirles que la evidencia del calentamiento global es mucho menor de lo que sus proponentes nunca admitirán. Puedo decirles que el porcentaje de terrenos urbanizados en EEUU, incluyendo ciudades y carreteras, es del 5%. Puedo decirles que el desierto del Sahara está disminuyendo de tamaño y el total de hielo de la Antártica se está incrementando. Puedo decirles que un grupo de expertos de máximo nivel concluyeron en la revista Science que no hay tecnología conocida que nos permita detener el incremento de dióxido de carbono en el siglo XXI. Ni la eólica, ni la solar, ni siquiera la nuclear. El grupo concluyó que era necesaria una tecnología totalmente nueva (como la fusión nuclear), y que en caso contrario no podía hacer nada y mientras tanto todos los esfuerzos serían una pérdida de tiempo. Decían que cuando los informes del IPCC de la ONU afirmaban que existían tecnologías alternativas y podrían controlar los gases de efecto invernadero, la ONU estaba equivocada.

Puedo detallar, con suficiente tiempo, los hechos que justifican estas opiniones y puedo citar los artículos apropiados que no aparecen en revistas de chalados, sino en las revistas científicas más prestigiosas, como Science y Nature. Pero esas referencias probablemente no importarán nada más que a un puñado de ustedes, porque las creencias de una religión no dependen de los hechos, sino más bien son materias de fe. Creencias inamovibles.

La mayor parte de nosotros ha tenido alguna experiencia en tratar con fundamentalistas religiosos y entendemos que uno de sus problemas que no se ven a sí mismos en perspectiva. Nunca reconocen que su manera de pensar es sólo una de muchas otras posibles y que pueden ser igual de buenas o útiles. Por el contrario, creen que su manera es la correcta, todas las demás son erróneas, están en el negocio de la salvación y quieren ayudarnos a ver las cosas de la forma correcta. Quieren ayudar a salvarnos. Son totalmente rígidos y no les interesan los puntos de vista opuestos. En nuestro moderno y complejo mundo, el fundamentalismo es peligroso a causa de su rigidez y su impermeabilidad a otras ideas.

Quiero defender que es nuestro momento para realizar un gran cambio en nuestro pensamiento acerca del medio ambiente, similar al que se produjo en torno a primer Día de la Tierra en 1970, cuando se expresó por primera vez esta inquietud. Pero esta vez necesitamos sacar al ecologismo de la esfera de la religión. Necesitamos acabar con las fantasías míticas y las predicciones apocalípticas. En su lugar, necesitamos empezar a hacer ciencia pura y dura.

Hay dos razones por las que pienso que todos necesitamos librarnos de la religión en el ecologismo.

En primer lugar, necesitamos un movimiento medioambiental y ese movimiento no es muy efectivo si resulta ser como una religión. Sabemos por la historia que las religiones tienden a matar gente y el ecologismo ya ha matado en distintos lugares entre 10 y 30 millones de personas desde los años 70. No es una buena cifra. El ecologismo necesita estar absolutamente basado en ciencia objetiva y verificable, necesita ser racional y flexible. Y necesita ser apolítico. Mezclar preocupaciones medioambientales con las fantasías fanáticas que tiene la gente sobre un partido político u otro es olvidar la fría verdad: que hay poca diferencia entre los partidos, excepto en su retórica. Al esfuerzo por promover legislación eficaz para el medioambiente no le ayuda pensar que los demócratas nos salvarán y los republicanos no. No olvidemos qué presidente fundó la EPA: Richard Nixon. Y no olvidemos qué presidente otorgó licencias petrolíferas federales, permitiendo las perforaciones en Santa Bárbara: Lyndon Johnson. Así que dejemos la política aparte cuando pensemos en el medio ambiente.

La segunda razón para abandonar la religión ecologista es más apremiante. Las religiones piensan que lo saben todo, pero la triste realidad del medio ambiente es que nos vemos con sistemas evolutivos increíblemente complejos y normalmente no estamos seguros de cuál es la mejor manera de proceder. Los que están seguros demuestran así su tipo de personalidad o su sistema de creencias, no su nivel de conocimiento. Nuestra actuación en el pasado, por ejemplo, gestionado parques naturales, es humillante. Nuestro esfuerzo de cincuenta años sobre la supresión de fuegos forestales es un desastre bienintencionado del que nuestros bosques nunca se recuperarán. Necesitamos ser humildes, profundamente humildes, a la vista de lo que intentamos hacer. Necesitamos probar varios métodos para hacer las cosas. Necesitamos ser abiertos para examinar los resultados de nuestros esfuerzos y flexibles al sopesar necesidades. Las religiones no son buenas para ninguna de estas cosas.

¿Cómo nos las arreglaremos para arrancar el ecologismo de las garras de la religión y volver a hacer de él una disciplina científica? Hay una respuesta sencilla: debemos establecer requisitos más estrictos para lo que constituye el conocimiento en el entorno ecologista. Estoy absolutamente harto de supuestos hechos politizados que simplemente no son verdad. No es que esos “hechos” sean exageraciones de una verdad subyacente. Tampoco que ciertas organizaciones depuran el caso para presentarlo de la manera que más les interesa. En absoluto: lo que están haciendo cada vez más grupos es presentarnos sus mentiras, pura y simplemente. Mentiras que saben que son falsas.

Esta tendencia empezó como la campaña contra el DDT y se mantiene hasta hoy día. En este momento, la EPA está politizada sin remisión. Siguiendo a Carol Browner, probablemente sea mejor cerrarla y empezar de nuevo. Lo que necesitamos es una organización más cercana a la FDA. Necesitamos una organización que sea despiadada en la consecución de resultados verificables, que financie proyectos de investigación idénticos a más de un grupo y así todos en este campo se harán honrados rápidamente.

Porque al final la ciencia nos ofrece la única manera de evitar la política. Y si permitimos que la ciencia se politice, estamos perdidos. Entraremos la versión Internet de las épocas oscuras, una era de crecientes temores y prejuicios salvajes, transmitidos a la gente que no conoce nada mejor. No es un buen futuro para la raza humana. Es nuestro pasado. Así que es el momento de abandonar la religión del ecologismo y volver a la ciencia del ecologismo y basar firmemente en él nuestras decisiones políticas públicas.

Muchas gracias.

martes, 28 de octubre de 2008

El conocimiento de la ignorancia, por Karl Popper

Me doy cuenta, una vez más, de lo poco que sé, y ello me hace recordar la vieja historia que Sócrates contó por primera vez en su juicio. Uno de sus jóvenes amigos, un miembro del pueblo de nombre Querefon, había preguntado al dios Apolo en Delfos si existía alguien más sabio que Sócrates, y Apolo le había contestado que Sócrates era el más sabio de todos. Sócrates halló esta respuesta inesperada y misteriosa. Pero, después de varios experimentos y conversaciones con todo tipo de personas, creyó haber descubierto aquello que el dios había querido decir; por contraste de todos lo demás, él, Sócrates, se había dado cuenta de lo lejos que estaba de ser sabio, de que no sabía nada.

Pero lo que el dios nos había querido decir a todos nosotros era que la sabiduría consistía en el conocimiento de nuestras limitaciones y, lo más importante de todo, en el conocimiento de nuestra propia ignorancia. Creo que Sócrates nos enseñó algo que es tan importante hoy en día como lo fue hace 2.400 años. Y creo que los intelectuales, incluso científicos, políticos y, especialmente aquellos que trabajan en los medios de comunicación, tienen hoy la imperiosa necesidad de aprender esta vieja lección que Sócrates trató en vano de enseñarnos.¿Pero, es eso cierto? ¿No sabemos hoy, acaso, muchísimo más de lo que sabía Sócrates en su época? Sócrates tenía razón, debe admitirse, al ser consciente de su ignorancia: en efecto, él era ignorante sobre todo si lo comparamos con lo que sabemos hoy en día. Efectivamente, el reconocer su ignorancia fue un gesto de gran sabiduría por su parte. Pero hoy se dice que nuestros investigadores y científicos contemporáneos no son simples buscadores, sino también descubridores. Porque saben mucho: tanto que el gran volumen de nuestro conocimiento científico se ha convertido en un grave problema; los nuevos descubrimientos se publican a tal velocidad que es imposible que nadie pueda estar al día.

¿Podría ser que incluso ahora debamos seguir construyendo nuestra filosofía del conocimiento sobre la tesis de Sócrates de nuestra falta de conocimiento?La objeción es correcta, pero únicamente después de haberla modificado radicalmente mediante cuatro comentarios muy importantes: Primero, la idea de que la ciencia sabe mucho es correcta, pero la palabra conocimiento se usa aquí, al parecer inconscientemente en un sentido que es completamente distinto del significado que se le da a la palabra conocimiento cuando se usa, con énfasis, en el lenguaje diario. Sin embargo, el conocimiento científico simplemente no es un conocimiento cierto. Está siempre abierto a revisión. Consiste en conjeturas comprobables -el mejor de los casos-, conjeturas que han sido objeto de las más duras pruebas, conjeturas inciertas.Es conocimiento hipotético, conocimiento conjetural. Este es mi primer comentario, y por sí mismo es una amplia defensa de la aplicación a la ciencia moderna de las ideas de Sócrates: el científico debe tener en cuenta, como Sócrates, que él o ella no sabe, simplemente supone. Mi segundo comentario sobre la observación de que nosotros sabemos tanto hoy en día es éste: con casi cada nuevo logro científico, con cada solución hipotética de un problema científico, el número de problemas no resueltos aumenta; y asimismo aumenta el grado de su dificultad; de hecho, ambos aumentan a una velocidad superior a la que lo hacen las soluciones! Y sería correcto decir que mientras nuestra ignorancia, nuestra creciente ignorancia es infinita. Mi tercer comentario es éste: cuando decimos que hoy sabemos más que lo que sabía Sócrates en su época, que nuestro conocimiento conjetural es mayor, esto es probablemente incorrecto en tanto que nosotros interpretamos el saber en un sentido subjetivo. Probablemente, ninguno de nosotros sabe más, en cuanto a almacenar mayor información en nuestra memoria; más bien, somos conscientes de que hoy en día se sabe muchísimo más y acerca de muchísimas más cosas diferentes que en los tiempos de Sócrates.

Tenemos aquí una cuarta razón para decir que Sócrates estaba en lo cierto, incluso hoy. Porque este anticuado conocimiento personal consiste en teorías que se han demostrado son falsas. Por ello, tenemos cuatro razones que nos demuestran que incluso hoy, la idea de Sócrates "Sólo sé que no sé nada", es una idea de palpitante actualidad, pienso que aún más que en tiempos de Sócrates. Y tenemos razones, en defensa de la tolerancia, para deducir de la idea de Sócrates aquellas consecuencias éticas que fueron deducidas, en sus tiempos, por el propio Sócrates, por Erasmo, por Montaigne, Voltaire, Kant y Lessing. Y debemos incluso deducir algunas otras consecuencias. Los principios que son el fundamento de cada diálogo racional, es decir, cada discusión encaminada a la búsqueda de la verdad son, de hecho, principios éticos. Me gustaría expresar tres de esos principios éticos.(a) El principio de la falibilidad: Quizá yo esté equivocado y quizá usted tenga razón, pero desde luego, ambos podemos estar equivocados.(b) El principio del diálogo racional: Queremos de modo crítico -pero por supuesto, sin ningún tipo de crítica personal- poner a prueba nuestras razones a favor y en contra de nuestras variadas (criticables) teorías. Esta postura crítica pone a prueba nuestras razones a favor y en contra de nuestras variadas (criticables) teorías. Esta actitud crítica a la que estamos obligados a asumir es parte de nuestra responsabilidad intelectual.(c) El principio de acercamiento a la verdad con la ayuda del debate. Podemos casi siempre acercarnos a la verdad, con la ayuda de tales discusiones críticas impersonales (y objetivas), y de este modo podemos casi siempre mejorar nuestro entendimiento; incluso en aquellos casos en los que no llegamos a un acuerdo.Es extraordinario que esos tres principios sean epistemológicos y, al mismo tiempo sean también principios éticos. Porque implican, entre otras cosas, tolerancia: si yo puedo aprender de usted, y si yo quiero aprender en el interés por la búsqueda de la verdad, no sólo debo tolerarle como persona, sino que debo reconocerle potencialmente como a un igual.

El principio ético que nos guíe deberá ser nuestro compromiso con la búsqueda de la verdad y la noción de una vía para llegar a la verdad y un acercamiento a ella. Sobre todo, deberíamos entender que nunca podremos estar seguros de haber llegado a la verdad; que tenemos que seguir haciendo críticas, autocríticas, de lo que creemos haber encontrado y, por consiguiente tenemos que seguir poniéndolo a prueba con espíritu crítico; que tenemos que esforzarnos mucho en la crítica y que nunca deberíamos llegar a ser complacientes y dogmáticos. Y también debemos vigilar constantemente nuestra integridad intelectual, que junto con el conocimiento de nuestra falibilidad nos llevará a una actitud de autocrítica y de tolerancia.Por otra parte, también es de gran importancia darnos cuenta que siempre podemos aprender cosas nuevas, incluso en el campo de la ética.

Me gustaría demostrar lo anterior por vía de un examen de la ética de los profesionales, la ética de los intelectuales, la ética de los científicos, médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, directores, y, muy importante, de los periodistas y de la gente influyente del mundo de la televisión; también de los funcionarios, y sobre todo, de los políticos. Me gustaría proponerles algunos principios de una nueva ética profesional, principios que están estrechamente relacionados con las ideas éticas de tolerancia y de honestidad intelectual. Con este fin voy a describir primero la antigua ética profesional y, quizá, caricaturizarla un poco, para luego compararla y contrastarla con la nueva ética profesional que deseo proponer aquí.Hay que reconocer que la antigua ética profesional se basó, como también se basa la nueva, en los conceptos de verdad, de racionalidad y de responsabilidad intelectual. Con la diferencia de que la antigua ética se basó en el concepto de conocimiento personal y en la idea de que es posible llegar al conocimiento cierto, o al menos acercarse lo más posible.

Por esta razón, el concepto de autoridad personal desempeñó un papel importante en la antigua ética profesional. En contraste, la nueva ética se basa en el concepto de conocimiento objetivo, y de conocimiento incierto. Esto exige un cambio radical en nuestra manera de pensar. Lo que tiene que cambiar es el papel desempeñado por los conceptos de verdad, racionalidad, honestidad intelectual y responsabilidad intelectual.

Mi sugerencia es que la nueva ética profesional que propongo aquí se base en los doce principios siguientes, con los cuales termino mi discurso:

(a) Nuestro conocimiento objetivo conjetural continúa superando con diferencia lo que el individuo puede abarcar. Por consiguiente: no hay autoridades. Esta importante conclusión también se puede aplicar a materias especializadas y a campos específicos de investigación.

(b) Es imposible evitar todos los errores, e incluso todos aquellos que, en sí mismos, son evitables. Todos los científicos cometen equivocaciones continuamente. Hay que revisar la antigua idea de que se pueden evitar los errores y que, por tanto, existe la obligación de evitarlos: la idea en sí encierra un error.

(c) Por supuesto, sigue siendo nuestro deber hacer todo lo posible para evitar errores. Pero precisamente para evitarlos debemos ser conscientes, sobre todo, de la dificultad que esto encierra y del hecho de que nadie logra evitarlos.

(d) Los errores pueden estar ocultos al conocimiento de todos incluso en nuestras teorías mejor comprobadas; así, la tarea específica del científico es buscar tales errores. Descubrir que una teoría bien contrastada, o que una técnica usual práctica son erróneas, podría ser un descubrimiento de máxima importancia.

(e) Por lo tanto, tenemos que cambiar nuestra actitud hacia nuestros errores. Es aquí donde hay que empezar nuestra reforma práctica de la ética. Porque la actitud de la antigua ética profesional nos obliga a tapar nuestros errores, a mantenerlos secretos y a olvidarnos de ellos tan pronto como sea posible.

(f) El nuevo principio básico es que para evitar equivocarnos, debemos aprender de nuestros propios errores. Intentar ocultar la existencia de errores es el pecado más grande que existe.

(g) Tenemos que estar continuamente al acecho para detectar errores, especialmente los propios, con la esperanza de ser los primeros en hacerlo. Una vez detectados, debemos estar seguros de recordarlos, examinarlos desde todos los puntos de vista para descubrir por qué se cometió el error.

(h) Es parte de nuestra tarea el tener y ejercer una actitud autocrítica, franca y honesta hacia nosotros mismos.

(i) Puesto que debemos aprender de nuestros errores, asimismo debemos aprender a aceptarlos incluso con gratitud, cuando nos los señalan los demás. Y cuando llamamos la atención a otros sobre sus errores deberíamos siempre tener en cuenta que los científicos más grandes los han cometido.

(j) Tenemos que tener claro en nuestra propia mente que necesitamos a los demás para descubrir y corregir nuestros errores (de la misma manera en que los demás nos necesitan a nosotros) y, sobre todo, necesitamos a gente que se haya educado con diferentes ideas en un mundo cultural distinto. Así se logra tolerancia.

(k) Debemos aprender que la autocrítica es la mejor crítica, pero que la crítica de los demás es una necesidad. Tiene casi la misma importancia que la autocrítica.

(l) La crítica racional y no personal (u objetiva) debería ser siempre específica: hay que alegar razones específicas cuando una afirmación específica, o una hipótesis específica, o un argumento específico nos parece falso o no válido. Hay que guiarse por la idea de acercamiento a la verdad objetiva. En este sentido, la crítica tiene que ser impersonal, pero debería ser a la vez benévola.

*Conferencia con motivo de la concesión del doctorado "Honoris causa" de la Universidad Complutense de Madrid - España, en 1991. Esta traducción apareció en Diario 16 de Madrid