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jueves, 24 de abril de 2008

Entrevista a André Glucksmann

“No es a Sarkozy a quien admiro, es al elector capaz de votar a alguien que no sea de origen francés”

André Glucksmann, filósofo, intelectual, provocador. El último sobresalto lo provocó al anunciar su voto por Sarkozy tras ser un adolescente comunista, promover la desmarxización de la intelectualidad francesa y anunciar que el Mayo del 68 había muerto. Acaba de publicar el relato autobiográfico “Una rabieta infantil”, donde explica su trayectoria



"Tienes que votar al candidato que es más de izquierdas ¡aunque él lo ignore! Quiero que cada ciudadano decida qué es la izquierda, no los aparatos"
Aparece con aspecto sombrío aunque la “politesse” le sube desde los tejanos hasta el pelo Warhol (“antes tenía mucho más, pero al menos es mío”). Sigue jugando a desconcertar. Su biografía, “Una rabieta infantil” (Taurus), da algunas claves. Bautizado Edgar André en honor de un comunista que los nazis decapitaron, de los tres a los siete años tiene dos primeros apellidos “Rivière y Glucksmann” Y dos identidades. Vivir en la Francia ocupada exige esas cosas. La adaptación será una constante en su vida: ocupación, liberación, revolución, disidencia.

De familia emigrada, austriaca, judía y resistente, consigue zafarse gracias a la valentía de su madre, que evita que él y sus dos hermanos, a punto de subir a un “tren de la muerte”, acaben siendo víctimas del exterminio nazi. Cuando André cumple diez años, ella le deja escoger: “¿Quieres venir conmigo a Viena o quedarte en Francia?”. Escoge Francia. “Lo que a muchos les puede parecer una atrocidad de pregunta, a mí me resulta un acto de amor, el respeto total a mi libertad, y lo recuerdo con ternura”. A ella le dedica Glucksmann (“hombre fortuna” en alemán) su libro.

El apóstol del Mayo del 68 se ha pasado la vida tirando naipes. Se hizo comunista a los 13 años, se convirtió al marxismo para luego protagonizar la desmarxización de la inteligencia francesa (“ciertos odios rancios todavía dan fe de ellos”), practicó el anticomunismo primario (“aunque nunca conocí la angustia de traicionar a la clase obrera”) y, a pesar de todo, sigue diciendo que se siente de izquierdas. Tras gritar que el Mayo del 68 ha muerto, para muchos de sus huérfanos la última “boutade” de Glucksmann ha sido dar su voto a Sarkozy.

¿Qué dará Sarkozy a Francia?

Pues no lo sé. Yo siempre he sentido desconfianza de los políticos. Pero lo que nos ha propuesto puede ser interesante. ¿Que cumplir á sus promesas? Evidentemente, protestaré si no las cumple. Ni a Mitterrand ni a Chirac los derechos humanos les importaban para nada. Trabajaban con déspotas en África, en Asia, en Europa. Sarkozy dice que debemos enarbolar la bandera de los derechos humanos. Somos el único país del mundo que en campaña electoral ha hablado de las masacres más terribles, Chechenia, Darfur. Después de los intelectuales, Sarkozy ha sido el primer político que lo ha planteado.

Entonces habrá que darle los cien días de confianza…

Incluso desconfío de los cien días. Los cien días de Napoleón acabaron en Waterloo.

¿Le duele que algunos de sus amigos (o ex amigos, no sé) como Henry-Levy, estén en desacuerdo con su apoyo a Sarkozy?

¡Gracias a Dios! ¡No al monolitismo! Pero los dos estamos de acuerdo con lo de Chechenia y Darfur. Pensamos que la lucha contra los totalitarismos está por encima de izquierdas y derechas. Sartre y Aron se reconcilian después de 25 años de injurias al luchar por los derechos humanos; el muro de Berlín, en las mentes, cayó en París 15 años antes de que cayera materialmente. Pero ni Henry-Levy me dice que yo soy un perro ni yo a él. Era Sastre quien decía que un anticomunista era un perro.

¿Es crimen el silencio?

A un escritor austriaco le preguntaron: “¿Cree que todos los alemanes eran nazis?“ Él respondió: “No. Sin embargo, todos los europeos, en conjunto, han sido culpables del crimen de la indiferencia. El “crimen de la indiferencia” lo encuentro en todas partes. Ha habido tres genocidios en el siglo XX y hemos dejado que se produjesen.

Dos “cegueras mundiales”: quienes creen que el mundo marcha bien y quienes creen que ya no tiene solución. ¿Cuál es peor?

El optimista es el que se creyó que con la caída del muro de Berlín se acababan las grandes batallas. Voltaire te dice primero “vivimos en el mejor de los mundos posibles”, y después “el mundo va mal”. Es maniqueo. Y el pesimista es el que cree que la desaparición de la capa de ozono es nuestro destino trágico. No digo que no haga faltar luchar para salvar los árboles, pero los ecologistas catastrofistas deben darse cuenta de que en la naturaleza también hay .humanos. y que son masacrados.

Supongamos que yo he creído siempre que soy de izquierdas, supongamos que no quiero renunciar a sus principios generales, pero tampoco caer en su sectarismo… ¿Hacia dónde voy?

Venga conmigo.

¿Y dónde está usted?

Tienes que votar al candidato que es más de izquierdas ¡aunque él lo ignore! ¿Qué es la izquierda? Quiero que cada ciudadano decida lo que es la izquierda. Pero no los aparatos. Que ser hombre o mujer de izquierdas sólo consista en votar por una lista me parece una locura, desde hace mucho tiempo. ya iba al instituto.

En Francia había dos grandes partidos de izquierdas.

Por lo tanto yo pensaba ingenuamente que ser de izquierdas era estar de acuerdo con cualquiera de ellos. Pero había un problema. El socialista mandaba a 500.000 soldados franceses a Argelia, y el comunista aprobaba los tanques en Budapest que disparaban contra los pobres civiles. Entonces pensé: ¿son ellos los que tienen que decidir lo que es la izquierda? Yo era anticolonialista. Alguien dice hoy que el modelo francés no funciona y son responsables izquierdas y derechas. Ése es Sarkozy.

¿Y Ségolène?

Es la que dice: “El paro perdura desde hace cinco años debido a la mayoría de derechas”. No digo que Sarkozy logre resolver el conflicto, pero lo pone sobre la mesa. ¡El destino de los más humildes debería ser prioridad de la izquierda! ¡Al menos, por eso me hice yo de izquierdas!

Dice usted que la filosofía no es de izquierdas ni derechas, que es francés por voluntad y filósofo porque así le empezaron a llamar .

Hay más cosas entre el cielo y la tierra, y también en los infiernos, de lo que puedan soñar la izquierda y la derecha, ya lo avanzó Shakespeare.

¿Se siente ideólogo, filósofo o intelectual?

Intelectual no sé lo que es. Probablemente es una persona que escribe o que habla. Un profesor ¿es intelectual? ¡Pero si los profesores critican a los intelectuales y éstos dicen que su colega no es un verdadero intelectual sino un imbécil! Rousseau y Voltaire se denunciaban recíprocamente ante la policía. La relación entre escritores siempre ha sido la jungla.

Sólo nos quedan el ideólogo y el filósofo.

Diferencia extremadamente difícil. A menudo, el uno es el otro. Yo diría que el ideólogo propone soluciones globales y el filosofo tiene por profesión (como el escritor) hacer visibles las cosas que no se quieren ver. Hacer pensar lo impensable. La filosofía, al menos la mía, consiste en enfrentarme a la realidad más brutal: el telediario vespertino. Y una experiencia encarnada en tu madre te permite pensar mejor sobre la realidad del siglo que cualquier tratado abstracto de filosofía.

Quiso hacer la entrevista de pie. Ahora el traductor dice que Glucksmann se siente cómodo, que podemos sentarnos. Respiro. Se quita la corbata después de hacerse la foto, la dobla con los dedos de una sola mano y la mete en el bolsillo.

Le pregunto si siente que ha sido más cobarde que su madre.

La valentía es circunstancial. Lanzar una piedra contra el consenso de intelectuales o políticos, en democracia, sólo exige un poquito de audacia. Pero no es la valentía ante la muerte. Las decisiones que tomó mi madre muchos intelectuales no hubieran sido capaces de tomarlas. He conocido a mujeres en Argelia, durante el peor periodo del integrismo islámico, periodistas, profesoras de matemáticas, condenadas a muerte, que no abandonaban la ciudad. Honestidad, sencillamente. Igual que mi madre, igual que las mujeres chechenias que se manifiestan ante los tanques rusos. O las profesoras de Teherán que a pesar de la represión continúan impartiendo seminarios, no sobre temas políticos, sino sobre la gran literatura occidental. Les leen “Lolita”. Eso es precioso... El siglo XX ha sido un gran punto de inflexión: las mujeres han sido tomadas como diana. Antes, la guerra era cosa de guerreros. Pero en Ruanda abrieron mujeres en canal, de los genitales a la cabeza…

"Cada uno de mis compromisos imbéciles, cada uno de mis errores, ha sido una traición para personas que luego han muerto por ideología"
Insiste en que su infancia fue una serie de maletas que se abrían y se cerraban, “no había un hogar, había domicilios”. ¿De ahí su desarraigo?


Por suerte, en estas maletas mi madre siempre metía las sinfonías de Beethoven y las obras de Zweig. Siempre había algo permanente. Yo estoy contentísimo de haber sido un desarraigado.

El hombre, por naturaleza, es bueno para Rousseau, malo para Hobbes, apasionado para Diderot y salvaje para Voltaire. ¿En quién se reconoce?

Desde siempre la violencia es fundamental en el ser humano. Aprende a comer carne a la brasa, pero inventa el fuego para incendiar a su vecino. Nunca seré tan optimista como Rousseau, pero creo en la voluntad civilizadora, la educación.

¿Siente que ha traicionado a alguien?

Claro que sí. Cada uno de mis compromisos imbéciles, cada uno de mis errores, ha sido una traición para personas que luego han muerto por ideología. Lo mío fue una cobardía. Un estudiante que se cree maoísta durante un año no transforma al mundo. Pero el malestar de millones de ciudadanos chinos que morían a causa de Mao, pues sí. Es una traición.

¿Qué les dice a quienes siguieron sus postulados? ¿Por qué van a creerle? ¿Cómo sé que dentro de diez años no me dirá lo contrario?

Pues sí, tiene razón. No me crean. La voluntad de creer en alguien para delegarle el peso del pensamiento es un error. Admito cuánto me equivoqué.

Si el Mayo del 68 ha muerto, ¿algún consejo a sus supervivientes para navegar mejor?

Algunos han muerto, otros se han olvidado de las aventuras de juventud. Les diría que no conviertan en fetiche un acontecimiento que en su conjunto fue positivo. Para mí fue una fiesta. Lo que ha ocurrido con Sarkozy es otro Mayo del 68 electoral. Como entonces, ha cambiado la mentalidad de los franceses. Que hayan elegido un presidente hijo de emigrantes, que se ha casado con una divorciada y está corriendo el riesgo de volver a divorciarse. es algo extraordinario. Yo sé que Luis XV tenía muchas amantes y Mitterrand y Chirac. Sin embargo, nunca fue oficial.

Hasta el día del funeral, cuando se sentaban todas juntas en el mismo banco de la iglesia.

Era una situación hipócrita. Ahora, no. Pero no es a Sarkozy a quien admiro, es al elector capaz de votarle, de elegir a alguien que no sea de origen francés desde los últimos trescientos años y tenga una mujer descendiente de Albéniz que además dice, con cierto deseo de provocación, que ella no tiene ni una gota de sangre francesa.

En su libro no explica cuál ha sido la historia de amor de su vida.

En amor, hablar de uno mismo es extremadamente arriesgado. Pero hablar en lugar de los otros ya es abusivo, a menos que seas un grandioso escritor como Proust. Pero, fundamentalmente, es mi mujer.

Siempre hay puntos suspensivos.

Porque no puedo hablar en el lugar de esas mujeres. Pero le diré una cosa: si yo fui a las primeras manifestaciones de Mayo del 68 es porque me lo dijo mi mujer: “O vienes, o nos separamos”. Yo era un intelectual un poco cerrado, ella era más abierta.

El terrorismo, escribe usted, para el gobierno ruso y chino, es “aquel que cuestiona el poder establecido”. Entonces usted es un terrorista de la palabra.

Un periódico muy cercano al gobierno ruso dijo: “Uno de los asesores de Sarkozy es André Glucksmann”. Y añadieron: “Glucksmann es patológicamente enemigo de Rusia”. ¿Porque critico a Putin? Siento un amor loco por la literatura rusa, por su música, por aquellos que resisten como Politovskaia, que era amiga mía. ¿Patológico? Entonces hay que encerrarle. ¡Ese es el método soviético! Le daré otro ejemplo. Un periodista de “Le Monde” le pregunta a Putin: “¿Cree que su acción en Chechenia es dañina para la democracia?”. Y él le contesta: “Si le gustan tanto los musulmanes venga a Moscú, le circuncidaremos”.

¿De napoleonitis cómo vamos?

Para Napoleón, Hitler, Putin, el terrorista es el enemigo del Estado. Para mí, esa es una opinión despótica. Definir a los primeros guerrilleros españoles como terroristas, los campesinos que se resistieron a Hitler, los independentistas... Terrorista es el ser armado que amenaza, intimida o masacra a una población civil desarmada.

¿Por qué no cree que llegue una tercera guerra mundial?

Ni siquiera creo en el choque final entre Oriente y Occidente. Porque las principales víctimas del integrismo islámico no son occidentales, son musulmanes.

¿Las imágenes que ofrecen los periodistas en televisión son nuevas “flores del mal”?

Son imágenes que pueden suscitar una reacción posthistórica, de desesperanza absoluta. Como dijo Baudelaire, "el mundo es una carroña". Pero conozco a periodistas admirables. Un ejemplo. Empieza las masacres que se convertirán en el genocidio de Ruanda. Yo no sé nada, nada, de Ruanda. Miro la televisión un mediodía. Una reportera dice: "Aquí se pide a la gente que enseñen su DNI. Si son tutsis, se les pone a un lado de la carretera y se les mata". Ella dice eso. Eso es Baudelaire. Pero dice algo más: "Yo he podido pasar porque llevo pasaporte francés". Quince años después le di las gracias porque aquello fue una chispa en mi mente: algo no andaba bien en la diplomacia francesa.

Tengo entendido que le obsesionan los últimos segundos de lucidez del moribundo.


Mis fotogramas, antes de morir, aparte del atontamiento que me producirán los fármacos contra el dolor, creo que serán un pensamiento emocionado para los míos. A mi familia, que me ha soportado.

Entrevista de Nuria Escur para La Vanguardia (27/05/2007)

miércoles, 3 de octubre de 2007

"Vivimos aterrados": Entrevista a Zygmunt Bauman

Zygmunt Bauman (Poznam, Polonia, 1925), uno de los últimos sabios europeos, creó hace tiempo un concepto clave para comprender el mundo actual : la “modernidad líquida”, o cómo la vida, los conceptos, las certezas, son hoy más inestables y líquidos que nunca, a pesar de que, también más que nunca, el hombre está huérfano de referencias consistentes. Algo que proclama de sí mismo (“lo único sólido en mi vida es Janine, mi esposa desde hace sesenta años”) y que ahora confirma bienhumorado desde su casa de Leeds, mientras se aferra a su pipa, ajeno a la ola de prohibicionismo que recorre el mundo. Se siente desbordado por sus compromisos pero no renuncia a nada, “aunque, ¿qué quiere?, ya sólo soy un anciano que piensa lentamente”. Alto y delgado, casi transparente, el sociólogo polaco acaba de entregar su próximo libro, Liquid fears (Miedos líquidos), ha estado en Dinamarca impartiendo unas conferencias, y acaba de publicar en España Europa, una aventura inacabada (Losada). Además, el próximo miércoles interviene en el ciclo de “Muros de Europa. Nuevas preguntas a viejas respuestas” que Círculo Lateral organiza con Caixaforum en Barcelona.


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Jubilado emérito por la universidad de Leeds, ciudad inglesa en la que vive desde hace más de treinta años, Zygmunt Bauman contempla su vida con más optimismo que nostalgia. Atrás quedó su Polonia natal, de donde huyó con su familia (judía y paupérrima) del terror nazi de 1939, rumbo a la Unión Soviética. Tras su paso por el ejército polaco en el frente ruso, regresó a Polonia y fue profesor en la Universidad de Varsovia durante años, pero una feroz campaña antisemita le hizo exiliarse de nuevo en 1968. La Universidad de Tel Aviv fue su destino, tampoco definitivo, porque también ha impartido clases en Estados Unidos y Canadá. Tres años más tarde se instaló en Gran Bretaña, donde sigue viviendo, rodeado de libros y recuerdos de una Europa que ya no existe y que sigue resultando, tras un siglo convulso, una “aventura inacabada”. De eso trata el último libro que ha publicado en España, pero él anda ya enredado en el siguiente, Liquid fears, que dentro de poco verá la luz en Gran Bretaña.

Miedos líquidos, miedos modernos
–Empecemos por el final... ¿qué es Liquid fears?
–Es un inventario de los miedos modernos. También un intento de descubrir las fuentes comunes de esos terrores, los obstáculos que se acumulan en el camino de su descubrimiento, y las maneras de desactivarlos o hacerlos inofensivos. Este libro, en otras palabras, no es sino una invitación para reflexionar sobre el comportamiento y para actuar reflexivamente, pero no un libro de recetas ni de fórmulas mágicas. Su único propósito es el de alertarnos para estar preparados ante la tarea que todos nosotros, sin duda alguna, vamos a tener que asumir a lo largo de la mayor parte del presente siglo si queremos que la humanidad pueda sentirse al final del mismo más segura y confiada de lo que se siente en sus comienzos.

–¿Le parece entonces que vivimos más asustados que nunca?
–Desde luego. Verá, desgraciadamente una de las pocas cosas que no escasean en nuestros días, carentes por otra parte de certezas y seguridad, son precisamente ocasiones para estar aterrorizado. Los temores son muchos y variados, reales e imaginarios... un ataque terrorista, las plagas, la violencia, el paro, terremotos, tornados, el hambre, enfermedades, accidentes, al otro... Gentes de muy diferentes clases sociales, sexo y edades, se sienten atrapados por sus miedos, personales, individuales e intransferibles, pero también existen otros globales que nos afectan a todos. El problema, sin embargo, es que esos temores no son fáciles de asimilar.

–¿Por qué?
–Porque, como nos golpean uno a uno, en una sucesión constante aunque azarosa, desafían nuestros esfuerzos (si es que en realidad hacemos esos esfuerzos) de engarzarlos y seguirles la pista hasta encontrar sus raíces comunes, que es en realidad la única manera de combatirlos cuando se vuelven irracionales. Todos juntos resultan mucho más aterradores al ser tan difícil comprenderlos, pero sobre todo nos espeluznan por el sentimiento de impotencia que nos despiertan. Tras fracasar en nuestro intento por comprender sus orígenes y su lógica (si es que el miedo tiene alguna lógica), tenemos que reconocer que estamos también a oscuras y tan petrificados cuando aparecen como para tomar precauciones –por no mencionar cómo prevenir los peligros que anuncian o luchar contra ellos. Nosotros simplemente carecemos de las herramientas y de las habilidades necesarias para aprovecharlos. Los peligros que tememos sobrepasan con mucho nuestra capacidad de reacción.

–¿Por qué parece que no hay solución?
–Porque aunque los temores que atormentan a la mayoría suelen ser muy similares, cada uno intenta combartirlos de manera individual, y en la mayor parte de los casos con recursos inadecuados. Sería más eficaz combatir el miedo uniendo nuestros recursos, pero en esta sociedad individualizada parece imposible una acción solidaria.

–Hablando de miedos, ¿a qué se debe que los europeos nos sintamos en un mundo tan hostil?
–Quizá porque antes creíamos que el resto del mundo nos debía hospitalidad. Kapuscinski asegura que el humor del planeta ha cambiado de manera casi subterránea. El dominio económico y militar europeo no tuvo rival los cinco últimos siglos, de manera que Europa actuaba como punto de referencia y se permitía premiar o condenar las demás formas de vida humana pasadas y presentes, como una suerte de corte suprema. Bastaba con ser europeo, dice Kapuscinski, para sentirse el amo del mundo, pero eso ya no ocurrirá más: pueblos que hace sólo medio siglo se postraban ante Europa muestran una nueva sensación de seguridad y autoestima, así como un crecimiento vertiginoso de la conciencia de su propio valor y una creciente ambición para obtener y conservar un puesto destacado en este nuevo mundo multicultural, globalizado y policéntrico.

–Y eso afecta al papel de Europa en el mundo...
–Por supuesto. Hoy ningún no europeo cree que lo que ocurre en Europa puede afectar a su vida de verdad. Lo que realmente importa ocurre ahora en otro escenario, así que la presencia europea es cada vez menos visible, tanto física como sobre todo espiritualmente. De ahí la abrupta caída de la autoconfianza de los europeos, y el renovado interés por una “nueva identidad europea” útil en el juego planetario actual, en el cual las reglas y las apuestas han cambiado drásticamente y continuarán cambiando lejos del control e incluso de la influencia de Europa.

–¿Y no puede hacer nada para recuperar protagonismo?
–Claro, pero para eso antes debe renunciar a jugar un papel secundario, debe dejar de resignarse y de creer que no puede hacer nada para mejorar el estado del mundo. Si admitimos, con George Steiner, que es absurdo suponer que Europa podrá rivalizar con el poder económico, militar y tecnológico de Estados Unidos y de los nuevos imperios asiáticos, resulta evidente que el papel europeo ha de referirse al espíritu y al intelecto.

–Es decir, que si no puede aferrarse a la geopolítica ni a la economía, le quedan los valores.
–Exactamente. Europa puede y debe intentar hacer del planeta un lugar más hospitalario, conforme a unos valores distintos a los que representa y promueve la superpotencia americana. El “genio” de Europa es su diversidad, ese prodigioso mosaico linguístico, cultural y social que a menudo hace que una distancia en apariencia trivial, como podrían ser 20 kilómetros, marque una división entre mundos. Por eso Europa se echará a perder si no lucha por sus idiomas, sus tradiciones locales y su autonomía social, por sus valores, por lo que representa en la historia de la Humanidad, si olvida, en definitiva, que “Dios está en los detalles”. Como decía Kafka, si no encuentras nada en los pasillos, abre las puertas; si no encuentras nada tras las puertas, busca en los demás pisos; y si no encuentras nada ahí, no te preocupes, sube las escaleras. Mientras sigas subiendo, las escaleras no terminarán. Porque se están acumulando demasiadas evidencias de que la única superpotencia mundial está fracasando en su intento de conducir al planeta a una coexistencia pacífica; más aún, nos está conduciendo a un desastre inminente.

La eficacia del terror
–Una afirmación muy radical.
–Tal vez, pero no hay duda alguna de que, en términos de armas de destrucción masiva, Estados Unidos no tiene igual, pues gasta anualmente una suma equivalente al gasto militar conjunto de los siguientes 25 países, pero su poderío militar no garantiza mayor seguridad...

–¿Cómo es posible?
–Porque emplea de manera ina-decuada su maquinaria militar. Antes de enviar sus tropas a Iraq, Donald Rumsfeld aseguró que “ganaría la guerra cuando los americanos se sintieran seguros de nuevo”. Pero el envío de tropas a Iraq disparó el nivel de inseguridad en Estados Unidos y en todas partes. Lejos de disminuir, los espacios sin ley, los campos de actuación del terrorismo internacional han crecido hasta al-
canzar dimensiones inconcebibles. Han pasado cuatro años y el terrorismo ha ido cobrando fuerzas –extensiva e intensivamente– año a año. Los atentados terroristas se han sucedido en Tunez, Bali, Mombasa, Riad, Estambul, Casablanca, Jakarta, Madrid, Sharm el Sheik y Londres; además, según el Departamento de Estado Americano, de los 651 actos terroristas “significativos” de 2004, 198 sucedieron en Iraq, nueve veces más que un año antes (sin contar los ataques diarios a las tropas americanas), cuando, paradójicamente, las tropas habían sido enviadas con la misión explícita de terminar con la amenaza terrorista. Iraq, desgraciadamente, se ha convertido en un aviso del poder y la eficacia del terror, proque cada bomba americana provoca más terrorismo.

Bauman sigue desgranando las ideas que le han hecho popular en el mundo intelectual. Conceptos como el de “modernidad líquida”, que explican cómo vivimos en plena era del cambio y del movimiento perpetuo: “los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen. Como la desregulación, la flexibilización o la liberalización de los mercados”. O conceptos tan provocadores y desolados como el de “desechos humanos” para referirse a los parados, que hoy son considerados, a su juicio, “gente superflua, excluida, fuera de juego”. Explica Bauman que hace medio siglo los desempleados formaban parte de una suerte de reserva del trabajo activo que aguardaba en la retaguardia del mundo laboral una oportunidad. Ahora, en cambio, “se habla de excedentes, lo que significa que la gente es superflua, innecesaria, porque cuantos menos trabajadores haya, mejor funciona la economía. Esta es una consecuencia de la globalización. La otra es que eres realmente superfluo. La economía sería mejor si desaparecieras, de modo que los excedentes son una especie de desaparecidos”. Y dice más. Que la neutralidad moral es “imposible” y que “quien la sostiene se miente a sí mismo”.

Un pesimista esperanzado
Y, a pesar de todo, a pesar del miedo que centra sus estudios y reflexiones y que nos impide ser libres, Bauman a menudo se ha autorretratado como un “pesimista esperanzado”, porque, insiste, “yo no soy optimista pero tengo esperanza. Hay una diferencia entre optimismo y esperanza. El optimista analiza la situación, hace un diagnóstico y dice, por ejemplo, hay un veintinco por ciento de posibilidades, etc. Yo no digo eso, sino que tengo esperanza en la razón y la consciencia humanas, en la decencia. La humanidad ha estado muchas veces en crisis. Y siempre hemos resuelto los problemas. Estoy bastante seguro de que se resolverá, antes o después. La única verdadera preocupación es cuántas víctimas caerán antes. No hay razones sólidas para ser optimista. Pero Dios nos libre de perder la esperanza”. Y de ser derrotados por el miedo, claro está. Líquido o no.

Nuria AZANCOT

El Cultural.es