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miércoles, 22 de octubre de 2008

Las Élites Políticas, por Monserrat Baras


1.- LAS ÉLITES COMO OBJETO DE ESTUDIO

Las teorías sobre las élites políticas surgen en Europa a finales del siglo XIX. La segunda mitad del siglo se ha caracterizado en toda Europa por los grandes cambios económicos, sociales y políticos. La renovación tecnológica provinente de la Revolución industrial, la modificación de la relación entre la ciudad y el campo, los cambios en la estructura demográfica que todo ello comporta ha producido los grandes movimientos revolucionarios de finales de siglo. Es el momento de expansión de las teorías revolucionarias marxistas y anarquistas, de crecimiento de la A.I.T., y también de una nueva reflexión sobre la democracia al hacerse sentir los efectos de la expansión del sufragio masculino. En definitiva, es un momento histórico de grandes convulsiones sociales que deja ver el papel de las masas en la vida social y política. Ante ello se hará necesario replantear la política y el papel de los dirigentes en las decisiones del Estado.


Las reflexiones se dan en un primer momento desde una óptica antidemocrática, en su sentido más genuino, y así serán transmitidas como corriente mayoritaria en la Ciencia Política. El estudio de las élites, el elitismo, tiene como trasfondo teórico una valoración negativa del papel de las masas: quien ha de defender el sistema político son las élites, la clase dirigente; las masas son un peligro para la estabilidad del sistema, cualquier mecanismo que sirva para hacerlas participar en las decisiones políticas es peligroso. Son por tanto teorías antiparlamentarias, y obviamente limitadoras de la expansión del sufragio. Pero también surgen como teorías antimarxistas, como veremos más adelante, aún cuando retazos de esta teoría la podemos ver en Lenin y su teoría del partido político.

Pero las teorías elitistas irán penetrando en los conceptos democráticos cuando se vea la necesidad de compaginar el concepto de democracia con la realidad del poder político, y sobre todo cuando desde perspectivas democráticas se pretenda estudiar los mecanismos reales del poder. ¿Quiénes son los que realmente toman las decisiones políticas? Y es en este momento cuando nos encontramos los estudios empíricos de élites políticas en Europa y de élites sociales en Estados Unidos.


2.- EL TERMINO Y EL CONCEPTO

El vocablo "élite" ha nacido, por tanto, como un término valorativo. Y en los distintos estudios tanto empíricos como teóricos se utilizan diferentes vocablos, lo que nos demuestra una ausencia de teoría sistemática (Ysmal, 1985) (1).

Se utilizan los términos: personal político, leaders, profesionales de la política, clase política, "decisión makers". Como se puede ver alguno de estos vocablos es valorativo y conduce a una posición: la élite a la masa, el leader al seguidor, el profesional al amateur. Pero también los hay puramente descriptivos: el "personal político". Alguno nos muestra un objeto ya definido, otros nos remiten a la búsqueda de los límites del objeto. Hemos escogido el término clásico "élite" por ser el vocablo tradicional, con el que se inicia la reflexión teórica sobre el papel de los dirigentes en los sistemas democráticos. Pero restringimos su ámbito a la denominada élite política, es decir, exclusivamente, a aquellos dirigentes que ocupan posiciones de predominio en las instituciones del Estado, por lo que no entran en el análisis las capas dirigentes de ámbitos sociales, económicos, etc.

El concepto de élite proviene del término "élire" y nos sugiere la capacidad moldeadora de grupos sociales (Beyme, 1977) (2), implica la omnipresencia
del poder. En todos los grupos sociales hay una minoría que dirige, que se eleva sobre los demás, que sobresale. El poder no recae ni en uno ni en todos, sino siempre en una minoría: la élite.

Como teoría política surge como ya hemos dicho en el siglo XIX, (es el período de creación de los grandes "ismos" políticos), pero es además de una teoría, el intento de ser ciencia política, de dotar de nivel científico la reflexión sobre la política. Y así, en contradicción con el marxismo opone la primacía de lo político sobre lo económico y lo social, y también la pretensión de ser un método de reflexión válido en todos los sistemas políticos, es decir, en todas las latitudes y períodos, y no sólo para el estudio de la sociedad capitalista.


3.- LA ÉLITE Y LA DEMOCRACIA


Como han pretendido sus iniciadores el estudio de las élites nos permite estudiar el sistema político en su globalidad. Lo que hemos de hacer es cambiar el punto de mira, desde la abstracción del estado o del poder a las personas concretas que lo realizan. Es decir, se puede estudiar un sistema político a través de sus élites. El estudio de las élites es uno de los posibles enfoques hacia el sistema político, ya que nos permite plantear las grandes preguntas de la ciencia política: quién manda, para qué y cómo manda.(Jiménez de Parga, 1960) (3)

En la reflexión teórica actual, y también desde su nacimiento, el gran tema al estudiar el papel de las élites es el concepto de democracia: cómo podemos o hemos de compaginar la democracia, no sólo como técnica de elección sino sobre todo como valor, con la realidad elitista del poder político.
Si pensamos que los sistemas del mundo occidental son sistemas democráticos, o al menos poliarquías —utilizando el concepto de Dahl—, ¿cómo los podemos compaginar con la realidad democrática muy alejada de aquél gobierno de todos, rousseauniano? En la reflexión clásica y como creadores de la escuela elitista encontramos a Mosca, Pareto, Michels, a los que Burnham denomina "los maquiavelistas", también Weber reflexiona sobre la naciente clase política. En la reflexión actual encontramos a Schumpeter, Dahl, y en nuestra área europea a Birnbaum, Cayrol, Parodi, Ysmal, etc. Los primeros, desde la teoría de la democracia, los últimos con obras empíricas.

Los maquiavelistas no pretendían la reconciliación de la élite con la democracia, por el contrario era la idea antagónica. Si los sistemas de gobierno desde Aristóteles han sido clasificados como el gobierno de uno, de pocos o de todos, la democracia es el gobierno de todos, y por tanto antagónico al gobierno de pocos, de una élite. Pero, como inicia G. Mosca, en todos los sistemas de gobierno mandan unos pocos; todos los gobiernos son el gobierno de la minoría, la minoría organizada, que precisamente mandan por que están organizadas, lo que caracteriza al poder de la élite es su organización. Y esto es bueno tanto para Mosca como para Pareto, para Michels es inevitable: toda organización segrega una minoría que se hace con el poder.

Siguiendo a Bachrach podemos decir que las teorías elitistas consideran que:

1. El objetivo del gobierno es salvaguardar y promover los intereses de la comunidad.
2. Las masas son intrínsecamente incompetentes.
3. Las masas son materia inerte y moldeable o seres ingobernables y desenfrenados que minan la cultura y la gobernabilidad.
4. Es necesaria la élite creativa dominante (Bachrach, 1967)(4).

Excepto el primer punto en el que también están de acuerdo las teorías democráticas, se parte de la consideración del papel destructivo de las masas. Pensamiento no extraño si tenemos en cuenta el momento histórico en el que se desarrollan inicialmente estas teorías. Pero además, los maquiavelistas consideran que todos los procesos sociales se explican por la distinción entre la élite y la masa. Y la finalidad última de la élite es la conservación del poder, mientras que a la mayoría de los gobernados no les interesa el poder. Para el mantenimiento del poder se pueden utilizar todos los medios, pero son intrínsecos a la minoría el engaño y la violencia, las actuaciones racionales juegan un papel secundario (Beyme, 1977, pág. 352). El problema de las teorías democráticas será el hacer compatible los valores democráticos con la inevitabilidad de la élite en el mundo contemporáneo.

4.- LOS PRIMEROS TEÓRICOS

Se considera a Gaetano Mosca (1858-1941) como al padre de la teoría elitista. En su obra se encuentran la mayoría de los problemas del elitismo. Su biografía marca los temas de su obra. Es catedrático de Ciencia Política, es senador y colaborador periódico del "Corriere della Sera", por lo que suma una vertiente teórica con una práctica política y sobre todo como un espectador interesado de la vida política en un Estado reciente como es el italiano de principios de siglo. Su pretensión teórica es dotar al estudio de la política, que se encuentra en estado de preciencia, de una sistemática que pueda convertirla en ciencia política. Para ello se ha de huir de la metafísica, se ha de combatir el materialismo histórico y se ha de elaborar un sistema positivo.

Con este fin realiza un cambio visual desde el Estado hacia la clase política, de un objeto abstracto al núcleo concreto de las personas que poseen el poder. Y también hace un descubrimiento: cualquier gobierno está regido por una minoría organizada.

Mosca estudia esta clase política en las dos vertientes de la formación y la organización. De ahí deducirá la tendencia de la élite a hacer cristalizar su poder, es decir a instituir la herencia como método de perpetuarse en el poder; y otra tendencia contraria de las nuevas fuerzas sociales a establecer la elección en la formación de las élites. La historia dice que la primera tendencia es la triunfadora y que la elección, es decir la capacidad de las nuevas élites para penetrar en el poder es sólo una corrección de la tendencia dominante que es la herencia, o la cooptación.

Pero lo que da poder a la élite es su organización. La organización es "el complejo de procedimientos empleados por los que pertenecen a la clase superior para mantener su propia cohesión y ejercer su dominio", de aquí saldrán las tres "ces" de Meisel: conciencia de grupo, coherencia y conspiración (Meisel, 1962)(5).

La organización, la unidad de objetivos hace inevitable el dominio de la élite: "un centenar de hombres que actúan en concierto pueden derrotar a un millar disperso" (Mosca, pág. 51) (6). En la segunda edición de su obra Elementi di Scienza Política (1923) varía su valoración del sistema representativo. Si en su primera edición el enemigo a combatir era el gobierno representativo, posteriormente descubre su utilidad. Un organismo político puede ser inmortal si es capaz de renovarse de continuo; y puede hacerlo si incorpora instituciones electivas que permitan a las clases inferiores ingresar en las superiores, lo que hace que la clase gobernante conste de varias minorías organizadas sometidas a impulsos difusos y antagónicos. Pero Mosca no será nunca un demócrata, y para él, una élite abierta a las masas significa sólo la capacidad de absorber individuos talentosos y ambiciosos. Como dice Bachrach las masas no son para Mosca más que una fuente de aprovisionamiento (Bachrach, 1967, pág. 40).

El tema de la organización ya presente en Mosca cobra con Michels especial relieve. Robert Michels (1876-1936), alemán, miembro del S.P.D., y amigo personal de Max Weber es otro de los exponentes del "maquiavelismo". Aquí nos interesa porque si Mosca había estudiado la élite desde una perspectiva voluntariamente antidemocrática, Michels nos la presenta como la irremediable evolución del sistema político. En este sentido ha sido considerado por la teoría política como un traidor a la democracia. En su libro Los partidos políticos enuncia la "ley de hierro de la oligarquía", "quien dice organización dice oligarquía". Esta ley predice que toda estructura compleja segrega para su propio funcionamiento un sistema de organización racional, jerarquizada, que requiere una burocracia (vivir de y para la política, en términos de Weber).

El precio de esa burocracia es la concentración del poder en la cumbre. Este poder proviene de los conocimientos superiores, es decir, el acceso a la información, el control de los medios internos de comunicación y el desarrollo de la pericia en el arte de la política. La élite segrega intereses propios desde el momento en que logra consolidarse. Unos son comunes al resto de la élite, otros serán propios de su organización, de tal manera que el interés prioritario de la élite es mantenerse como tal y por tanto todo ataque a ella es un ataque a la organización, todo faccionalismo es malo y las críticas a los líderes se convierten en críticas a la organización.

La teoría de Michels cobra mayor impacto debido a que su estudio se refiere al S.P.D., partido que representaba al núcleo de izquierdas, democrático, más fuerte en Europa occidental. Si el núcleo motor de la democracia es un partido oligárquico incapaz de establecer la democracia interna quiere decir que no hay un futuro democrático sino oligárquico. Pero si abstraemos esta conclusión pesimista del futuro de la democracia podemos ver en Michels muchos de los temas que también están en Weber y como éste es un antecedente inmediato de la teoría de partidos de Duverger.

Max Weber (1864-1920) también alemán, nos interesa sobre todo en una obra menor El político y el científico (1919), que consta de dos conferencias recogidas en un volumen, en el que se completan ideas desarrolladas en su Economía y sociedad. Max Weber nos describe la aparición de la burocracia como elemento definidor del Estado Moderno; la creación de funcionarios cualificados, que constituyen el cuerpo de la Administración, y casi paralelamente, poco más tarde, la aparición de políticos profesionales, a los que define como el personal que vive para la política y de la política (7) y considera que "la existencia de partidos y de lucha por el electorado da unas características especiales al «político profesional»", y señala por primera vez un tema que será esencial en el estudio de las élites: la divergencia de intereses entre el funcionario y el político, al que ve sobre todo como miembro del Parlamento.

Describe los dos grandes modelos de evoluciones de las relaciones entre los políticos y los funcionarios estatales. El primero se produce en Alemania, en donde la dinastía conserva el poder apoyándose en el funcionariado frente al Parlamento. El segundo se produce en Inglaterra en donde el Parlamento logra imponerse al monarca y los partidos crean políticos profesionales.

En esta evolución describe el partido transformado en empresa, que tiene como objetivo no sólo su ideología declarada, sino sobre todo el control sobre la distribución de cargos (8). Cuando la política se transforma en empresa se hace necesario la preparación metódica del individuo: la profesionalización del político. Hace un examen de quiénes son los políticos profesionales. Inicialmente lo eran las capas sociales tradicionales: el clérigo, los literatos humanistas, la nobleza cortesana, la "gentry". Pero desde el Estado racionalizado se destacan dos figuras, el abogado moderno y el periodista que personifica al demagogo. El partido desde que es empresa se convierte en "una empresa de interesados", que divide a los individuos en dos clases: los interesados, los que participan y acceden a la élite, y los desinteresados, los inactivos.

Max Weber nos describe dos grandes etapas en la evolución de los partidos desde su surgimiento. Desde su aparición como séquitos de la aristocracia, a los partidos de masas como el S.P.D. Los primeros son partidos de notables en los que la maquinaria está compuesta por los clubs y los periodistas, en esta fase el partido sólo funciona en época electoral. El poder reside en el partido parlamentario. En una segunda etapa los partidos se conforman como partidos de masas que se caracterizan por las contribuciones regulares de sus miembros, y una organización del partido estable basada en funcionarios del partido, "cazadores de cargos" (9). Formalmente se produce una acentuada democratización, pero el poder, la dirección del partido, incluso por encima del parlamento, caerá en manos de los funcionarios del partido, aquellos que viven de un sueldo pagado por él. Volvemos, pues, al tema de Michels de la concentración del poder en la cumbre. Las connotaciones con Michels son claras, pero también están aquí las ideas de Mosca.

Sin embargo Weber no será considerado nunca un "maquiavelista". La literatura política les asignará a estos autores papeles diferentes. En todos ellos el núcleo de reflexión pasa del Estado a cómo se hace eficaz el poder político, a los detentadores del poder, pero éste es el período en el que la escuela dominante, sobre todo en Alemania, es la de la dogmática jurídica, y la reflexión se hace sobre el Estado.

Las teorías de estos tres autores escogidos, que se ubican muy cercanos en el tiempo y en el espacio, tienen grandes rasgos comunes pero también diferencias. Quizás la mayor es el papel asignado a las masas, desculturizador y destructor en Mosca, incapaz en Michels y neutro en Weber. El punto común es situar a la élite como punto de mira para observar el poder. Todas ellas son también teorías antisocialistas y antimarxistas.

5.- EL DEBATE ACTUAL SOBRE LAS ÉLITES


El debate sobre el modelo de democracia, sobre el "inevitable" papel de las élites y sobre la representatividad —a quiénes o a qué representan—, que se había dado en Mosca, Michels y Weber, se reabre en el período de entreguerras y tras la Segunda Guerra Mundial. El debate se produce sobre todo en U.S.A. y posteriormente en Europa, aunque su objeto de estudio es distinto.

El debate americano se centra en las distintas élites sociales de las que la élite política es una subespecie, por el contrario los estudios europeos se realizan sobre las élites políticas, las que personifican el poder de las instituciones del Estado. El distinto papel que el Estado juega en sus relaciones con la sociedad, en Estados Unidos y en Europa, influye en toda la estructura de los estudios universitarios de ciencias sociales y también en la investigación en ciencia política, teniendo como consecuencia una diferente amplitud del objeto estudiado.

Estas teorías tienen dos puntos comunes, el primero es que se dan siempre desde posturas no marxistas, incluso en C. W. Mills la élite no es nunca una clase social. Otro punto común en la discusión es que nunca se centra en la democracia ideal. A pesar de que el tema de la democracia es esencial en Schumpeter, Dahl y Sartori, y está en los demás autores, aunque no de forma explícita, no se discute que el sistema occidental es un sistema democrático y tampoco que quien posee el poder son las élites. El núcleo central del objeto de estudio es quién manda, cómo, en beneficio de qué, y si la minoría es o no plural.

C. W. Mills, Dahl y Riesman ofrecen tres versiones distintas de modelos de élite. Para Mills hay unidad de la élite y coherencia de intereses. Para Riesman hay una indeterminación del poder, el poder está más disperso de lo que se cree, lo que hay son grupos de veto, grupos de defensa. Para Dahl hay pluralidad de élites especializadas; depende del tema, lo ejerce una y otra élite, y percibe una cierta preponderancia del político elegido. Tanto Riesman como Dahl elaboran su teoría en oposición a la teoría de unidad de la élite de Mills. (Kornhauser, 1972)(10).

La concepción de como ha evolucionado el poder en U.S.A. es común en todos ellos, pero se diferencian en su percepción de la ubicación en la sociedad actual norteamericana. Para Mills (1956)" tras la Segunda Guerra Mundial surge un nuevo grupo de poder compuesto por directores de corporaciones del mundo de los negocios, que junto con las élites gubernamentales y los militares forman la "élite del poder"; todos ellos tienen intereses comunes, comparten códigos y valores además de intereses materiales, ya que provienen del mismo origen social, adscripción religiosa y centros de
educación.

Mills divide la sociedad en tres capas. En el vértice de la pirámide la élite del poder; en el nivel medio una pluralidad diversificada y equilibrada de intereses de grupo, donde se encuentran los sindicatos y los lobbies; y en la base de la pirámide se encuentra la sociedad de la masa, gente desorganizada, atomizada y controlada desde arriba, apática y sin sentido político. Esta estructura de poder es, más que el mando y la persuasión, la manipulación y el secreto a través de los medios de comunicación de masas.
En contraposición con las teorías de Mills, Riesman señala que en la pirámide sólo hay dos escalones, no existe la élite del poder (1953)(12), sólo hay grupos de veto, que se corresponden con el segundo escalón de la pirámide de Mills. Hay núcleos de intereses que mandan con manipulación y la tolerancia de los otros grupos no interesados. Es decir, hay competencia monopolista. Al haber grupos de veto que contienen poder limitado, el poder tiende a dispersarse. Los temas generales de la sociedad tienden a ser tratados con ineficacia ya que no hay interés de un grupo, y por el contrario cualquier jefatura se verá limitada por los grupos de veto que son grupos de defensa más que de mando.

Dahl expone su teoría sobre las élites en su más que conocido estudio sobre la población de New Haven (13), con el método que define como decisional, en contraposición con el reputacional utilizado por Floyd Hunter. La intención de la obra es refutar la teoría de la unidad de la élite de C. W. Mills y confrontar su modelo poliárquico con la realidad. Después de repasar la historia de New Haven, en la que una oligarquía ha dominado desde el principio, escoge tres decisiones importantes y sigue su evolución: la nominación de los candidatos de los partidos, la renovación urbana y la enseñanza pública. Constata que en cada una de ellas intervienen un número muy pequeño de líderes, con un ritual aparentemente democrático, que hay una total ausencia de dirigentes económicos excepto en la renovación urbana, y sobre todo un no encabalgamiento de los distintos dominios.

Es decir, hay una especialización de los líderes, excepto del alcalde que ha participado en todas las decisiones. La conclusión podría ser que es el alcalde quien gobierna ayudado por líderes especializados, bajo el control indirecto del pueblo. No hay una élite, sino pluralidad de élites especializadas y rivales. El sistema funciona por los regateos entre los líderes. Volvemos a encontrar aquí la tendencia a la profesionalidad de la política que ya se encontraba en Weber.

Para que la poliarquía funcione es necesario un acuerdo sobre los valores básicos, el intermedio de los partidos políticos, la llamada periódica al electorado, una cierta igualación de las condiciones socioeconómicas y un reclutamiento continuo de nuevas élites.

Estas teorías elitistas implican un concepto de Estado y de sus relaciones con la sociedad, es decir, un concepto de democracia. Ante la democracia radical de Rousseau o el concepto de lucha de clases de Marx, la teoría elitista había surgido como una teoría antidemocrática, pero la teoría elitista de la postguerra ha de ser considerada como una teoría democrática que considera la democracia representativa como la única posible, y ésta implica la existencia de una élite política dirigente que ocupa la cúspide del Estado.

Ante la teoría marxista del dominio de la burguesía, la teoría liberal acepta la división en clases de la sociedad pero considera que la burguesía no manda, al menos no toda, sólo determinadas capas. Y como expone Aron "la burguesía en el poder sigue siendo la burguesía, mientras que los proletariados en el poder ya no son proletariados". (Aron, 1960, pág. 15)(14).

El tema esencial reside en saber cómo son las capas dirigentes, cómo es el personal político y que relaciones mantienen con las élites sociales, económicas, militares, etc. Estas relaciones nos definirán el "tipo de Estado" (Birnbaum, 1977, pág. 184) (15).

La democracia política puede existir cuando el Estado crea su propia élite dirigente autónoma, plural por su origen social y permeable a las fuerzas sociales nuevas, por lo que los intereses generales pueden ser definidos y llevados a término por el aparato estatal. Para ello la élite política (distinta a la económica y social, por el sufragio universal) necesita apoyarse en la élite burocrática para conseguir independizarse de las élites económicas. Las relaciones entre élite política y la élite administrativa, los funcionarios, es un tema esencial en los estudios de élites europeos. Birnbaum nos señala que si la maquinaria estatal es débil el personal político ha de apoyar a la clase económicamente dominante, y produce una autonomía política muy frágil.

A mayor institucionalización de la maquinaria estatal la burocracia se hace homogénea y funcional y se puede hablar de independencia del Estado. La élite política se hace independiente del sistema social, y se entra en una doble dinámica contradictoria: la representación social, y su independencia de las clases económicamente dominantes. (Birnbaum, 1988) (16).

Las tendencias contemporáneas han producido un reforzamiento importante de la maquinaria estatal, incluso en aquellos países de los que se ha expuesto habitualmente su debilidad. En todos ellos ha ido en aumento el papel del alto funcionario y una intensa penetración de esta alta burocracia en la élite política, más claramente visible en los escalones altos del Estado pero también en los niveles locales. Este es uno de los temas preponderantes en los actuales estudios sobre el personal político.

6.- LOS ESTUDIOS EMPÍRICOS SOBRE LAS ÉLITES

En los estudios empíricos sobre las élites políticas se parte de la profesionalidad del político como un presupuesto teórico básico, que ha sido expuesto por todas las aportaciones, o dicho de otra manera, las élites políticas son independientes. Esto es decir que hay en ellas un "cursus honorum" que construye intereses individuales superpuestos a los intereses generales.

Sin embargo esta independencia no significa una escisión de la evolución de la sociedad. Como se ha estudiado desde Mosca, la élite pertenece a los estratos más fuertes de su sociedad, es decir, no todas las capas sociales nutren a la élite de la misma manera. Siempre hay arquetipos, hay "privilegiados y excluídos" (Ysmal, 1985) (17).

Podemos ver en los estudios empíricos, como ya se había sabido a nivel teórico, que la élite se puede representar como una pirámide invertida a la que representaría a la sociedad. En ningún modelo de sistema político cualquier individuo tiene las mismas posibilidades de formar parte de la élite. En algunos sistemas como el aristocrático, el acceso está estrictamente regulado por la herencia, mecanismo de acceso que con menor relieve y de forma solapada continua funcionando en nuestros sistemas democráticos (Garraud, 1989) (18).

En la democracia censitaria hay también un veto explícito a las capas más bajas de la sociedad de acceso a la élite. En las democracias pluralistas hay una teórica igualdad de acceso de todos los sectores sociales, pero los resultados son claramente inversos a las capas bajas de la sociedad. La comparación entre la distribución en la sociedad y los dirigentes políticos demuestra que hay sectores suprarrepresentados y sectores infra-representados.

Se puede dar una imagen tipo, un modelo, el hombre político: es hombre, entre 40 y 50 años, de formación universitaria, profesión liberal, comerciante-
enseñante, conectado con un partido político. Pero obviamente esta imagen tipo ha ido variando en el tiempo, y muestra diferencias en dos campos: el del tipo de élite a la que pertenezca y la formación política a la que se adscribe.

En la formación de la élite política hay una serie de reglas básicas. El hombre político es un hombre, las mujeres están rotundamente discriminadas. El nivel de representación oscila entre un 5 % o un 10 %. A medida que se asciende en la escala de poder de presencia femenina disminuye. Es decir, encontramos más mujeres entre los candidatos que entre los electos, hay más concejalas que alcaldesas, más parlamentarias que ministras. En los partidos políticos también se da esta desnivelación por poder. Se encuentran más mujeres en los órganos amplios que en los órganos ejecutivos de los partidos. En los partidos que hay más presencia femenina se habían establecido reglas de discriminación positiva, es decir, cuotas de presencia.

Estas cuotas sirven de correctivos a la inversión de la pirámide de la que hemos hablado. Y también son utilizadas por los partidos para posibilitar la presencia de sectores sociales que de forma "natural" quedarían excluidos de la élite, como son los obreros en los partidos comunistas.

Más de la mayoría de los parlamentarios en los países de nuestro ámbito salen de los núcleos más favorecidos de la sociedad a nivel económico y cultural. La sobre-representación de los privilegiados aumenta en los elegidos sobre los candidatos, en los miembros del gobierno sobre los parlamentarios, en los alcaldes sobre los concejales. Volvemos a encontrar una cúspide de poder que se estrecha en los sectores más poderosos. Y que distorsiona cada vez más la sociedad a la que dirige. Pero estos privilegios, o mejor dicho esta situación privilegiada no lo es exclusivamente por volumen económico sino también y en igual medida por volumen cultural.

Gaxie nos describe esta desigual de representación con la elaboración de un cuadro de representación política según los diversos sectores sociales, en el que en el eje de abscisas se representa el volumen de capital y en las ordenadas la estructura de capital, es decir, la relación entre el capital económico y el capital cultural (consumo cultural, diplomas, etc.) (Gaxie, 1980) (18).

Se pueden observar diferencias de la élite según el tipo de partido político; así en los partidos de derechas el 80 % de su élite corresponde a los estratos superiores de la sociedad, mientras que los socialistas son el 60 %, y un 15-20 % en los comunistas*. Estas élites son variables con el paso del tiempo, y los cambios de estructura social repercuten en la élite aunque sea de manera limitada.

Los cambios de la élite producidos por la revolución industrial primero, y después de la Segunda Guerra Mundial la entrada de los directivos han sido temas especialmente estudiados. Pero también influye en la evolución de las élites partidistas la propia evolución del partido político, su ubicación en el sistema de partidos del Estado, los cambios en su electorado, y sus cambios ideológicos. Las élites socialistas francesas han evolucionado desde los años cincuenta absorbiendo clases medias y perdiendo representación de los obreros industriales.

7.- LA FORMACIÓN Y CARACTERÍSTICAS DE LA ÉLITE

Esta inversión de la pirámide social que se produce con las élites políticas proviene, como indica Garraud, de que las propias estructuras sociales facilitan, o dificultan en su caso, la adquisición de recursos, capacidades y competencias para actuar políticamente, hay una pre-selección de las élites que se realiza tanto por la familia, como con el nivel cultural educativo que se traduce en competencias profesionales, como por la participación asociativa.

Se señala por diversos autores (Parodi, Cayrol, Ysmal, Garraud) la herencia política como una de las bases de creación de la élite política. La politización de la familia, dedicación a la política de algunos de los miembros, las conversaciones familiares..., parecen tener una correlación importante con la dedicación a la política. Garraud habla incluso de una cierta herencia electiva, al poder constatar las sagas familiares en las alcaldías de algunas ciudades. Aunque esta herencia es más constatable en la izquierda que en la derecha, Fremontier (1984) también nos la señala en los partidos de derecha (20).

Ya se ha hablado de las capas sociales preponderantes que encontramos en las élites políticas. La sobre-representación que se produce de ciertas profesiones que han sido ejercidas con anterioridad a la profesionalización política. En todos los partidos hay una sobre-representación de los núcleos sociales dirigentes, un tercio ha pertenecido a profesionales liberales, y una cuarta parte a empresarios o comerciantes, hay aproximadamente un 10 ó 15 % del sector de la enseñanza y es poco asociable al núcleo obrero. Obviamente, como ya habíamos señalado con anterioridad estas características varían con el tipo de partido político y demás evolucionan en el tiempo. La presencia de antiguos obreros es muy importante en los partidos comunistas.

En Francia los profesores, presentes en casi todos los partidos, son de distinto nivel según el partido; así, son universitarios en los partidos de derecha, de enseñanza media en los socialistas y maestros en el caso de los partidos comunistas. Pero desde los años setenta se ha producido en todos ellos una evolución sintomática de la evolución social. En consonancia con las transformaciones económicas de la sociedad, ha habido una disminución sustancial de las élites prevenientes del sector agrario, y también ha habido un aumento de la presencia del sector público, es decir, un aumento de funcionarios de diferentes niveles en todos los sectores de la élite política, y también un aumento de las altas capas sociales, perceptible en todos los partidos políticos aunque de forma más acusada en la derecha.

La politización también está ligada a la participación asociativa. Se puede observar un acceso a la profesión política distinto según se trate de partidos de derechas, socialistas o comunistas. Los estudios de Garraud sobre los alcaldes urbanos parecen constatar una carrera inversa en ellos. Así, mientras en los partidos conservadores se accede al cargo de local tras el éxito profesional, en los de izquierdas se accede tras un período de militancia no sólo en el partido sino también en asociaciones voluntarias, este diferente modelo de acceso repercutirá, según Barberis (1988), en la edad de la clase política municipal (21).

8.- LAS CARRERAS POLÍTICAS

Estas diferentes evoluciones son parcialmente reflejo de la evolución de la estructura social, pero también del aumento del peso del Estado, de las instituciones políticas en la sociedad, como ha teorizado Birnbaum. Pero también podemos percibir distintas evoluciones según sea la ubicación política del partido, su historia, y el peso y estabilidad del partido en el sistema.

Así se ha constatado una cierta tendencia hacia la uniformización de orígenes profesionales. La desaparición de las profesiones agrarias, la limitación de los sectores liberales y comerciantes, el crecimiento del funcionariado se percibe en las élites de todos los partidos.

En donde se perciben diferencias es en los modelos de acceso a la carrera política. En la clase política más extensa, la élite local, Garraud distingue claramente dos modelos que siguen el "cleavage" izquierda-derecha. En los electos de izquierda la militancia política, la sindical y la asociativa conducen al mandato electivo. La carrera política interna del partido permite la notoriedad indispensable para ser elegido; en la militancia se adquieren las cualidades y habilidades necesarias para el desarrollo de las tareas políticas.
Pero en los cargos comunistas, Garraud percibe una subdivisión: en las circunscripciones donde la elección es segura, en los municipios fieles al partido, en los que ya se goza de una tradición, hay la tendencia a colocar como candidatos a notables del partido aún cuando no disfruten de notoriedad local; por el contrario en los municipios nuevos para el partido, éste tiende a presentar como candidatos a militantes reconocidos como fieles al partido pero con notoriedad local (Garraud, 1988, pág. 411) (22).

Por el contrario, en los partidos de derechas en los que hasta hace poco su actividad local no dependía de un gran número de adheridos, ni en su militancia, ésta no era el mecanismo normal para el acceso a las listas. El camino ha sido frecuentemente inverso, desde la notoriedad local adquirida en el ejercicio de una profesión se conseguía el acceso al cargo político, que resultaba así el punto final de un prestigio adquirido fuera de la actividad política. De ahí que la edad de adquisición del primer escaño representativo ha variado sensiblemente en uno u otro modelo de partido. Sin embargo, actualmente las dos trayectorias han tendido a nivelarse, en parte debido al aumento de la militancia en los partidos de derechas franceses. En este punto encontramos conclusiones coincidentes en Garraud y en Fremontier.

La diferencia en los accesos a la política, así como el "cursus honorum" dentro de ella también se. da en otros países, Sellier nos dice que en Gran Bretaña los parlamentarios conservadores acceden al Parlamento directamente desde su actividad profesional, es decir no ha habido históricamente militancia previa, cosa que en cambio se produce en el partido laborista, en donde normalmente hay una procedencia desde el partido o el sindicato.

En Italia no hay normalmente relación entre alcaldes y diputados. En cambio en Francia, donde puede haber acumulación de mandatos, se empieza a ver una carrera invertida; es decir, hay "acceso al escalón local" desde el Parlamento, aunque esto parece ser sólo cierto para las grandes ciudades (Sellier, 1983) (23).

9.- LOS ESTUDIOS ESPAÑOLES SOBRE ÉLITES POLÍTICAS

No se puede decir que haya una gran producción de estudios sobre las élites españolas, pero si se tiene en cuenta lo reciente de la institucionalización de la Ciencia Política y el escaso número de politólogos actuales, la producción es incluso abundante, aunque desigual. La mayoría de los estudios están dedicados a las élites del pasado. Por ejemplo, los estudios de Linz (1972) (24) y de Tuñon (1975) (25) se refieren a las élites de la Restauración. Las aportaciones más abundantes se refieren a las élites del franquismo, como son las tesis doctorales, ya publicadas, de Viver (1978) (26) y de Jerez (1982) (27).

Obviamente el estudio del actual sistema político centra la atención tanto de los constitucionalistas como de los politólogos, pero el núcleo principal está constituido en Ciencia Política, por los resultados electorales, los partidos políticos y sólo en un segundo término hay estudios sobre élites. Sin embargo, algunos de estos estudios nos proporcionan datos y elaboraciones sobre las élites. Así la monografía de Joan Marcet sobre el partido Convergencia Democrática de Catalunya (1984) (28) tiene un capítulo dedicado a las élites.

El estudio de Tezanos sobre el PSOE (1983) (29) es un estudio sociodemográfico de los distintos niveles de pertenencia al partido, desde votantes y afiliados a los órganos de dirección. También hay obras específicas de élites, como el libro conjunto de Pitarch, Botella, Capo y Marcet sobre Cataluña (30). O los artículos de S. del Campo, Texzanos y San Martín (1982) (31), Pitarch y Subirats (1982) (32).

Los estudios existentes se centran sobre todo en las élites de los partidos y las parlamentarias, aunque hemos empezado también a estudiar las élites locales (33), que como el escalón más numeroso y más cercano al electorado, es un estrato importante de la clase política.

Podemos ver, por tanto, que los estudios elitistas españoles han sido realizados desde diversos ámbitos teóricos, y no sólo desde la Ciencia Política.
En los estudios sobre élites históricas encontramos dos preocupaciones básicas, la primera es la ruptura y discontinuidad de las élites, lo que proporciona una explicación de las discontinuidades del sistema político español.

La segunda es el peso de los altos funcionarios en la dirección política. Estos estudios se insertan en la larga trayectoria de la Ciencia Política española durante el franquismo estudiando el pasado democrático. Estos estudios señalan las similitudes entre las élites españolas y las europeas (específicamente francesas e italianas) durante el período de la Restauración, aún cuando se marcan las dificultades de la comparación (Linz, 1972).

Las élites españolas son una representación de las altas capas de la sociedad, se marca la presencia de propietarios agrarios en los partidos conservadores más que en los liberales, y de profesionales liberales especialmente de abogados, siempre muy presentes en la élite española. Las diferencias comienzan con la ruptura del sistema de la Restauración con la Dictadura de Primo de Rivera en la que se produce la ruptura en la continuidad de la élite.

La Dictadura desplaza a la clase política de la Restauración de forma voluntaria y explícita y se nutre de núcleos anteriormente apolíticos**, también de núcleos de partidos disidentes dinásticos y pocos miembros de la anterior élite. Pero el desplazamiento de la clase política no implica el de las clases sociales en las que se recluta. Linz señala que con la Dictadura España no experimenta un cambio social y político sino sólo una ruptura de la élite, por lo que puede ser considerado el caso contrario al de la sociedad inglesa en donde con una considerable continuidad de los dirigentes se producen importantes cambios sociales y políticos.

La Segunda República marca de nuevo una ruptura de la clase dirigente. En la primera legislatura ha habido un cambio sustancial de los partidos políticos que conforman la Cámara, por lo que la diferencia de la élite puede ser considerada ordinaria; sin embargo, señalan los autores españoles, que la ruptura también se produce en los partidos dinásticos, lo que nos señala una inestabilidad interna de los partidos o bloques políticos. Esta tendencia interna se constatará a lo largo de la corta vida de la República, las elecciones de los años 31, 33 y 36 componen tres élites distintas. Las élites del 31 y del 36, pese a su parecida composición política, tiene mayor inestabilidad de la esperable. El fenómeno se constata con el PSOE que, siendo la miinoría más fuerte en ambas legislaturas, y con una distancia en el tiempo de sólo cinco años, mantiene una estabilidad de sólo el 52 %.

Esta discontinuidad es para Linz reflejo de la crisis interna del partido. La mayor estabilidad la recogen los partidos nacionalistas, tanto el PNV como el ORGA o ERC y la Lliga Catalana con alrededor de un 70 % de estabilidad en todos ellos. Estos datos nos llevan a una explicación distinta de la habitual sobre la inestabilidad republicana y es la explicación sobre los propios dirigentes y sus partidos políticos. Obviamente unos partidos en crisis y una élite cambiante no puede producir un sistema estable de gobierno. Pero esta tendencia parecía irse reduciendo con el paso del tiempo y hay una mayor estabilidad entre la segunda y la tercera legislatura (pese a su diferente composición política), que entre la primera y la segunda o la primera y la tercera.

El franquismo marca una nueva élite política en España, la ruptura con la republicana era obligada por la ruptura traumática del sistema político, pero tampoco se recupera la élite de la Restauración pese al escaso período de tiempo transcurrido. Los estudios españoles sobre el período nos señalan una moderada continuidad, con tres momentos de cambio que se corresponden con los cambios de las directrices del sistema: en 1946 con la derrota del Eje, en 1958 tras el Plan de Estabilización, y en 1967 con la Ley Orgánica del Estado.

El tipo de élite franquista es parecida a la de la Dictadura, cierta presencia de militares, inapreciable en los sistemas democráticos, y una alta partición de altos funcionarios. Los empresarios están ampliamente representados y en cambio es casi inapreciable la presencia de obreros (34). La transición española abre un período muy prolífico en la Ciencia Política, pero los estudios que se desarrollan versan sobre la propia transición, las elecciones y el sistema electoral, las fuerzas políticas, y sólo lateralmente sobre las élites. Este es quizás uno de los campos menos estudiados del sistema político español. Sin embargo podemos encontrar una ordenación y primer estudio sobre los parlamentarios de las primeras legislaturas, sobre parlamentarios autonómicos (Pitarch y Subirats, 1982) (35), o, como hemos señalado más arriba, el estudio de los dirigentes de partidos políticos (Tezanos, 1981; Pitarch y otros, 1980) (36), y otras publicaciones que teniendo como objeto partidos o el sistema de partidos entran lateralmente en el tema de las élites como el reciente estudio de Gunther sobre el impacto del sistema electoral en la actividad de las élites de los partidos políticos (Gunther, 1989) (37).

Sin embargo podemos decir que las élites políticas (y aún más las sociales) como objeto de estudio es uno de los campos menos estudiados dentro de la Ciencia Política, y que sí, como decíamos en el inicio de este escrito, se puede describir y entender un sistema político a través de las élites que segrega el sistema, el estudio de nuestros gobernantes, en sus distintos niveles, seguramente nos ampliará la visión que tenemos de nuestro sistema político.



BIBLIOGRAFÍA

1 Ysmal, (1985), en Grawitz, Leca Traite de Science Politique, vol. 3, pág. 603.
2 Klaus von Beyme (1977), Teorías políticas contemporáneas, Madrid, IEP, pág. 351.
3 Jiménez de Parga (1960), Los regímenes políticos contemporáneos, Madrid, Tecnos, (5 ed. 1971), pág. 20.
4 Bachrach (1967), The Theory of Democratic Elitism. A Critique, Boston. Trad. cast. 1973, Buenos Aires, Amorrortu, pág. 20-21.
5 Meisel (1962), The Myth of the Ruling Class, Michigan.
6 Mosca, La clase política, (1896), 2 edición, 1923. En castellano. México, F.C.E., 1984. Con una selección de N. Bobbio.
7 Weber (1919), El político y el científico, Madrid, Alianza, 1973, pág. 103.
8 Ibidem, pág. 100.
9 Ibidem, pág. 129.
10 Kornhause "¿"élite de poder o "grupos de veto"?" en Bendix y Lipset, Clase, estatus y poder, Madrid, 1972.
11 C. Wrigth Mills (1956), The Power Élite. Trad. cast., México, F.C.E.
12 Riesman (1953). The Lonely Crowd. (Trad. cast. La muchedurmbre solitaria. Buenos Aires. Paidós, 1971.
13 Dahl (1961). Who Governs?. New Haven, Yales U.P.
14 Aron (1960) "Classe sociale, classe politique, classe dirigeant". Archives Europeénnes de Sociologie. I. (Trad. cast. en Bendix y Lipset Clase, status y poder. Madrid, 1972.
15 Birnbaum. Les sommets de l'Etat. París, Seuil, 1977.
16 Birnbaum (1984) "Type d'elite et nature de l'Etat: Pexemple américain". Pouvoirs. 29, 1984.
17 Ysmal (1985) "Élites et leaders" en Grawitz et Leca. Traite de Sciencie Politique. Vol. 3. París. P.U.F.
18 Garraud (1989). Profession homme politique. La carríére politique des maires urbains. París, L'Harmanttan.
19 Gaxie (1980). "Les logiques du recrutement politique". Revue Frangaise de Science Politique. 30, 1980. Las cifras son básicamente francesas, y se encuentran tanto en Cayrol, Parodi, Ysmal, le député francgaise París, Colin, 1973, como en Garraud Profession homme politique París, 1989, como Ysmal "Élites et leaders" en Grawitz Leca Traite de Science Politique París, 1985.
20 Fremontier "Les jeunes élus du RPR des héritiers ou des parricides?". Pouvoirs. 28, 1984.
21 Barberis —1988). La classe política municipale. Angelí, Milán.
22 Garraud "La sélection du personnel politique local". Revue Francaise de Science Politique,vol. 38, 4, 1988.
23 Sellier "La mairie dans le cursus politique". Pouvoirs, 24. 1983.
24 Linz (1972) "Continuidad y discontinuidad en la élite española de la Restauración al
régimen actual" en Estudios de Ciencia Política y Sociología. Madrid.
25 Tuñon (1975). Historia de la realidad del poder. El poder y ¡as "élites" en el primer
tercio de la España del siglo XX. Madrid, Edicusa.
26 Viver Pi-Sunyer, C. (1978), El personal político de Franco (1936-1945). Barcelona, Vicens-
Vives.
27 Jerez, M. (1982), Élites políticas y centros de extracción en España (1938-1959). Madrid,
CIS.
28 Marcet (1984) Convergencia Democrática de Catalunya. Barcelona, Ed. 62.
29 Tezanos (1983). Sociología del socialismo español. Madrid, Tecnos.
30 Pitarch, Botella, Capo, Marcet (1980) Partits i parlamentaré a ¡a Catalunya d'avui (1977-1979). Barcelona, Ed. 62.
31 Del Campo, Tezanos, Santín. (1982) "La élite política española y la transición a la democracia". Sistema 48. págs. 21.
32 Pitarch y Subirats (1982). "Los diputados al Parlamento de Cataluña de 1980". Revista de Estudios Políticos. 26.
33 Capo, Baras, Botella, Colomé (1988) "La formación de una élite política local". Revista de Estudios Políticos. 59. Págs. 199 ss.
34 Sobre la élite franquista se puede consultar: Baena del Alcázar y Madaria "Élite franquista y burocracia en las Cortes actuales". Sistema, 28,1979; Beltrán. La élite burocrática española. Barcelona, 1977; Bañón. Poder de la burocracia en ¡as Cortes franquistas 1943-1971. Madrid, 1978; Cazorla. Funcionarios y estratificación social. Sociología de la Administración Pública española. Madrid, 1968; Jerez. Élites políticas y centros de extracción en España 1938-1957. Madrid, 1982; Linz. "Continuidad y discontinuidad en la élite española de la Restauración al régimen actual", en Homenaje a Ollero. Estudios de Ciencia Política y Sociología Madrid, 1972; Viver Pi-Sunyer. El personal político de Franco (1936-1945). Barcelona, 1978.
35 Pitarch y Subirats. "Los diputados del Parlament de Catalunya de 1980". REP26, 1982.
36 Tezanos. Sociología del socialismo español. Madrid, 1981; Pitarch, Botella, Capo, Marcet. Partits i parlamentaris a la Catalunya d'avui. Barcelona, 1980. 37 Guther. "Leyes electorales, sistemas de partidos y élites: el caso español". REÍS 47, 1989. Podemos decir que aquí se inicia una trayectoria de desprestigio del político realizado por la propia clase política, que encubre la política bajo ropajes técnicos, y que será realizado ampliamente por el franquismo.

Monserrat Baras
Profesora Titular de Ciencia Política y de la Administración.
Universidad Autónoma de Barcelona.

Revista del Centro de Estudios Constitucionales
Núm. 10. Septiembre-Diciembre 1991

martes, 29 de enero de 2008

La clase política en Gaetano Mosca, por Francesco Leoni


El nacimiento de la moderna «ciencia política» italiana tiene su origen con la Teórica dei governi e governo parlamentare de Gaetano Mosca, que lleva fecha de 1882-1883 (1).
El examen de esta primera obra (la Teórica dei governi...) requiere unas palabras preliminares sobre las condiciones políticas de la Italia de aquella época, antes que sobre las influencias culturales.
Fue escrita en los años 1882-1883 y por aquel entonces la unidad del país era un hecho reciente: la guerra antiaustríaca y las revoluciones de 1859-1860 llevarían al Piamonte a constituir el Reino de Italia, pero del que quedaban excluidos el Véneto, Roma y los territorios limítrofes. El Véneto será arrebatado a Austria con la guerra de 1866 y hasta el año 1870 Roma y los últimos territorios papales no entraron a formar parte del Reino de Italia.

Así pues, desde 1870 Italia era solamente una unidad territorial (si bien permanecían aún fuera Trento y Trieste). En los doce años que van desde la unificación a la fecha de inicio de la Teórica se habían puesto de manifiesto notables dificultades causadas por la falta de una efectiva fusión nacional y por la imposibilidad de gobernar masas de pueblos con tradiciones centenarias diferentes, pobres, ignorantes y totalmente desacostumbrados a la libertad, en todos sus aspectos. La exigua y heterogénea clase dirigente, cuyo núcleo fundamental todavía era piamontés, sufría considerablemente en la iniciativa.


En los primeros años después de la unificación, la derecha, siguiendo las doctrinas de Cavour, conseguiría mantener el poder y concluir con el gran esfuerzo del reordenamiento administrativo y financiero. Pero fue debilitándose, hasta que en el año 1876 el gabinete de Minghetti, último jefe de la derecha, se vio obligado a dimitir y De Pretis, líder de la izquierda, formó el nuevo ministerio. Este traspaso fue considerado por muchos como una especie de revolución.


Sin embargo, no solamente el programa y la política del nuevo ministerio continuaron la antigua vía, sino que, además, desde entonces comenzó el fenómeno del
«transformismo», haciendo desaparecer de hecho las diferencias entre la derecha y la izquierda. Y se desarrolló el fenómeno que, como veremos, será el centro de atención de Gaetano Mosca, por el que cualquier diputado parecía preocupado exclusivamente de sus «clientelas», las cuales, de hecho, lo condicionaban fuertemente y a través de él condicionaban el gobierno.
Se malogró de esta forma la posibilidad de un verdadero «liderazgo» en el país, y ello pareció aún más grave debido a que, además de la cuantía y gravedad de los problemas de la joven Italia, vendría a añadirse la formación de un proletariado urbano-industrial.
Ante esta situación, muchos se preocupaban y buscaban remedios; la crítica a quien gobernaba surgía de diversos sitios. Tal vez fue Mosca el primero en desarrollar una crítica que iba, sin duda, más allá de lo contingente, para pasar a atacar las instituciones democrático-parlamentarias y al mismo principio de soberanía popular sobre el que se fundaban.
Y sobre todo que después de él, en efecto, esta crítica a fondo se convierte en relativamente común en Italia y sin duda contribuyó a dar paso a los numerosos atentados a las instituciones y, finalmente, al propio fascismo. En relación con las influencias culturales, bastará con recordar dos puntos.
En primer lugar Mosca, como él mismo sacó después a la luz, especialmente en los Elementi di scienza política (2), era sobre todo un estudioso de la historia y como tal, había leído y admirado al historiador Taine, en cuya obra la idea de una minoría dominante sobre la mayoría, como una realidad histórica externa, figuraba ya (esta influencia quizá fue la más relevante para su doctrina).
Y además, Mosca refleja el positivismo que impregnaba la cultura de entonces y su metodología, si bien toscamente esbozada, revela de inmediato esta influencia predominante.
De la Teórica dei governi, la parte considerada más importante, también por el Mosca maduro, es la teórica, que constituye el primer capítulo. En él, Mosca hace, lo primero de todo, un preámbulo metodológico del gusto positivista, que repetirá sustancialmente en sus obras más maduras.
Observa el retraso en la evolución de la sociología con respecto a las ciencias naturales, y lo atribuye a la mayor cantidad de observaciones investigadas, a la imposibilidad de proceder a experimentos, a la dificultad de reunir suficientes documentos históricos para el pasado y a la existencia de prejuicios transmitidos de generación en generación.
No obstante, y según Mosca, el proceso de la ciencia histórica en los últimos decenios había puesto a disposición tantos y tan variados «materiales» científicos, que era ya imposible comenzar a desarrollar una ciencia auténtica y propia en el campo social.
Con ello, Mosca se presenta abiertamente como sociólogo de orientación positivista que desea trabajar esencialmente con el método histórico-comparativo. Así, en la Teórica el joven estudioso palermitano enuncia, si bien de manera aún embrionaria respecto a los Elementi, las dos teorías fundamentales relativas a la existencia y al funcionamiento de la «clase política» y de la «fórmula política».
La teoría de la «clase política» postula la existencia, en el seno de cualquier tipo de organización social, de una minoría «organizada» que detenta el poder en los centros de decisión efectivos. La «fórmula política» consiste en el conjunto de ideologías, creencias y mitos que la clase política «produce », basados en una cultura político-social, para justificar su dominio sobre el resto de la sociedad.
La metodología de la ciencia política está identificada en la comparación
interdisciplinaria de las ciencias humanas, esto es, en la historiografía entendida,
a la manera de Spencer, como «sociología comparada». «Clase política»,
«fórmula política» y «comparación interdisciplinaria de las ciencias humanas» son los tres fundamentos de la ciencia política de Mosca, pero sobre todos ellos prevalece, como clave interpretativa, la teoría de la clase política.
Desde finales de 1884, efectivamente, Mosca subrayaba que «no se debe olvidar nunca que no es la fórmula política la que determina el modo de formación de la clase política, sino al contrario: es ésta la que adopta siempre la fórmula que más le conviene». Con el cambio social se relaciona también la «fórmula política», y por
esto es importante, igualmente, para el orden social.

La fórmula política corresponde, dice el mismo Mosca, al principio de soberanía de los juristas. En efecto, la fórmula política es una justificación del poder de hecho en términos abstractos que la minoría necesita para conseguir la obediencia de
las masas. Una invención de la minoría (como escribe Meisel) a la necesidad
de las masas de «ser engañadas», pero que, así considerado, tiene sólo el
efecto de dejar hacer «la buena acción para un fin equivocado», porque el poder
de la minoría está fundado en una superioridad real.
Escribe Mosca: «Cualquier clase política, de cualquier forma constituida, no confiesa nunca que ella manda por la sencilla razón de que está compuesta
por unos elementos que son... los más aptos para gobernar, sino que encuentra
siempre la justificación de su poder en un principio abstracto, en una
fórmula (que nosotros llamaremos la fórmula política) que dice que todos los
funcionarios reciben su autoridad del soberano, el cual, a su vez, la recibe
de Dios; eso es hacer uso de una fórmula política. La otra creencia, que todos
los poderes tienen su base en la voluntad popular, es otra fórmula.»
Es aquí, precisamente, donde se expone de manera evidente el ataque de
Mosca al sistema democrático-parlamentario.
Mosca prosigue: «Como ella es un hecho constante, nos lleva a decir que
corresponde a una verdadera necesidad de la naturaleza humana. Parece
que sea intrínseco del carácter humano el querer creer que se somete antes
a un principio abstracto que a una persona, la cual manda porque tiene el
hábito.»
Para nuestros fines, es oportuno destacar que en realidad la mayoría tiene
necesidad de esos principios «abstractos», o parecen asegurar que las órdenes
no lo son en interés de uno o de unos pocos, sino en el interés. Y, por otro
lado, estos principios abarcan no sólo una superioridad real, sino que también,
según las motivaciones otorgadas por el autor a la clase dirigente, desea
el poder por sí mismo y por los privilegios que van unidos, o sea, cubren y
promueven precisamente los intereses de pocos en contra de los muchos que
deben obedecer.
La fórmula política es importante, asimismo, por otras razones. Mosca
considera estas fórmulas políticas como un auténtico velo, lanzado fríamente
o por cálculo nacional sobre la realidad, sin profundas raíces morales o intelectuales
en los grupos nuevos y viejos de la clase dirigente. La clase política
«siempre adopta la fórmula que más le conviene».
Pero él reconoce igualmente, y quizá haya una pequeña contradicción,
que hay siempre una relación entre la fórmula y la composición de la clase
política; por ello, aquélla cambiará con el cambio de esta última. Y de aquí

la utilidad científica de la fórmula que nos revela y nos permite explicar el
cambio social.
La clase política, dice Mosca, siempre da «una base moral y también
legal» a su poder, conectándolo con «doctrinas y creencias generalmente reconocidas
y aceptadas».
He aquí la «fórmula política». Raras veces dos fórmulas son idénticas;
al contrario, sólo entre fórmulas de pueblos del mismo «tipo social» hay una
fuerte afinidad.
En la base de la fórmula pueden existir, repite Mosca en la Teórica,
creencias sobrenaturales o «conceptos racionales», que siempre corresponden
a la necesidad de no ceder sólo a la fuerza, sino a un «principio moral» (3).
El concepto, ya mencionado, de «tipo social» nos introduce en la parte
nueva de la Teórica.
Mosca afirma que «la humanidad se divide en grupos sociales», o «tipos
sociales», sobre la base de una lengua, religión, intereses; sencillamente, experiencias
comunes.
De particular importancia son las religiones universales, que dan a la
gente una impronta lo bastante potente como para formar los «tipos sociales
» más relevantes de la historia.
Surge el problema de la relación entre tipos sociales y organismos políticos
(4). Mosca nos dice que un organismo político cuya población sigue una
religión universal debe «tener una base jurídica y moral sobre la cual se
apoye su clase política».
En cierto modo, se trata de dos cultos, uno al lado del otro. Si los sentimientos,
las tradiciones, los intereses en los cuales se basa el organismo político,
y que la clase política administra e interpreta, no están bien diferenciados
y asentados, la religión tiene todas las ventajas. «El Estado acaba entonces
convirtiéndose en pelele de algunas de las religiones o doctrinas universales,
por ejemplo, del catolicismo o de la democracia social» (5).
Posteriormente, Mosca desarrolla una parte de su discurso sobre el tipo
social. Y entre las posibilidades que examina se encuentra aquella en la que,
dentro de un organismo político, residen dos tipos sociales. En este caso, la
clase dominante proviene normalmente de uno de los dos, pero el tipo subordinado
tiene entonces su clase dirigente. (Con ello se entiende una subelite,
como, por ejemplo, la existente entre los negros en algunos Estados donde
(3) GAETANO MOSCA: Elemenli, op. cit., vol. I, pág. 110.
(4) Cita de la colección de ensayos de MOSCA: «LO que la historia podría enseñar»,
en Scritti di scienza política, Milán, 1985.
(5) -GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 112.

predominan los blancos, o mejor, una clase dominante manejada por los
blancos.)
En realidad conviven dos tipos sociales ya que, o la clase política se funda
sobre una fórmula no admitida por la mayoría, o bien entre la clase política
y la mayoría de la población hay diferencia «de costumbres, de cultura,
de hábitos» (6).
De este modo, Mosca se ve obligado a reconocer la importancia del consenso:
«La mayor o menor unión moral entre todas las clases sociales explica
la fuerza o la debilidad que en ciertos momentos muestran algunos organismos
políticos.»
Esta diferenciación interna, dice Mosca, es típica de las «sociedades burocratizadas
», probablemente porque introducen el elemento de impersonalidad
en las relaciones entre gobernantes y gobernados: «Pero a menudo
sucede que la burocratización se ve acompañada de un cierto grado de exclusión
por parte de la minoría dominante, creándose una potencialidad notable
de conflictos internos.»
De cualquier modo, es únicamente un aspecto del problema. Mosca observa
justamente que el peligro interno puede asociarse con el peligro externo.
¿Qué sucederá entonces? Nuestro autor es, en cierta manera, optimista.
Cree que las clases harían frente común, dentro del mismo organismo político,
si el choque fuese con otro tipo social fundado en otra raza o religión.
Esta diferenciación puede ser aprovechada por «una fracción de la clase
política», que se apoyará en la plebe descontenta, o bien puede ser importante
sólo para el cambio interno dentro de la misma clase política, en los puestos
de gobierno.
O sea, «se forma en medio de la plebe otra clase dirigente» que puede
competir con aquélla en el desempeño del poder. Se forma, como él dice, «un
Estado dentro del Estado» (7).
Mosca es radicalmente pesimista sobre la suerte de una clase política que
gobierna una Sociedad-Estado así dividida.
Al no producirse el cambio, esto es, la adquisición de los mejores de la
plebe, la clase política se empobrece y decae. Entre otras cosas, queda también
«persuadida» del poder, y al primer choque violento, cae (8).
Mosca, entonces, introduce un nuevo concepto, el de «defensa jurídica».
Este concepto es muy importante, porque permite desarrollar un discurso
orgánico sobre los temas sociológicos fundamentales de la socialización y del
(6) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 139.
(7) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 152.
(8) C. MONGARDINI: «Mosca, Pareto, Taine», en Cahiers Viljredo Párelo, 1965.

control social. El punto fundamental es, naturalmente, la explicación de la
ordenada convivencia de los hombres en sociedad. Aquí, Mosca, antes de
nada, nos habla de lo que se llama «sentido moral», o «ese conjunto de sentimientos
» por los cuales la «tendencia natural» a actuar correctamente por
sí mismos viene frenado por la «natural compasión» hacia los otros (9).
Sin una explicación profunda del hecho, Mosca nos dice que el sentido
moral garantiza el respeto por las normas dadas de convivencia sólo para
una restringida élite virtuosa.
Pero a su lado hay una élite negra que, aparentemente, no siente esa «natural
compasión» por los otros. Así, «tiene tendencias claramente reacias a
toda disciplina social». Entre las dos élites está la inmensa mayoría de conciencias
mediocres (la masa, diríamos nosotros), que, a lo que parece, pueden
ser disciplinadas solamente gracias al «miedo al daño o al castigo».
Los mecanismos sociales que regulan esta disciplina del sentido moral
forman eso que Mosca llamó la «defensa jurídica». «La disciplina del sentido
moral —escribe, en efecto, Mosca— es confiada tanto a las religiones como
a toda organización legislativa.» Por tanto, Mosca se limita a comparar el
control de la religión, apoyado en la amenaza de sanciones ultraterrenales,
con el control del Estado, sostenido por la amenaza de sanciones legales,
y encuentra que este último es, de ordinario, más eficaz.
Esto le lleva a hablar de la «organización política»: un buen gobierno,
dice, es lo más importante: puede y debe garantizar «incluso los derechos
que comúnmente se entienden como privados, esto es, la tutela de la propiedad
y de la vida».
E intentando definir este «buen gobierno», aparece preocupado, principalmente,
de que haya una división real y un equilibrio de poderes.
Pero la división de poderes no debe ser sobre el papel, como, según él,
proponía Montesquieu. Cada «órgano político» debe representar una distinta
«fuerza política». Y después enumera las condiciones varias de este equilibrio
real: separación entre poder temporal y espiritual, entre poder económico
y político, entre poder militar y político. Tampoco la riqueza debe concentrarse
en manos de unos pocos frente a masas de desesperados.
Una vez más, Mosca señala que la existencia de una clase económicamente
independiente y culta, como la gentry, es una de las condiciones ideales
para el buen gobierno que tiene en mente.
Esta, en realidad, pertenece ya al pasado. Y no le queda a Mosca más
que aferrarse a la común esperanza de nuevas fuerzas políticas procedentes
de los nuevos estratos de cultura científica.
(9) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 156.

Por cuanto queda dicho, demuestra ya una actitud en principio favorable
a la democracia liberal.
En efecto, Mosca pasa a criticar doctrinas políticas similares a la suya y
renueva la crítica del gobierno fundado sobre el sufragio universal, el cual permite
la participación de un cierto número de «valores sociales» y la organización
de muchas «fuerzas políticas», que los diputados deben tener en cuenta,
porque la «discusión pública» consiste en un cierto control público sobre
las asambleas electivas.
En definitiva, Mosca se nos muestra siempre más inspirado por los principios
liberales, aun cuando es un elitista (un elitista liberal), en el sentido
de que no cree en la democracia como progresiva participación de las masas
y autogobierno popular.
Criticando a Comte y a Spencer, Mosca escribe que «es espontáneo y al
mismo tiempo indispensable» (ya que los hombres, además de ser producto
de naturaleza, son portadores de exigencias imprescindibles de la existencia)
que, «donde haya hombres, habrá una sociedad, y donde esté una sociedad,
habrá un Estado. Esto es, una minoría dirigente y una mayoría que es dirigida
por ella» (10).
Así pues, el consenso de la mayoría, «en una forma dada de régimen
político, depende de la difusión y del ardor en la fe que la clase gubernativa
tenga en la fórmula política con la que justifica su poder». Es, por tanto, en
gran medida un hecho de engaño y manipulación, o, sin más, de plagio de
la masa.
Igualmente, el viejo juicio elitístico sobre la naturaleza humana no ha
cambiado. La naturaleza hace que cada uno «tienda a preponderar sobre sus
semejantes».
Y es justamente por esto, por lo que no se cree ya en una futura y mítica
clase dirigente que gobierne espontáneamente por el bien general, y se invoca
la «multiplicidad de las fuerzas políticas» y el «control recíproco» en el interior
de la clase política como garantía, «hasta cierto punto», del buen gobierno.
Concluida esta polémica, Mosca pasa a examinar algunas instituciones
que juzga especialmente relevantes para el estudio del poder: iglesias, partidos
y sectas, a los que da un origen común: la tendencia de los hombres a
reunirse en grupos, con jefes y gregarios, para mejor combatirse entre ellos.
Y así confirma el carácter ambiguo de la sociedad para un elitista, cooperativo
y conflictivo a un tiempo, si no cooperativo porque es conflictivo.
(10) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 230.

La parte más interesante del análisis es, quizá, la relacionada con las
iglesias.
Este análisis recuerda vagamente al weberiano. De hecho, en Mosca existe
la idea del fundador de religiones como jefe carismático, la posterior distinción
entre los apóstoles y la muchedumbre, la sistematización de la palabra
del maestro por parte del séquito. La idea de iglesia que se caracteriza, de
algún modo, por el fenómeno de la adscripción (se nace en una iglesia). Las
consideraciones sobre las necesidades de adaptar la «doctrina» a las masas.
De conformidad con cuanto él mismo había escrito sobre el tipo social,
Mosca afirma que la religión puede determinar un «cierto doblegamiento en
los sentimientos humanos, cuyas consecuencias pueden ser importantes».
Asimismo, Mosca pone de manifiesto que la Iglesia que tiene en mente
se vio, paso a paso, implicada en las cosas de este mundo y en los medios
mundanos como las riquezas, que le son necesarias para conservar y acrecentar
su poder.
Tampoco cree que las religiones desaparezcan del camino de la humanidad,
porque piensa que no han sido inventadas por un «Ente extra-humano»,
sino por los hombres mismos (11).
A este interés nuevo por las religiones se une directamente el,creciente
interés por el tema «revolución», o sea, por el cambio rápido y violento. Ello
le lleva a tratar también de la burocracia y, sobre todo, del ejército.
Mosca distingue entre revoluciones de palacio de la ciudad-estado y las
revoluciones en los Estados modernos, caracterizados por grandes burocracias
y ejércitos permanentes. Le parece que estos dos elementos condenan de ordinario
toda conspiración al fracaso, si bien es verdad que la excesiva concentración
burocrática puede facilitar la sustitución, radical e incluso sin choques,
del gobierno. Sobre las revoluciones contemporáneas, manifiesta su
creencia en la función preparatoria de las sociedades secretas y en el papel
de los «desplazados» (el que suscribe), que imagina siempre preparados a
lanzarse a la revolución. Pero, naturalmente, es fundamental para el éxito
el concurso de las masas, que se mueven sólo en circunstancias especiales,
como las crisis económicas.
A continuación, Mosca observa que la revolución en los Estados modernos
únicamente vence si consigue apoderarse de las dos «instituciones» claves:
ejército y burocracia.
Posteriormente vuelve a afirmar su amor por los ejércitos permanentes,
concordes con la ley y obedientes a la autoridad civil.
(11) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 120 (sobre relación entre religión,
Iglesia y Estado).

Estos son considerados por Mosca como el resultado de un «sabio desarrollo
de esos sentimientos en los cuales está basada la defensa jurídica».
Constituyen esa doble garantía para el orden. Por ello, los exalta, defendiendo
el reclutamiento diferenciado de clase para oficiales y tropas, y teme
por su intacta conservación.
Comienza incluso a notar que si decayesen, y con ellos el espíritu militar,
la civilización europea estaría en peligro.
Frente a peligros desastrosos, internos y externos, que sólo un ejército permanente
en plena eficacia puede conjurar, Mosca llega a la «grave y terrible
conclusión» de que quizá, y después de todo, la guerra «sea un hecho que,
de vez en cuando, sea necesario», precisamente porque es lo más completo
en organización y espíritu militar.
Con ello cree haber ya demostrado que siempre, en cualquier parte, existe
una minoría de gobernantes y una mayoría de gobernados, que cada régimen
se funda sobre formas políticas y creencias difusas y que, al fin y al cabo,
la mejor defensa jurídica, entendida ahora como «mayor respeto al sentido
moral por parte de los gobernantes», se obtiene a través de la participación
de distintas fuerzas políticas en el gobierno y su recíproco control.
Parecía haber puesto en evidencia los límites de las doctrinas filosóficas
y religiosas, que si bien pueden producir un «desdoblamiento» importante
de la naturaleza humana, no pueden cambiarla radicalmente.
Por último, cree haber aplicado con éxito su teoría en el estudio de las
revoluciones y de los ejércitos permanentes.
A continuación pasará a tratar aquellos que él considera son los mayores
problemas de entonces en Europa, como:
— ¿Pueden sobrevivir las religiones dogmáticas?
— ¿Puede durar el parlamentarismo?
— ¿Cuál será «el porvenir de nuestra civilización en relación con la
democracia social»?
A la primera pregunta encuentra difícil proporcionar una respuesta segura.
Sin embargo, le parece que las religiones están radicadas en la necesidad
que tienen los hombres de hacerse ilusiones.
A este propósito observa que también los trabajadores que dejan de ser
católicos y se hacen socialistas no dejan de creer en el ipse dixit.
Este hecho le sugirió la idea de que si las creencias revolucionarias hicieran
«bancarrota» dentro de pocas generaciones, las religiones podrían ratificar
su poder sobre las masas y restituir bases más sólidas al orden.
Así, Mosca prosigue que el eclipse de la religiosidad había sido hasta
entonces la idea favorita de la clase dominante («Estado»), pero verosímilmente
ésta es la Iglesia a la que deberían acogerse, que no tiene nada que
ganar al combatirse y, por el contrario, todo que ganar uniendo las fuerzas
contra la democracia social. No cree siquiera que el regreso de la religión
y, por tanto, de la potencia eclesiástica deba necesariamente chocar con las
libertades intelectuales, como se ha considerado siempre, pues científicos y
clérigos hablan a dos públicos muy distintos: uno de élite y el otro de masa.
Es sólo entre la vieja religión y la nueva de la democracia social cuando,
al disputarse entre ambas las masas, el conflicto es inevitable.
Sabiamente avanza, sin embargo, el temor de que esta lucha entre «las
dos religiones» por el control de las masas pueda alcanzar tal dramatismo
que también las libertades intelectuales de la élite deberían desaparecer y no
quedaría espacio alguno al pensador independiente.
El posterior intento de responder a la segunda pregunta muestra, definitivamente,
cómo Mosca es ya distinto del hombre que una docena de años
antes atacaba tan claramente el sistema parlamentario.
Reconoce la verdad de dos críticas que él mismo había probado anteriormente
en la Teórica, esto es, la preponderancia concedida al «rico» y la
manipulación de toda la administración pública. Son defectos graves, dice
ahora Mosca, pero es necesario tener en cuenta que en aquélla está la naturaleza.
A quien no se le atribuye el mérito de las esperanzas (como es sabido, se
la atribuyen todos los «demócratas»), las ventajas del sistema aparecerán superiores
a las desventajas. Combatir el parlamentarismo está bien para quien
cree en la democracia, pero no para quien cree en la doctrina de la clase
política.
El Mosca joven era, pues, incoherente. El Mosca maduro cree aún en la
doctrina de la clase política, al menos en el sentido de que el gobierno no es
un asunto del pueblo. Pero más coherente, y sobre todo más realista, se conforma
ahora con un sistema que consienta a todas las fuerzas políticas organizadas
a participar en el juego, ya que con ello, como se ha visto, se actúa
en el más elevado grado de defensa jurídica.
Añade Mosca: «la supresión del sistema parlamentario» llevaría a un
absolutismo burocrático, con graves limitaciones a la libertad.
Mosca da algunos consejos para mejorar la organización política y alguna
esperanza en su natural evolución. La clase política puede estabilizarse
por sí sola pasando el tiempo. Pero es preciso garantizar que los magistrados
estén fuera de toda manipulación; los funcionarios van, como se suele
decir, «responsabilizándose». Se necesita un control financiero efectivo.
El remedio más bienhechor consistiría en la «descentralización» que,
para Mosca, no debe ser sólo a favor de los entes locales, sino, y sobre todo,
de aquella clase «acomodada y culta» que Mosca se obstina en invocar.
Pero la cosa más importante, en gran medida, para nuestro autor es combatir
la teoría democrática puesto que, según él, no es verdad que todos los
hombres puedan colaborar racional y responsablemente a contribuir a la
historia.
Nadie hubiera acabado más alejado de la batalla que el elitista contemporáneo
Mills contra «la élite del poder», en nombre de los «valores del iluminismo,
razón y libertad» y por la participación política de tendencia generalizada.
Según Mosca, el orden elitístico es, en principio, «bueno»; la minoría
debe mandar y la mayoría obedecer: «A cada uno su propio cometido si el
mundo quiere ir bien o, de cualquier modo, lo menos malo.» Por ello, es
perjudicial tanto la idea de igualdad política como la de igualdad social, por
no decir que cada ensayo se ponga en práctica.
Mosca se lanza, con todo el vigor de que es capaz, a la lucha contra Rousseau
y aquellos que considera sus secuaces. Rousseau es responsable de todas
las adversidades de nuestro tiempo por haber afirmado que el hombre es
bueno por naturaleza y ha sido descarriado por la sociedad (12).
A él hay que remontar no solamente la democracia moderna en general,
sino la democracia social, que quiere la igualdad política y económica...
Y Mosca continúa después combatiendo abiertamente a los partidarios de la
democracia social.
En primer lugar, los comunistas, a los que recuerda la eterna verdad de
la clase política: «También en las sociedades organizadas como ellos pretendían
existirán siempre los que administren la riqueza pública y siempre estará
la gran masa de los administrados, que se deberán contentar con la parte
que quieran atribuirla.» Siempre dominantes y dominados, privilegiados positivamente,
en el sentido económico, los primeros, y privilegiados negativamente
los segundos.
Además, la reducción a una sola fuerza política, que controla el gobierno
y la economía (todos trabajarán para el Estado), daría lugar al más tiránico
de los regímenes.
Presagio de máxima coherencia con su teoría, evidentemente bastante
seria. Pero Mosca se convertía en un mal elitista cuando, por el contrario,
alababa el Estado presente, sobre el cual «un buen trabajador [...] nunca tiene
que temer del jefe-división, del diputado, del ministro», mientras sabemos
(12) GAETANO MOSCA: Elementi, op. cit., vol. I, pág. 99. Mosca se remonta al ensayo
Suü'origine dell'uguaglianza degli uomini de ROUSSEAU.
que sólo en los países más liberales, si acaso, cesa la presión manipuladora
en mil formas contra el disidente.
Creyendo así dar el último golpe a los comunistas, Mosca vuelve a insistir
en la idea de que la sociedad ha hecho al hombre malo, sosteniendo esta
vez que ello implica que la sociedad ha sido hecha no por el hombre, sino
por fuerzas extrahumanas.
La objeción no se ajusta perfectamente a Rousseau, como es evidente.
Pero aún menos puede ser aplicada al marxismo, para el cual, efectivamente,
el orden social es el resultado de un proceso que se escapa al control colectivo.
Más acertada (pero, en realidad, parábola también), sin la posterior objeción,
es que los comunistas quieren construir una sociedad donde se presupone
un tipo de hombre que, según ellos mismos, estará formado sólo por el
socialismo en marcha.
Como sabemos, la dictadura del proletariado ha sido pensada justo para
resolver estas dificultades.
Sin embargo, no se equivoca Mosca al insistir sobre el hecho de que, según
la experiencia, «es bastante difícil modificar sensiblemente el nivel moral
de todo un pueblo que haya alcanzado un considerable alto grado de civilización
», a la vez que observa que en la historia, cuando se producían tales
modificaciones positivas, era cuando múltiples fuerzas «participaban» y se
controlaban recíprocamente. Es decir, que la libertad, y no lo contrario, es
el humus necesario de todo progreso real del hombre.
Mosca polemiza después con los anarquistas, que, secuaces verdaderos consecuentes de Rousseau, quieren deshacer la sociedad (con lo cual, según nuestro autor, se volvería sencillamente a los pequeños grupos originarios, con la supremacía del más fuerte y la anulación a que tiende la defensa jurídica).
Y rápidamente vuelve a los comunistas, aludiendo esta vez directamente a Marx y la lucha de clases.
Niega que toda la historia sea la historia de la lucha de clases. Pero, por
desgracia, su polémica pierde vigor cuando afirma que la teoría marxista intenta explicar toda la historia como una «conjura de unos pocos contra muchos, de las clases ricas contra los pobres».
Y juzga a Marx atormentado por manía persecutoria.
Mosca se dispone a afrontar la tercera y última pregunta, y reconoce que, al estar las ideas revolucionarias muy difundidas, incluso entre los jóvenes de la burguesía, y probablemente en relación con éstos, propone ante todo una lucha contra las «falsas ideas» creadas por Rousseau.
Y Mosca enumera una serie de condiciones para la difusión victoriosa de estas ideas, entre las cuales salta a la vista la guerra temeraria al sentimiento religioso, las miserias y la corrupción del parlamentarismo. Igualmente, el pedestal creado desde el siglo xix al rebelde político es otra causa importante de adhesión a las ideas revolucionarias, concretamente de la juventud burguesa.
¿Triunfará, por tanto, la democracia social? Dadas las premisas teóricas,
Mosca no lo puede creer. Pero hay que justificar aún bastante el viejo temor
de anarquía y de la guerra civil. En relación con la conclusión eventual. Mosca
debe temerse que, a continuación de «revolución e inevitable reacción», se
constituya después un gobierno de tipo «bastante más autoritario».
De nuevo se indica la dirección que los acontecimientos, en efecto, tomarán
para desembocar en el entonces imprevisible fascismo.
Contra el éxito de la revolución eventual ve intervenir, en el caso de que
fuese necesario, al ejército, la burocracia y un gran número de personas con
interés en mantener el sistema existente. Por otro lado, una revolución podrá
estallar sólo por los errores de los gobernantes y por sucesos catastróficos
«inconscientemente» provocados, como la guerra.
Como más tarde Pareto, observa que entre los factores favorables a la revolución hay que contar también con la difusión de una actitud renunciadora que hace que muchos consideren la democracia social como inevitable.
Un aflojamiento de la burguesía que, obviamente, va unido también a ese paso al socialismo de muchos jóvenes, como anteriormente se dijo.
Si bien no le parece probable que una revolución estalle, y menos aún que tenga éxito, Mosca no ve muy claro cómo puede devolverse al orden una base sólida.
Como gran parte de los sociólogos que le han precedido, y en gran parte
los positivistas franceses, desde Comte a Durkheim, también busca la forma
de dar estabilidad al Estado burgués, y, al igual que ellos, valora siempre más
los fenómenos de consenso.
El orden «... permanecerá siempre en un estado de equilibrio inestable y en gran parte no estará custodiado por la fuerza material». Faltará siempre «la unidad moral» y, por tanto, el «orden estable», considerado factible un tiempo. De este hecho, Mosca extrae argumento para una consideración triste sobre la suerte de la civilización occidental, a la que vuelve su atención.
La civilización occidental (que quizá identifica demasiado con la civilización
burguesa) está destinada, dice, a decaer tanto en el caso de que se continúe cediendo con las fuerzas de la democracia social como en el caso de que se recurra a la reacción, abandonando los «ideales» liberales que han traído el último y maravilloso florecimiento de nuestra civilización.


De cualquier modo, concluye Mosca, si algo puede contribuir a devolver la unidad a los Estados occidentales, no será el plano material.
No serán ya las «reformas de estructura», como hoy diríamos, ni la organización
asistencial pública, ni mucho menos la intervención del Estado en la economía, que el Mosca maduro rechaza, porque, sin eliminar las desigualdades,alteraría gravemente la economía burguesa, acelerando la llegada del colectivismo: «La democracia social [...] es principalmente una enfermedad intelectual.» La religión puede, en consecuencia, «dar aún grandes servicios a la sociedad europea».
Pero, sobre todo, puede servir la ciencia política, demostrando que la democracia social es irrealizable y que siempre una minoría gobernará y la mayoría será gobernada.
Así, el porvenir de Europa está, ante todo, en manos de los científicos sociales: «Si la ciencia, finalmente, acabara triunfadora, será, hoy y siempre,
debido a la conciencia de los estudiosos honestos, para los cuales, sobre cualquier
otra consideración, está el deber de averiguar y exponer la verdad.»
(Traducción de Consuelo Gómez.)


Revista de Esludios Políticos (Nueva Época)
Núm. 71. Enero-Marzo 1991 --Dialnet--


FRANCESCO LEONI

lunes, 10 de diciembre de 2007

Pierre Clastres: "La sociedad contra el Estado"

Las sociedades primitivas son sociedades sin Estado: este juicio esconde una opinión que acentúa la posibilidad de una antropología política como ciencia rigurosa. Lo que se dice es que las sociedades primitivas están privadas de algo - el Estado - que es necesario a toda sociedad. Estas sociedades están incompletas. No son verdaderas - no están civilizadas -, viven la experiencia quizá dolorasa de un carencia - carencia de Estado- que no pueden satisfacer. Esto dicen los viajeros y los investigadores: no puede pensarse en una sociedad sin Estado, el Estado es el destino de toda sociedad.

Aquí se descubre un etnocentrismo mucho más sólido por ser inconsciente. La referencia inmediata es lo más familiar. Cada cual lleva en sí, como la fe del creyente, la certeza de que la sociedad es para el Estado. ¿Cómo no concebir a las sociedades primitivas, sino como una especie de personas despreciadas por la historia universal, como sobrevivientes anacrónicos de un estadio lejano, rebasado tiempo atrás? Aquí está la otra cara del etnocentrismo, la convicción de que la historia tiene un sentido único, que toda sociedad está condenada a la historia y a recorrer las etapas que van del salvajismo a la civilización. "Todos los pueblos civilizados han sido salvajes", escribe Raynal. Pero la afirmación de una evolución no funda una doctrina que, uniendo arbitrariamente el estado de civilización a la civilización del Estado, señala a éste como término necesario a toda sociedad. Podríamos preguntar qué ha retenido a los últimos pueblos que aún son salvajes.

Tras las formulaciones modernas, el viejo evolucionismo sigue intacto. Más difícil de ocultarse en el lenguaje de la antropología que en el de la filosofía, aflora en las categorías que se dicen científicas. Ya sabemos que las sociedades arcaicas están determinadas negativamente, por sus carencias: sin Estado, sin escritura, sin historia. Y se las determina en lo económico: con economía de subsistencia. Si con esto se dice que ignoran la economía de mercado donde fluyen los excedentes, no se dice nada, sólo se subraya otra deficiencia más, siempre en relación con nuestro propio mundo. Están sin Estado, sin escritura, sin historia, sin mercado. Pero el sentido común objeta: ¿para qué sirve un mercado sin excedentes? La idea de economía de subsistencia revela que si estas sociedades no producen excedentes es por incapacidad, porque están ocupadas en la sobrevivencia. Antigua imagen, siempre eficaz, de la miseria de los salvajes. Y para explicar su incapacidad de abandonar el vivir al día, se pretexta la inferioridad técnica.

¿Qué hay de cierto en ello? Si por técnica se entiende el conjunto de procedimientos con que se proveen los hombres, no para asegurarse el dominio absoluto de la naturaleza (esto sólo vale para nuestro mundo y su demente proyecto cartesiano del que apenas empiezan a medirse las consecuencias), sino para asegurarse un dominio del medio natural, relativo a sus necesidades, no puede hablarse de inferioridad técnica. Su capacidad para satisfacer sus necesidades es igual a la que enorgullece a la sociedad industrial. Todo grupo humano llega a ejercer dominio sobre su medio. No se sabe de ninguna sociedad que se haya establecido, por presión externa en un medio imposible de dominar. O desaparece o cambia de territorio. Lo que sorprende con los esquimales o los australianos es la riqueza, la imaginación y la fineza de la actividad técnica, la eficacia de sus herramientas. Hay que ir a los museos etnográficos, a observar la exactitud de los instrumentos, que hace de cada uno una obra de arte. No hay jerarquía hablando de técnica, ni superior ni inferior. Un equipamiento tecnológico se mide por la capacidad de satisfacer las necesidades de la sociedad. De ninguna manera las sociedades primitivas han sido incapaces para realizar tal propósito. Es cierto que el potencial de innovación técnica lleva tiempo. Nada se da de golpe, existe la larga sucesión de ensayos, errores, fracasos y éxitos. Los estudiosos de la prehistoria nos enseñan los milenios que necesitaron los hombres del paleolítico para sustituir sus grotescos garrotes por los admirables cuchillos de silex del solutrense. El descubrimiento de la agricultura y la domesticación de las plantas casi son contemporáneos en Amércia y en el mundo antiguo. Los Amerindios no son inferiores - al contrario - en el arte de seleccionar las plantas útiles.

Detengámonos un momento en el interés funesto que llevó a los indios a desear instrumentos metálicos. Se relaciona con su economía, pero no como podría creerse. Estas sociedades estarían condenadas a la economía de subsistencia por su inferioridad técnica. Este argumento no está fundado ni en derecho ni en hechos. No hay escala para medir las "intensidades" tecnológicas; el equipo técnico no es comparable al de una sociedad diferente; no sirve de nada comparar el fusil con el arco. La arqueología, la etnografía, la botánica, etc., demuestran la eficacia de las teconologías salvajes. Si las sociedades primitivas tienen una economía de subsistencia no es a falta del saber-hacer técnico. La verdadera cuestión es: ¿la economía de estas sociedades es realmente de subsistencia? Si no nos contentamos con entender economía de subsistencia como economía sin mercado y sin excedentes - verdad simple, por sólo constatar la diferencia - entonces esta economía permite subsistir a la sociedad que funda; se afirma que esta sociedad sólo provee a sus miembros con el mínimo necesario para la subsistencia.

Aquí hay un prejuicio tenaz, de que el salvaje es perezoso. Si se dice "trabajar como un negro" en America del Sur se dice "perezoso como un indio". La opción es: o bien el primitivo vive en economía de subsistencia o bien pasa largos ratos de ocio fumando en su hamaca. Fue lo que admiró a los europeos de los indios de Brasil. Reprobaron que hombres robustos y saludables preferían, como las mujeres, pinturas y plumas en lugar de sudar en los campos. Gentes que ignoraban que hay que ganar el pan con el sudor de la frente. Era demasiado y no duró. Se los puso a trabajar y murieron. Dos axiomas guían a la civilización occidental. El primero: la verdadera sociedad se da a la sombra protectora del Estado; el segundo enuncia un imperativo categórico: hay que trabajar.

En efecto, los indios daban poco tiempo a lo que se llama trabajo, no obstante, no morian de hambre. Las crónicas de la época nos hablan de la hermosa apariencia de los adultos, la salud de los niños, la abundancia y variedad de las fuentes alimienticias. La economía de subsistencia no implica la búsqueda angustiante, de tiempo completo, del alimento. Es compatible con una limitación del tiempo para las activiaddes productivas. Es el caso de los Tupí-guaraní, cuya holgazanería tanto irritaba a los franceses y portugueses. Su vida se basaba en la agricultura y secundariamente en la caza, pesca y recolección. Una misma tierra era usada de cuatro a seis años, luego se abandonaba, o porque era invadida por una vegetación parásita difícil de eliminar. Lo arduo del trabajo era para los hombres, que era desmojntar la superficie con hacha de piedra y con fuego. La tarea, al fin de las lluvias, movilizaba a los hombre uno o dos meses. El resto - plantar, escardar, cosechar - por la división sexual del trabajo, era para las mujeres. Los hombres la mitad de la población trabajaban ¡ dos mesees cada cuatro años! El resto era para cosas placenteras: caza, pesca, fiestas, y finalmente, para su gusto apasionado por la guerra.

Estos datos, impresionistas, los confirman investigaciones recientes, que miden el tiempo de trabajo en las sociedades con economía de subsistencia. Ya se trate de cazadores nómadas del desierto de Kalahari o de agricultores amerindios, las cifran revelan un tiempo inferior a cuatro horas diarias de trabajo. J. Lizot, que vive con los indios Yanomami del Amazonas venezolano, dice que la duración del tiempo dedicado al trabajo, apenas rebas las tres horas. No hemos hecho lo mismo con los Guayakí, cazadores nómadas de la selva paraguaya, pero sé que los indígenas, hombres y mujeres, pasaban la mitad del día ociosos, pues la caza y la recolección eran entre 6 y 11 de la mañana. Estudios semejantes llegarían a resultados similares, teniendo en cuenta las diferencias ecológicas.

Estamos lejos del miserabilismo de la idea de economía de subsistencia. El hombre salvaje no está sujeto a una existencia animal, de sobrevivencia, pues en un tiempo corto obtiene este resultado y algo más. Las sociedades primitivas tienen todo el tiempo para acrecentar su producción de bienes materiales. El buen sentido pregunta entonces: ¿por qué los hombres de estas sociedades querrían producir más si cuatro horas bastan para asegurar las necesidades del grupo? ¿Para qué les servirían los excedentes? ¿Cuál sería su destino? Siempre es por la fuerza que los hombres trabajan más allá de sus necesidades. Esta fuerza está ausente en el mundo primitivo; su ausencia define la naturaleza de las sociedades primitivas. Puede admitirse la expresión de economía de subsistencia para calificar su organización económica, si por ello se entiende no una carencia o un incapacidad, sino el rechazo de un exceso inútil, la voluntad de acordar las actividades productiva con la satisfacción de las necesidades. En las sociedades primitivas hay excendentes. Las plantas cultivadas (yuca, maíz, tabaco, algodón, etc.) rebasa lo que es necesario al grupo, estando este suplemento de producción incluído en el tiempo normal de trabajo. Este excedente, es consumido, con fines políticos, en las fiestas, la visita de extranjeros, etc. La ventaja del hacha metálica sobre la de piedra es evidente para retardar su uso. Con la primera se hace diez veces más trabajo , o bien se hace el mismo trabajo en diez veces menos de tiempo. Cuando los indios descubrieron la superioridad de las hachas de los hombres blancos, las desearon no para producir más, sino para producir lo mismo en un tiempo diez veces más corto. Se produjo lo contrario porque con las hachas metálicas vino al mundo primitivo la violencia, el poder de los civilizados sobre los salvajes.

Las sociedades primitivas son, dice J. Lizot de los Yanomami, sociedades de rechazo al trabajo. "El desprecio de los Yanomami al trabajo y al progreso tecnológico autónomo es un hecho"(1). Son las primeras sociedades del ocio, de la abundancia, según la alegre expresión de M. Sahlins.

Si tiene un sentido una antropología económica de las sociedades primitivas, como disciplina autónoma, no procedería de la pura consideración de su vida económica, sería una etnología de la descripción, de una dimensión no autónoma de la vida social primitiva. Es más bien cuando esta dimensión pasa a una esfera autónoma que aparece fundada la idea de una antropología económica. Cuando desaparece el rechazo al trabajo, se cambia el ocio por la acumulación, cuando una fuerza externa nace en el cuepro social, sin la que los salvajes no renunciarían al ocio y que destruye la sociedad primitiva, esa fuerza crea el poder político. Pero así como la antropología deja de ser económica y pierde su objeto al querer aprehenderlo, la economía se hace política.

Para el hombre salvaje, la actividad de producción está medida por las necesidades energéticas. La producción se vuelca sobre la reconstitución de la energía gastada. Es decir, que es la vida como naturaleza que - en la producción de los bienes consumidos en las fiestas - determina el tiempo consagrado a reproducirla. Asegurada la satisfacción de necesidades, nada podría incitar a desear producir más, a alienarse en un trabajo sin destino, si ese tiempo puede ser para el ocio, el juego , la guerra o la fiesta. ¿ En qué condiciones puede transformarse esta relación del primitivo con la actividad de producción? ¿En qué condiciones surge una meta diferente de la satisfacción de las necesidades energéticas? Esto es plantear la pregunta por el origen del trabajo alienado.

En la sociedad primitiva, por esencia igualitaria, los hombres son dueños de su actividad, de la circulación de los productos de esa actividad, actúan sólo para ellos mismos, mientras que la ley de intercambio de bienes mediatiza la relación directa del hombre con su producto. Por ello, todo se altera si esa actividad es desviada, cuando en lugar de producir sólo para sí, el hombre produce también para los demás, sin intercambio ni reciprocidad. Es entonces cuando puede hablarse de trabajo, cuando la regla igualitaria de intercambio deja de ser el "código civil" de la sociedad, cuando esa actividad tiende a satisfacer a los demás, cuando esa regla se sustituye por el terror de la deuda. Allí estriba la diferencia entre el salvaje amazónico y el indio del Imperio Inca. El primero produce primero para vivir, el segundo trabaja para los demás, para los que no trabajan, los señores que le dicen: tienes que pagar lo que nos debes, tu deuda de por vida.
Cuando en la sociedad primitiva lo económico se deja identificar como autónomo, cuando se porduce el trabajo alienado, impuesto po los que lo gozan, la sociedad deja de ser primitiva y se transforma en sociedad dividida en señors y siervos, es cuando se ha dejado de exorcisar lo que está destinado a eliminarla: el poder y el respeto al poder. la mayor división de la sociedad es la nueva disposición vertical entre la base y la cima, la gran ruptura política entre poseedores de la fuerza, guerrera o religiosa, y los sometidos a esas fuerza. La relación política de poder precede y funda la relación económica de explotación. Antes de ser económica, la alienación es política, el poder está antes que el trabajo, lo económico deriva de lo político, el Estado determina las clases.

No es por lo incompleto que se revela la naturaleza de las sociedades primitivas. Esta se impone como algo positivo, como dominio del medio natural y social, como voluntad libre de no permitir que de su ser salga nada que pudiera alterarlo, corromperlo o disolverlo. Las sociedades primitivas no son embriones retrasados de sociedades ulteriores, de los cuerpos sociales con despegue "normal" interrumpido por alguna extraña enfermedad, no se encuentran en una lógica histórica que conduce al término inscrito de antemano pero conocido a posteriori, nuestro propio sistema social. (Si la historia es esta lógica, ¿cómo es que existen aún sociedades primitivas?). En el plano de la vida económica se traduce todo esto en rechazo a un trabajo y una producción absorbentes, en la decisión de limitar las reservas a las necesidades, en la imposibilidad de la competencia - ¿para qué serviría ser rico entre los pobres?- en una palabra, en la prohibición de la desigualdad.

¿Qué hace que en una sociedad primitiva la economía no sea política? Que la economía no es autónoma. Son sociedades sin economía por rechazo de la propia economía. Pero entonces, ¿también está ausente lo político en estas sociedades? ¿hay que admitir que al ser sociedades "sin ley ni rey", les falta lo político? ¿No caemos en el etnocentrismo para el que una carencia marca a las diferentes sociedades?

Está la pregunta por lo político en las sociedades primitivas. No es sólo un problema "interesante", un tema para especialistas, porque la etnología se desarrolla en una teoría general (por construir) de la sociedad y de la historia. Las diversas organizaciones sociales, no impiden un orden en la discontinuidad, una reducción de diferencias. Reducción masiva ya que la historia nos ofrece dos tipos de sociedad, dos macroclases, que tienen algo en común: están las sociedades primitivas y las sociedades con Estado. Es la presencia o ausencia de la formación estatal (de múltiples formas) lo que da a cada sociedad su lugar lógico, que traza la discontinuidad. La aparición del Estado marca la gran división entre salvajes y civilizados, el corte que transfoma el tiempo en Historia.
Hay, en el movimiento de la historia mundial, dos aceleraciones decisivas en su ritmo. El motor de la primera fue la revolución neolítica (domesticación de animales, agricultura, el arte del tejido y la cerámica, sedentarización, etc.). Aún vivimos en la prolongación de la segunda aceleración, la revolución industrial del S. XIX.


No hay duda de que la ruptura neolítica transformó las condiciones de los pueblos paleolíticos. ¿Pero ésta fue suficiente para afectar el ser de las sociedades? ¿Hay un funcionamiento diferente en las sociedades preneolíticas o posneolíticas? La experiencia etnográfica indica lo contrario. El paso del nomadismo a la sedenterización sería consecuencia de la revolución neolítica, porque ha permitido la formación de ciudades y aparatos estatales. Pero con esto se decide que todo "complejo" tecnocultural, sin agricultura, está condenado al nomadismo. Aquí tenemos algo etnográficamente inexacto. Una economía de caza, pesca y recolección no exige una vida nómada. Diversos ejemplos, an América y otros lados, lo atestiguan: La ausencia de agricultura es compatible con la sedenterización. Se puede suponer que los pueblos que no habían adquirido la agricultura no fue por inferioridad cultural sino porque no tenían necesidad de ella.

La historia poscolombina de América presenta agricultores sedentarios que, tras una revolución técnica (conquista del caballo y de las armas de fuego) dejaron la agricultura por la caza, cuyo rendimiento se multiplicaba. Cuando fueron ecuestres, las tribus de América del Norte o las del Chaco en Amércia del Sur, extendieron sus desplazaminetos, pero estaban lejos del nomadismo en el que se encuentran las bandas de cazadores-recolectores (como los guayaki del Paraguay) y el abandono de la agricultura no fue por la dispersión demográfica ni por la transformación de la organización cultural anterior.

¿Qué nos enseña el movimiento de las sociedades, de la caza a la agricultua y viceversa? Que parece darse sin cambiar la sociedad; que sigue idéntica si sólo cambian sus condiciones de existencia material; que la evolución neolítica no acarrea un trastorno del orden social. En las sociedades primitivas, el cambio en lo que el marxismo llama la infraestructura económica, no determina su reflejo, la superestructura política, pues ésta es independiente de su base material. El continente americano ilustra la autonomía de la economía y de la sociedad. Los grupos de cazadores-pescadores-recolectores, nómadas o no, presentan las mismas propiedades sociopolíticas que sus vecinos agricultores,sedentarios: "infraestructuras" diferentes, "superestructura" idéntica. De modo inverso, las sociedades mesoamericanas - sociedades imperiales, sociedades con Estado - eran tributarias de una agricultura que, no por eso seguía siendo menos parecida a la de las tribus "salvajes" de la Selva Tropical: "infraestructura" idéntica, "superestructuras" diferentes; puesto que en un caso se trata de sociedades sin Estado y en el otro de Estados consumados.

Lo decisivo es el corte político y no el cambio económico. La verdadera revolución, en la protohistoria de la humanidad, no es la del neolítico, pues deja intacta la antigua organización social; es la revolución política, misteriosa, irreversible, mortal para las sociedades primitivas, lo que conocemos con el nombre de Estado. Y si conservamos los conceptos marxistas, la infraestructura es lo político y la superestructura lo económico. Una sola alteración estructural, abismal, puede destruir a la sociedad primitiva, la que hace surgir en su seno o del exterior, la autoridad de la jerarquía, la relación de poder, la sujeción de los hombres, el Estado. Sería inútil buscar el origen en el cambio de las relaciones de producción, dividiendo poco a poco la sociedad en ricos y pobres, explotadores y explotados; ello conduciría mecánicamente a la instauración de un órgano de poder de los primeros sobre los segundos, a la aparición del Estado.

Hipotética, esta modificación a partir de la base económica es imposible. Para que en una sociedad el regimen de la producción se transforme en mayor trabajo para acrecentar los bienes, es necesario, o bien que los hombres deseen esta transformación, o bien que sin desearla, se vean obligados a ella por una violencia externa.

En el segundo caso, nada ocurre con la sociedad misma, que sufre la agresión de una fuerza externa en cuyo beneficio va a modificarse el régimen de producción: trabajar y producir más para los nuevos dueños del poder. La opresión política determina la explotación. Pero la evocación de tal "escenario" no sirve de nada, pues plantea un origen exterior, contingente, inmediato, de la violencia estatal, y no la lenta realización de las condiciones internas, socioeconómicas de su aparición.

Se dice que el Estado es el instrumento que permite a la clase dominante ejercer su dominación violenta sobre las clases dominadas. Y que para que haya Estado, es necesario que antes haya clases sociales antagónicas, ligadas por la explotación. Luego la estructura de la sociedad - la división en clases - debería preceder al surgimiento de la máquina estatal. Veamos la fragilidad de esta concepción intrumental del Estado. Si la sociedad está organizada de opresores que explotan a los oprimidos, es porque esta alienación descansa en el uso de una fuerza, en la substancia misma del Estado, "monopolio de la violencia física legítima". ¿A qué necesidad respondería la existencia del Estado, puesto que su esencia - la violencia - es inminente a la división de la sociedad, ya que está dedicado a la opresión de un grupo sobre los demás? Sólo sería el órgano inútil de una función cumplida antes y en otro lugar.

Articular la aparición de la máquina estatal con el cambio de la estructura social sólo lleva a retardar el problema de esta aparición. Hay que preguntarse por qué se produce, en una sociedad primitiva, el reparto de hombres en dominantes y dominados. ¿Cuál es el motor del Estado? Su aparición confirmaría la legitimidad de una propiedad privada surgida previamente; el Estado sería el representante y el protector de los propietarios. Muy bien. ¿Pero por qué aparece la propiedad privada en una sociedad que la rechaza? ¿Por qué hay quienes un día dicen "esto es mío" y cómo es que los demás permiten que surga lo que la sociedad primitiva ignora: la autoridad, la opresión, el Estado? Lo que se sabe de las sociedades primitivas no permite buscar más en lo económico el origen de lo político. Ahí no está el árbol genealógico del Estado. No hay nada en una sociedad primitiva - sin Estado- que permita la diferencia entre ricos y pobres, porque nadie tienen el deseo barroco de hacer, poseer, parecer más que su vecino. La capacidad, igual para todos, de satisfacer las necesidades materiales, y el intercambio de bienes y servicios que impide la acumulación privada de bienes , hacen imposible tal deseo, que es deseo de poder. La sociedad primitiva no deja lugar al deseo de sobreabundancia.

Las sociedades primitivas hacen imposible el Estado. Y sin embargo, todos los pueblos civilizados han sido primero salvajes. ¿Qué fue lo que hizo que el Estado dejara de ser imposible? ¿Por qué los pueblos dejaron de ser salvajes? ¿Qué revolución hizo que surgiera el Déspota, que ordena a los que lo obedecen? ¿De dónde viene el poder político? Misterio, quizá provisional, de su origen.

Parece imposible determinar la aparición del Estado, pero pueden precisarse las condiciones de su no-aparición, y los textos reunidos aquí intentan delimitar lo político en las sociedades sin Estado. Sin fe, sin ley, sin rey. Lo que occidente decía de los indios del Siglo XVI, puede extenderse a toda sociedad primitiva. Esta es la distinción: una sociedad es primitiva si carece de rey como fuente legítima de la ley; es decir, de la máquina estatal. De modo inverso, toda sociedad no primitiva tiene Estado. Es por lo que pueden agruparse los despotismos arcaicos - reyes, emperadores de China o de los Andes, y faraones -, monarquías recientes - el Estado soy yo - o sistemas contemporáneos, el capitalismo liberal de Europa Occidental... o de Estado, como en otros lugares...

No hay rey en la dtribu, sino un jefe que no es jefe de Estado. ¿Qué significa esto? Que el jefe no tiene autoridad, poder de coacción, no puede dar una orden. El jefe no es un comandante; la tribu no tiene deber de obedecer. La jefatura no tiene poder, y la figura (mal llamada) del "jefe" salvaje no es la de un fujturo déspota. No es de la jefatura de donde se deriva el Estado en general. ¿Qué diferencia hay entre un jefe de tribu y un jefe de Estado? ¿Qué hace imposible esto en el mundo de los salvajes? Esta discontinuidad dradical - que hace impensable un paso progresivo de la jefatura primitiva a la máquina estatal - se funda en la exclusión del poder político de la jefatura. Se trata de pejnsaren un jefe sin poder, pues la jefatura es extraña a su esencia, la autoridad. Las funciones del jefe, no son de autoridad. Encargado de acabar con los conflcitos entre individuos, familias, linajes, etc., sólo tienen el prestigio que le reconoce la sociedad. Pero prestigio no es poder y los recursos del jefe para pacificar se limitan al uno de la palabra, no para arbitrar, ya que el jefe no es un juez, no puede tomar partido por nadie, sólo puede - con su elocuencia - persuadir de apaciguarse, renunciar a las injurias, imitar a los ancestros que vivieron en buen entendimiento. Empresa no segura, apuesta incierta, pues la palabra del jefe no tiene la fuerza de la ley. Si la presuación fracasa, el conflicto puede llegar a la violencia y el prestigio del jefe puede derrumbarse, pues es prueba de impotencia para lo que se esperaba de él.

¿En qué estima la tribu que un hombre es digno de ser jefe? En su competencia "técnica": dotes oratorias, puntería en la caza, capacidad para coordinar la guerra. La sociedad no deja que el jefe vaya más allá, que su capacidad técnica se transforme en autoridad política. El jefe está al servicio de la sociedad - verdadero lugar del poder - que ejerce su autoridad sobre el jefe. Por ello es imposible que el jefe ponga a la sociedad a su servicio o que ejerza poder; la sociedad primitiva no tolerará que su jefe se transforme en déspota.

La tribu somete al jefe a una alta vigilancia; es prisionero porque ella no lo deja salir. ¿Pero, quiere salir? ¿Un jefe desea ser jefe? ¿Quiere suplantar el interés grupal por su propio deseo? En virtud del control al que la sociedad somete al líder, son raros los jefes que transgreden la ley primitiva: tu no eres más que los demás. Es raro, pero a veces sucede que un jefe quiere ser jefe y no por cálculo maquiavélico sino porque no tiene otra opción. Por regla general, no intenta (ni sueña) subvertir la relación (conforme a normas) que él tiene con su grupo; subversión que, de servidor pasaría a señor. Esta relación la define el jefe de una tribu abipona del Chaco argentino, en la respuesta que dió a un oficial español que quería convencerlo de hacer participar a su tribu en una guerra que no deseaba: "Los abipones, por costumbre de sus ancestros, hacen todo a su gusto y no al de su cacique. Yo los dirijo, pero no perjudicaría a ninguno sin perjudicarme a mí mismo; si los forzara ellos me darían la espalda. Prefiero ser amado y no temido por ellos". No dudemos que la mayoría de los jefes indios habrían tenido el mismo discurso.

Pero hay excepciones, ligadas a la guerra. La conducción de una expedición militar es la única vez en que el jefe ejerce autoridad, fundada sólo en su competencia técnica como guerrero. Después, el jefe de guerra queda sin poder; el prestigio de la victoria jamás se transforma en autoridad. Hay pues una sepración tajante entre poder y prestigio, entre gloria de un guerrero vencedor y el mando que le está prohibido ejercer. Lo que calma la sed de prestigio de un guerrero es la guerra. Un jefe cuyo prestigio está ligado a la guerra sólo lo conversa en la guerra. Es una especie de empuje hacia adelante por lo que organiza expediciones guerreras, donde espera beneficios simbólicos en la victoria. Pero su deseo de guerra corresponde a la voluntad de la tribu, en particular de los jóvenes, para quienes la guera es el principal medio de adquirir prestigio; mientras la voluntad del jefe no va más allá de la sociedad, las relaciones son iguales. Pero el riesgo de un rebasamiento del deseo de la sociedad por el de su jefe, es permanennte. El jefe a veces acepta correrlo, imponiendo a la tribu su proyecto individual. Inviertiendo la relación del líder como instrumento al servicio de un fin socialmente definido, intenta hacer de la sociedad el medio para realizar un fin particular: la tribu al servicio del jefe, y no el jefe al servicio de la tribu. Si esto "funcionara", tendríamos el nacimiento del poder político, como presión y violencia; tendríamos la figura mínima del Estado. Pero esto nunca funciona.

En el hermoso relato de los veinte años que pasó con los Yanomami (2) Elena Valero habla de su primer marido, el líder guerrero Fousiwe. Su historia ilustra el destino de la jefatura salvaje cuando es llevada a transgredir la ley primitiva que, como veradero poder, rehusa deshacerse de él, se niega a delegarlo. Fousiwe es reconocido como "jefe" por su prestigio como conductor de victorias contra los grupos enemigos. El dirige guerras deseadas por su tribu, se pone al servicio de su grupo; es el intrumento de su sociedad. Pero el infortunio del guerrero quiere que el prestigio en la guerra se pierda pronto, si no se renuevan las fuentes. La tribu, para la que el jefe es sólo el instrumento para realizar su voluntad, olvida las victorias pasadas del jefe. El jefe nunca adquiere nada definitivamente, y si quiere devolver a la gente la memoria perdida, no lo logrará con sus viejas hazañas, sino con nuevos hechos de armas. Un guerrero no tiene alternativa: está condenado a desea la guerra. Es allí que logra el consenso que lo reconoce como jefe. Si su deseo de guerra coincide con el de la sociedad, ésta sigue realizándola.

Pero si el deseo de guerra del jefe se vuelve contra una sociedad que desea la paz - ninguna sociedad, desea siempre la guerra - la relación se trastoca, el líder utiliza a la sociedad para su meta individual. No hay que olvidarlo, el jefe primitivo no tiene poder. ¿Cómo imponer su deseo a una sociedad que lo rechaza? Es prisionero de su deseo de prestigio y su impotencia para realizarlo. ¿Qué puede suceder? El guerrero está destinado a una soledad que lo conduce a la muerte. Ese fue el destino del guerro sudamericano Fousiwe. Por haber querido imponer una guerra se vio abandonado por su tribu. Tenía que realizar esta guerra sólo y murió acribillado por las flechas. La muerte es el destino del guerrero porque la sociedad primitiva no permite sustituir el deseo de prestigio por la voluntad de poder, está de antemando condenado a la muerte. El poder político separado es imposible en la sociedad primitiva; no hay vacío que el Estado pudiera llenar.

Menos trágica, pero parecida, es la historia de otro líder indio, más célebre que el oscuro guerrero amazónico, pues se trata del famoso jefe apache Jerónimo. Leer sus Memorias (3) es muy instructivo. Jerónimo sólo era un joven guerrero cuando los soldados mexicanos atacaron a su tribu e hicieron una masacre de mujeres y niños. La familia de Jerónimo fue exterminada totalmente. Las diferentes tribus apaches se aliaron para vengarse de los asaesinos y Jerónimo condujo el combate. Su éxito fue total, pues los apaches aniquilaron la guarnición mexicana. El prestigio de Jerónimo fue inmenso. Pero a partir de ahí algo le sucede a Jerónimo. Porque si para los apaches, satisfechos con la victoria y la venganza, el asunto está concluido, Jerónimo quiere seguir vengándose, considera insuficiente la derrota sangrienta. Pero no puede ir sólo al ataque de los poblados mexicnanos. Trata de convencer a los suyos de atacar de nuevo. En vano. La sociedad apache, una vez alcanzada la meta colectiva - la venganza - quiere descansar. Jerónimo tiene un deseo individual y quiere arrastrar a la tribu para cumplirlo. Los apaches no quisieron seguir a Jerónimo, como los Yanomami no siguieron a Fousiwe. Jerónimo sólo convence a unos cuantos, ávidos de gloria y riqueza. El ejército de Jerónimo, para una de esas expediciones, heroicas e irrisorias, era de dos hombres. Los apaches le dieron la espalda cuando quieso realizar su guerra personal. Jerónimo fue el último gran jefe de la guerra norteamericano, que pasó treinta años de vida queriendo "ser jefe" y no lo logró...

La esencia de la sociedad primitiva, es ejercer un poder absoluto sobre todo lo que la compone, es prohibir la autonomía de alguno de sus subconjuntos, es mantener todos los movimientos internos, conscientes e incoscientes, en los límites y en la dirección queridos por la sociedad. La tribu manifiesta (incluso con violencia), el deseo de fijar este orden, prohibiendo el poder político individual, central y separado. Es una sociedad donde nada se escapa; todas las salidas están cerradas. Sociedad que debería reproducirse eternamente sin que nada la afectara a través del tiempo.

Sin embargo, hay un campo que escapa al control; es un "flujo" al que ella parece poder imponer sólo un "código" imperfecto; se tratra del terreno demográfico, con reglas culturales, leyes naturales, espacio de una vida enraizada en lo social y en lo biológico, sede de una "máquina" que funciona con mecánica propia y que está fuera del alcance de la empresa social.

Sin sustiruir un determinismo económico por uno demográfico e inscribirlo en las causas - el crecimiento demográfico - la necesidad de los efectos - transformación de la organización social - hay que constatar, sobre todo en Amércia, el peso sociológico de la población; el aumento de las densidades para conmocionar - no decimos destruir - la sociedad primitiva.

En efecto, es probable que una condición fundamental de la sociedad primitiva es la debilidad de su talla demográfica. Las cosas sólo funcionan si la población es poco numerosa. Para que una sociedad sea primitiva, debe ser pequeña. Lo que se constata es una fragmentación en "naciones", tribus, sociedades, grupos que vigilan su autonomía en el seno del conjunto, además de hacer alianzas con vecinos "compatriotas", si las condiciones - guerreras - lo exigen. Esta atomización del universo tribal es una forma de impedir conjuntos sociopolíticos que integran los grupos locales y, más aún, un medio de prohibir la emergencia del Estado que en su esencia, es unificador.

Los Tupí-Guaraní parecen, cuando Europa los descubre, alejarse del modelo primitivo: la densidad demográfica de sus tribus rebasa el de las poblaciones vecinas; el tamaño de los grupos locales no se compara con el de las unidades sociopolíticas de la Selva Tropical. Por supuesto, los poblados Tupinamba, de miles de habitantes, no eran ciudades, pero acababan de pertenecer al horizonte "clásico" de la dimensión demográfica de las ciudadedes vecinas. Sobre este fonde de expansion demográfica se destaca - hecho inhabitual en la América de los salvajes, si no en la de los imperios - la tendencia de las jefaturas hacia un poder desconocido en otra parte. Los jefes tupi-guaraní no eran déspotas, pero no eran jefes sin poder. En un extremo de la sociedad, el crecimento demográfico, en el otro, el surgimiento del poder político. Sin duda que no toca a la etnología - a ella sola - responder a las causas de la expansión demográfica en una sociedad primitiva. Contraria a esta disciplina surge la articulación de lo demográfico con lo político, el análisis de las fuerza que ejerce el primero sobre el segundo por intermediación de lo sociológico.

En este texto, subrayamos la imposibilidad interna de un poder político separado en una sociedad primitiva, la imposibilidad de una génesis del Estado en el interior de la sociedad primitiva. Y tenemos que evocar, contradictoriamente, a los tupi-guaraní como una sociedad primitiva donde comenzaba a surgir lo que habría podido convertirse en Estado.

En estas sociedades se daba un proceso de constitución de una jefatura con un poder político nada despreciable. Al grado de que los cronistas franceses y portugueses no dudan en nombrar a los jefes con el título de "reyes de provincia" o "reyezuelos". La transformación de la sociead tupi-guaraní se interrumpe al llegar los europeos. ¿Si el descubrimiento del Nuevo Mundo se hubiera retrasado un siglo, se habría impuesto el Estado a las tribus del litoral brasileño? Es riesgoso hacer una historia hipotética que nada desmentiría. Pero, respondemos de manera negativa. No fue la llegada de los occidentales lo que cortó el surgimiento del Estado con los tupi-guaraní, sino un sobresalto de la sociedad primitiva, un levantamiento contra las jefaturas, destructor del poder de los jefes. Un extraño fenómeno, hacia el fin del siglo XV, agitaba a las tribus tupi-guaraní, las prédicas de hombres que, de grupo en grupo, llamaban a los indios a dejar todo para ir a la búsqueda de la Tierra sin mal, del paraiso terrestre.

Jefatura y lenguaje están, en la sociedad primitiva, muy ligados, la palabra es el único poder devuelto al jefe, es para él un deber. Pero es otro discurso, no de jefes, sino de esos hombres que en los siglos XV y XVI llevaban a los indios por millares en locas migraciones en busca de la patria de los dioses; es el discurso de los Karai, es la palabra profética, virulenta subversiva, de llamar a los indios a la destrucción de la sociedad. El llamado de los profetas a abandonar la mala tierra, para llegar a la tierra sin mal, a la sociedad de la felicidad divina, implicaba la condenación a la muerte de la sociedad y sus normas. Una sociedad donde se imponía cada vez más la autoridad de los jefes, su poder político naciente. Es posible que si los profestas, surgidos del corazón de la sociedad, proclamaban como malo el mundo, es porque decubrían el mal en esa muerte lenta a la que los condenaba el surgimiento del poder en la sociedad tupi-guaraní, como sociedad sin Estado. Con la sensación de que el mundo salvaje se derrumbaba, obsesionados por la idea de una catástrofe sociocósmica, los profestas decidieron dejar el mundo de los hombres y ganar el de los dioses.

Palabra profética aún viva, así lo dicen los textos "Profestas en la jungla" y "De la unidad sin lo múltiple". Los cuatro mil guaranís que viven en la miseria en la selva de Paraguay, gozan aún de la riqueza inconmensurable que les ofrecen los Karai. Se duda que son aún conductores de tribus como sus ancestros del siglo XVI, ya no hay búsqueda de la Tierra sin mal.

Pero con la falta de acción el pensamiento se ha embriagado, permitiendo pensar en la desdicha de la condición humana. Y este pensamiento salvaje, enceguecedor por exceso de luz, nos dice que el nacimiento del Mal, de la desdicha, es la unidad. Hay que hablar más de lo que el sabio guaraní designa con el nombre de Unidad. Los temas favoritos del pensamiento guaraní contemporáneo son los mismos que inquietaban, hace cuatro siglos, a los Karai, los profestas. ¿Por qué el mundo es malo? ¿Qué podemos hacer para escapar al mal? Son preguntas que no dejan de plantearse. Los Karai de hoy repiten el discurso de los profetas de antaño. Estos sabían que la Unidad es el mal, lo decían de pueblo en pueblo, y las gentes los seguían en la búsqueda del Bien, en pos de la no-Unidad. Se tiene pues en los tupí-guaraní de la época del Descubrimiento, de un lado una práctica - la migración religiosa - inexplicable si no se lee el rechazo de la directividad, el rechazo del poder político separado, el rechazo del Estado; del otro lado, un discurso profético que identifica a la Unidad como la raíz del Mal y asegura escapar de él. ¿Cómo es posible pensar en la Unidad?

Es necesario que su presencia, odiada o deseada sea visible. Creemos descubrir que bajo la ecuación metafísica que iguala el mal con la Unidad, hay otra ecuación más secreta y política que dice que la Unidad es el Estado. El profetismo tupí-guaraní es al tentativa heróica de una sociedad primitiva para abolir la desdicha, con el rechazo radical de la Unidad como esencia universal del Estado. Esta lectura "política" de una constancia metafísica nos plantea una pregunta, tal vez sacrílega: ¿no podría someterse a lectura semejante toda metafísica de la Unidad? ¿Qué sucede con la Unidad como Bien, como objeto preferencial que, desde su alborada, la metafísica occidental asigna al deseo del hombre? Hay un evidencia: el pensamiento de los profetas salvajes y el de los antiguos griegos es el mismo: la Unidad. Pero el indio guaraní dice que la Unidad es el Mal, mientrasd que Heráclito dice que es el Bien. ¿Cómo es posible pensar en la Unidad como Bien?

Volvamos, para concluir, al mundo ejemplar de los tupi-guaraní. Una sociedad primitiva amenazada por la ascensión de los jefes, que provoca - a costa de un suicidio colectivo - el fracaso de la jefatura, la exterminación de los reyes portadores de ley. De un lado los jefes; del otro y conta ellos, los profetas. Esta es la sociedad tupi-guaraní de finales del siglo XV. Y la "máquina" profética funcionó bien, pues los Karai llevaban tras ellos masas de indios exaltados, al grado de acompañarlos hasta la muerte.

¿Qué quiere decir esto? Los profetas armados con sus logos, podían hacer algo imposible en la sociedad primitiva: unificar en la migración religiosa la diversidad múltiple de las tribus. Ellos realizaron de un solo golpe el "programa" de los jefes. ¿Argucia de la historia? ¿Fatalidad que a pesar de todo dirige a la sociedad primitiva a al dependencia? No se sabe. Pero la insurrección de los profetas contra los jefes daba a los primeros, por un extraño cambio de las cosas, infinitamente más poder que el que tenían lo segundos. Tal vez hay que rectificar que la palabra sea opuesta a la violencia. Si el jefe salvaje tiene una palabra inocente, la sociedad primitiva puede también, escuchar otra palabra, como un mandamiento: a saber, la palabra profética. En el discurso de los profetas está tal vez en germen, el discurso del poder, y bajo los rasgos exaltados del conductor de hombres que dice el deseo de los hombres, se disimula tal vez la figura silenciosa del Déspota.

Palabra profética, poder de esta palabra: ¿tendríamos allí el origen del poder, el comienzo del Estado en el Verbo? ¿Profetas, conquistadores de almas antes que señores de los hombres? Quizá. Pero, hasta en la experiencia extrema el profetismo (la sociedad tupí-guaraní había alcanzado los límites que determina una sociedad primitiva), es lo que nos muestran los salvajes, es el esfuerzo para impedir que los jefes sean jefes, es el rechazo de la unificación, la conjuración de la Unidad, del Estado. La historia de los pueblos que tienen una historia es la historia de la lucha de clases. La historia de los pueblos sin historia es, diremos con la misma verdad, la historia de su lucha contra el Estado.


Traducción de Rosario Herrera Guido
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(*)La Société contre l'État, Les Edicions de Minuit, Paris, 1974, Capítulo 11.
(1) J. Lizot, Economie ou société? Quelques thèmes à propos de l'étude d'une communauté d'Amerindiens, Journal de la Société des américanistes 9,1973,pp137-175.
(2) E.Biocca, Yanoama, Plon, 1969.
(3) Mémories de Géronimo, Maspero, 1972.

Fuente:
Psicología Grupal